Don Carlos Mora Rivera vive a sus 60 años un momento muy feliz cada vez que sale a bordo de su Jeep Wrangler de 1988, un auto con el que soñó toda una vida.
Desde que era un jovencillo, este vecino de Agua Blanca de Acosta quiso un chuzo de estos, por uno que conoció igual. Este anhelo le tomó casi 40 años, pero nunca se rindió y hace dos años lo consiguió.
La alegría que siente por tener el carro que tanto esperó le cuesta un poco hasta explicarla, aunque lo que tiene muy claro es que, pese a recibir muchas ofertas, no tiene pensado separarse de él de ninguna forma.
“Cuando yo tenía como 15 años, mi papá iba al mayoreo a vender naranjas y un cuñado que era camionero tenía uno parecido, el famoso Toreado de 1975, que era otro carrazo, y yo me enamoré de esos carros. Yo desde la escuela pedía de regalo un Jeep de juguete.
“Yo me fui apasionando por estos carros; el cuñado murió y el carro también. No supe qué pasó. Cuando crecí, ya era un muchacho, y yo decía: ‘Señor, yo quiero uno de esos, ojalá en un futuro, pero cómo hiciera, yo soy agricultor y en esto no es muy fácil, es duro’. Yo pensé que era un imposible”, contó.
Pasaron unos 30 años hasta que un día don Carlos conoció a un muchacho de Cartago que era el dueño de este Wrangler y le dijo que cuando lo vendiera, lo buscara, que de alguna forma él lo compraría.
“Como a los dos años me llamó y me dijo que ya estaba vendiendo el Jeep porque había conseguido uno más nuevo y, ni lerdo ni perezoso, me fui, lo negocié y se me cumplió el sueño, por el que tanto esperé.
“Con este Jeep yo voy a San José y todo mundo se le queda viendo. Un día de estos fui a Puriscal y a Ciudad Colón. Me encontré a un chavalo en una Prado nueva, nueva, y me preguntó por el Jeep; le llamó la atención que su carro nuevo nadie lo veía y el mío todo el mundo tenía que ver”, recordó.
Cala, como le apodan, cuenta que va a turnos, fiestas de pueblo, exhibiciones y demás eventos y todo mundo tiene que ver con el carro.
“Lo curioso es que le gusta tanto a gente mayor como a gente joven; vieras a los niños cómo les llama la atención, me piden fotos, quieren subirse, es toda una sensación”.
Otra cosa a la que ya se acostumbró es a rechazar ofertas; constantemente le pasan tocando la puerta para ofrecerle comprárselo, cambiarlo, pero todos pegan con pared.
“A mí lo que me hace gracia es ver un carro viejo que sea tan gustado, pero le luce mucho el cuerpo; las llantotas que tiene son justo las necesarias. Este no es tan exagerado como otros, es más balanceado, por eso gusta mucho, creo”, comentó.
“Hay que tener paciencia, yo duré casi 40 años esperando este carro y ahora no me voy a deshacer tan pronto de él; me gustaría que quedara en mi familia”.
Don Carlos afirma que ya había hasta perdido la fe de tener un auto así y que cuando le apareció, hasta le faltaba plata para comprarlo y un amigo cercano se la prestó.
“Nosotros muchas veces le pedimos algo a Dios y queremos que pase a la media hora y las cosas no son así; esta es una lección de vida de que hay que perseverar y tener paciencia. Le pagué el dinero a mi amigo, ya no le debo nada, solo a Dios.
“Yo tengo dos carros más, pero no tienen el significado de este, el que realmente quería”.
La nave además le recuerda mucho a su papá, con quien compartía esa pasión, por lo que es especial por donde sea que lo piense.
