Gemelo lleva 23 años preso y tiene miedo de salir de la cárcel

Por: Rocío Sandí 18 julio

Jorge Marín Rodríguez ha pasado más años en la cárcel que en libertad.

El reo tiene un montón de cicatrices que le recuerdan los pleitos que ha tenido en la cárcel. Foto: José Cordero.
El reo tiene un montón de cicatrices que le recuerdan los pleitos que ha tenido en la cárcel. Foto: José Cordero.

Marín, de 40 años y conocido como Gemelo, está descontando en el CAI San Rafael una pena de 30 años de prisión por los delitos de homicidio calificado y robo agravado y según informó el Ministerio de Justicia cumplirá su sentencia el 5 de diciembre del 2020.

Cualquiera pensaría que Jorge está feliz porque en tres años se comerá el tamalito en la casa junto a la familia, que lo ha apoyado a pesar de sus errores, sin embargo, dice que la verdad no está muy seguro de querer salir de prisión.

“Ahorita mi corazón está dividido entre mi libertad, el miedo y mi familia. En mi casa están ansiosos de que salga, pero estoy con miedo por todo lo que ha cambiado el mundo”, aseguró el hombre.

El recluso confesó que las pocas veces que ha salido de la cárcel, cuando lo han llevado a algún hospital o cuando lo han pasado de un centro penitenciario a otro, ha visto por los parabrisas de las perreras una Costa Rica muy distinta a la que conoció.

Para que usted se haga una idea, cuando Jorge cayó preso el presidente de la República era José María Figueres, el equipo campeón en el fútbol nacional era el Deportivo Saprissa y a nivel mundial era Brasil. La fábula de moda era Dragon Ball Z, estaba todavía en construcción el primer mall del país, el Mall San Pedro, y aún no habían construido el Hipermás de San Sebastián, el primero de la cadena que más adelante pasó a llamarse Walmart.

Además aún estaba en pie el antiguo Estadio Nacional, todavía no habían construido los pasos a desnivel del parque de La Paz, San Sebastián, Paso Ancho y los Hatillos y según el INEC, Costa Rica tenía una población de 3.428.278 mientras que actualmente es de 4.890.372.

En 1995, los teléfonos celulares apenas aterrizaban en el país y el que andaba uno era porque tenía mucha plata; en cuanto a Internet era todo un mito, ya que apenas se empezaba a oír y nadie imaginaba que en algún momento se tendría acceso a la web en la propia casa.

Para Jorge, la vida ha avanzado muy lento ya que lo que ve en el televisor y los periódicos es poco y eso hace que las historias sobre celulares inteligentes, Facebook, WhatsApp, Instagram, Youtube y páginas web que escucha de las personas recién llegadas a la cárcel sean cada vez más difíciles de entender.

“Sé que todo ha cambiado mucho en estos años que he estado preso. Los teléfonos esos, los celulares, yo no sé ni contestarlos, pero sí tengo mi Facebook, un compa me lo hizo, entonces cuando esté en la calle quiero actualizarme en eso y no solo eso sino en lo del teléfono también porque por ejemplo duro un montón escribiendo un mensaje, me equivoco mucho, lo mando a otro lado o lo borro”, relató el recluso.

Gemelo sabe que las nuevas construcciones como centros comerciales o edificios de apartamentos han vuelto irreconocible el país.

Antes de caer preso, Gemelo manejaba las grúas del papá. Foto: José Cordero.
Antes de caer preso, Gemelo manejaba las grúas del papá. Foto: José Cordero.

“Una vez me llevaron en un carro de La Reforma a la cárcel de Cocorí, en Cartago, y pasé por el parque de La Paz y vi un puente así todo raro y muy grande. También vi un montón de bombas de esas, gasolineras, antes no había tantas y tampoco semáforos, ahora hay demasiados y carros ni para que, las presas son terribles, ¡qué feo!”, relató Jorge arrugando la cara.

Todo está carísimo

Al reo también lo sorprende mucho como todo ha subido de precio cada vez que escucha a sus compañeros o familiares hablar sobre compras.

“Todo está muy caro, a mí no me gusta tomar, cuando salga no quiero ir a meterme a los bares, menos ahora que dicen que una cerveza cuesta ¢2.500 y sin boca. Antes de que yo entrara aquí una cerveza costaba 65 pesos y con boca”, contó el privado de libertad entre carcajadas.

