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La ONU distribuye dinero en Kabul entre unas 3.000 familias pauperizadas

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El desánimo era palpable este lunes en Kabul entre los centenares de personas que se aglomeraban para recibir 7.000 afganis (poco más de 70 dólares), brindados a los más indigentes por el Programa Mundial de Alimentos de la ONU (PAM).

Las mujeres gritan y se empujan entre ellas para acceder al recinto donde se distribuye la ayuda, ignorando a los talibanes armados encargados de mantener el orden.

Algunas visten burkas con parches, pero otras vestidos más modernos pues no esperaban encontrárselos aquí.

"Nunca imaginé que algún día estaría haciendo una cola para pedir ayuda", suspira Bassana, de 20 años, cuyo padre murió en combate y sus dos hermanos, también integrantes de las fuerzas armadas afganas, huyeron del país ni bien los talibanes retomaron el poder a mediados de agosto.

"Lo primero será comprar comida para evitar pasar hambre", señaló.

Desde el regreso de los talibanes, la economía afgana, que dependía en gran medida de subvenciones internacionales, se ha hundido.

Washington congeló los activos del Banco Central afgano y el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) interrumpieron su ayuda a Kabul.

La ONU, por su parte, advirtió que al menos 23 millones de afganos, sobre una población de 38 millones, se verán amenazados por la hambruna durante este invierno (boreal).

Para esta operación, el PMA identificó a unas 3.000 familias particularmente necesitadas en este barrio llamado de "la colina de la televisión", explica Azimulá Fazalyar, empleado de una organización asociada con el PAM.

"La mayoría de la gente necesita ayuda, pero nos vemos obligados a elegirla", se lamenta Fazalyar. "Tal vez haya entre 50.000 y 60.000 familias que necesitan ayuda aquí", advierte.

El PAM, que distribuye alimentos en muchas ocasiones, esta vez ayuda con dinero, puesto que "algunos necesitan comprar otros productos básicos además de alimentos, como carbón, leña o frazadas" dado que se acerca el invierno, explica.

En muchos de los rostros visibles se adivina La desesperación.

"No sé cómo voy a hacer para alimentar a mis (cuatro) hijos", dice en un susurro, entre lágrimas, Sheila, de 41 años, cuyo marido intenta obtener unas monedas recolectando latas y botellas.

Necesita comprar "carbón, arroz, aceite, harina", pero asimismo pagar el alquiler y las facturas del agua y la electricidad...

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