Cuando los rebeldes de Tigré tomaron la aldea de Hara, en el norte de Etiopía, recorrieron las calles en busca de los jóvenes sanos que podrían haber luchado contra ellos junto a las fuerzas gubernamentales.
Cualquier persona con un carné de afiliación a un milicia era sospechosa. Una simple marca en el hombro, como la que deja la correa de un fusil, podía sembrar duras, incluso si es habitual que los agricultores de la región de Amhara --milicianos o no-- porten kalashnikov.
Adisse Wonde cuenta que, antes de terminar el día, los rebeldes habían matado a dos hombres en sus casas y a un tercero cerca de un río, y afirma haber enterrado a los tres.
"Quieren eliminarnos y gobernarnos. Es un acto de limpieza étnica", asegura este hombre de 49 años, en referencia a los rebeldes de la vecina región de Tigré.
Estos presuntos asesinatos a principios de mes en Hara son un ejemplo de las atrocidades descritas por los testigos de una guerra que se propaga por el norte de Etiopía.
En noviembre, el primer ministro etíope, Abiy Ahmed, envió el ejército a Tigré para derrocar a las autoridades disidentes del Frente de Liberación Popular de Tigré (TPLF, por sus siglas en inglés).
Según el premio Nobel de la Paz en 2019, esta operación respondía a los ataques ordenados por el TPLF contra el ejército federal. La victoria debía ser rápida.
Sin embargo, la región se sumió en un devastador conflicto, marcado por numerosas atrocidades perpetradas contra los civiles.
A finales de junio, las fuerzas pro-TPLF retomaron la capital regional Mekele y la mayor parte de Tigré, antes de adentrarse en las regiones limítrofes de Amhara y Afar.
Su objetivo era, según explicaron, poner fin a un bloqueo humanitario a Tigré e impedir que se reagruparan las fuerzas fieles al gobierno etíope.
En Afar y Amhara, los bombardeos mataron a un número indeterminado de civiles y obligaron a cientos de miles a abandonar sus hogares.
Los rebeldes niegan las acusaciones de perpetrar masacres y las califican de propaganda progubernamental.
Los civiles desplazados en Amhara cuentan una historia diferente y los acusan de asesinatos, saqueos y bombardeos indiscriminados.
Ante el avance del TPLF, Muchayu Degin se escondió en su casa en Kobo durante una semana junto a sus siete hijos, muerta de miedo a medida que avanzaban los disparos de artillería.
Esta mujer de 55 años, hambrienta y desesperada, se armó finalmente del valor y huyó a pie junto a su familia, caminando 15 horas por carreteras llenas de cadáveres acribillados hasta la ciudad de Woldiya.
A continuación, llegó a Dessie, punto de encuentro de los desplazados de la región.
Como miles de refugiados más, duerme sobre una alfombra en una abarrotada aula de una escuela primaria y vive de la distribución de alimentos y donaciones de sus habitantes.
Aunque hace un mes que huyó, todavía no ha podido contactar con sus sobrinas y sobrinos que se quedaron en Kobo. "No hay cobertura allí", "no sabemos si están vivos", explica entre lágrimas.
La Comisión Etíope de los Derechos Humanos, un organismo independiente pero vinculado al gobierno, anunció esta semana que investigará los ataques contra civiles en Amhara.
El TPLF dice apoyar estas investigaciones pero pide que la ONU las dirija.
Estos combates agravan además una crisis humanitaria que, según Naciones Unidas, provocó que la hambruna se cierna sobre cientos de miles de personas en Tigré.
Ninguna de las partes escucha por el momento los llamados a negociar.
En Dessie, las autoridades locales abogan por una solución militar y acusan a Estados Unidos y otras potencias occidentales de minimizar e incluso ignorar las atrocidades del TPLF.
Los testimonios de los refugiados representan un llamado a tomar las armas para algunos de sus habitantes.
"La gente se ve obligada a dejar sus casas, incluso niños y ancianos. Ver esto te motiva para ir a luchar", explica a la AFP Mohammed Kedir, que siguió una formación de 20 días para unirse a las fuerzas de seguridad.
El joven aprendió a cavar una trinchera, utilizar una granada y montar y desmontar un fusil.
"Debo proteger a las mujeres y a los niños. Estoy dispuesto a partir", afirma por su parte otro recluta, Tesfaye Abeba, que asegurar querer vengarse de los crímenes de los rebeldes.
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