“Una caja de leche costaba dos colones con 25 céntimos, el pase del bus de ‘Sansebas’ costaba 1 colón con 25 céntimos. Yo compraba el diario en Palí y con ¢12.100 comíamos cuatro personas todo un mes y comíamos bien, además el alquiler de una buena casa era de ¢12.500 al mes”, agregó.

Pero no solo la vida fuera de la cárcel ha cambiado, Marín dice que la prisión lo ha golpeado y lo ha endurecido mucho.

Cuando Jorge entró ya estaba casado y tenía dos hijas y asegura que separarse de su familia fue durísimo.

Marín tuvo este gatico como mascota en la prisión. Foto: Tomada del Facebook de Jorge Marín.
Marín tuvo este gatico como mascota en la prisión. Foto: Tomada del Facebook de Jorge Marín.

“Yo entré sano a la cárcel, pero aquí la vida es muy dura, sobre todo antes. Ahora es más tranquila, pero antes era tremenda”, comentó el recluso mientras se levantaba de la banca y se enrollaba la camisa hasta el cuello.

“Esto es un balazo que me dieron en Máxima Seguridad de La Reforma (contó mientras se señalaba la espalda), estas son puñaladas de varios pleitos (relató mientras se señalaba el estómago), todo eso me lo hicieron en los primeros meses que estuve preso.

“Yo era muy joven cuando caí aquí y le digo una cosa, aquí fue donde me hice maldoso. Yo estuve en máxima de La Reforma y no hay nada peor que eso; yo agarré mucha fama por las cosas que hacía. A mí no me importaba brincarme la malla para ir a hacer maldades a otro ámbito, de hecho tengo cinco homicidios aquí adentro y eso es muy feo, porque después del último me mataron a mi hermano gemelo, entonces sentí lo que siente una familia cuando le matan a alguien y eso me hizo cambiar”, argumentó.

Jorge dice que nunca le dio por estudiar, pero sí por aprender malas mañas como hacer puñales hechizos con platinas para defenderse.

“Una vez cuando estaba en la cárcel de Puntarenas me pelee con otro reo por una chuleta que él se robó, esa vez me apuñalaron y me perforaron un pulmón. Eso es feo, feo, uno siente que se está ahogando.

“Una chuleta es una chuleta y aquí una chuleta vale mil pesos; tal vez eso no sea nada en la calle, pero aquí hasta 100 colones son un montón.

Cambio asusta

Gemelo dice que cada vez que piensa en que ya le falta poco para salir se preocupa por no calzar en la sociedad.

“Yo aquí me levanto a las 7:30 a. m. y lo primero que hago es desayunar. A las 8 a. m., ya estoy en el gimnasio haciendo pesas y así; a las 11:30 a. m., me estoy bañando y después veo las noticias para estar informado.

El recluso se arrepiente de muchas cosas que ha hecho en prisión. Foto: José Cordero.
El recluso se arrepiente de muchas cosas que ha hecho en prisión. Foto: José Cordero.

“En la tarde lo que hago es dormir, más si llueve, ¿qué rico verdad? ¿Me va a decir que no es rico dormir con lluvia?”, comentó entre risas y moviendo las manos.

“Eso es otra cosa que me preocupa, aquí yo me acostumbré a hacer lo que me da la gana y cuando tenga un trabajo no sé qué voy a hacer con los compromisos”, agregó.

Jorge dice que es oriundo de San Sebastián, pero que lo primero que quiere hacer cuando salga es irse fuera de San José para empezar de cero.

“Quiero irme con la esposa que tengo ahora y mi hijo menor, que tiene ocho años. Me los quiero llevar como a Puntarenas y ahí buscar algún trabajo tranquilo que me permita vivir en paz y ganar lo suficiente para mantener a mi familia.

“Yo no quiero cometer los mismos errores del pasado, no quiero volver a la cárcel, quiero reformarme y ser un padre responsable. Quiero como salir del vientre de una madre otra vez, aprender a caminar de nuevo”, aseguró.

“La ventaja mía es que sé manejar y un chofer se moviliza en cualquier lado, puedo ser taxista o algo así, menos autobusero porque para los vueltos soy malísimo”, bromeó.

El inquieto y disperso Jorge lucha a diario con los temores de la pronta libertad y mientras pasan los días trata de llevar la fiesta en paz para no complicarse.

Por su parte, su familia cuenta los días para que Gemelo deje por fin la prisión y regrese a casa reformado y con ganas de hacer bien las cosas.

“Yo no sé coser ropa ni zapatos, no sé ni lavar mi ropa. Pago para que me la laven, pero sí sé hacer maldades porque las aprendí aquí”.