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Buggy pasó de padre a hijo y renació

Buggy de 1963 es el chineado en familia de Ciudad Colón

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Existen chuzos que significan más que un simple vehículo, por estár metidos en el corazón de una familia, como es el caso del buggy de Nolan McPhail López, un vecino de Ciudad Colón que rescató la vieja nave de su tata y la puso a correr de nuevo.

Desde que era niño, este fiebrazo de las naves antiguas creció admirando el buggy 1963 que su papá, Robert McPhail, compró cuando llegó a Costa Rica desde Canadá.

El hombre se quedó en el país, se casó y acumuló una buena cantidad de historias en el chucito.

Con el tiempo, cuando Nolan cumplió 18 años, restauró la nave, que estaba un poco abandonada, por lo que ahora, a sus 24 años y gracias a su propio trabajo, la tiene como un ajito.

“Mi papá lo que cuenta y relata es que estaba leyendo el periódico buscando trabajo cuando llegó al país y vio la oportunidad del buggy y la tomó primero que la del trabajo. Desde pequeño he visto este carro en la casa, toda la vida he ido creciendo viendo como cambia con el tiempo.

“Yo me acuerdo decirle a mi papá que este sería mi carro una vez que tuviera 18 años, que en este iba a aprender y por dicha pude cumplir con mi palabra. Lo manejo desde esa edad y hace poquito le hicimos ya toda la restauración, le cambié hasta el motor, venía con uno de 1.200 cc y le puse uno de 1.600 para que pudiera aguantar las calles de acá”, comentó Nolan.

Lo que inspiró a que su papá lo comprara tiene nombre y apellido: la mamá de Nolan, doña Xinia López.

“Mi papá la conoció a ella en la playa y por eso fue la inspiración de comprarlo, él quería un carro en el que pudiera ir y venir de la playa y pegar estilo con mi mamá abordo. Desde que él llegó acá y vio el país, dijo que un buggy es lo que quería y le servía.

“A mi mamá siempre le gustó mucho el carro, le encantaba andar en él, pero mi papá con su edad y su carro automático (que se compró luego) ya ni lo sacaba. Ahora ella está toda feliz que lo restauré, lo que ella dice es que antes eran ellos los que me sacaban a pasear a mí y ahora soy yo el que los llevo a ellos por diferentes lugares, por paisajes muy bonitos”.

Cuando su papá se fue haciendo más viejito, le permitió a su hijo dejarse el carro, pero era él quien tenía que encargarse de la restauración y el costo.

“Yo ya no podía verlo ahí tirado, más porque era el carro que uno decía que iba a manejar, entonces yo ya con trabajo y todo, ahorré una platica y se la empecé a meter. Mi papá estaba de acuerdo que lo restaurara, me decía qué hacerle, pero como yo era el que lo iba a andar, las modificaciones las decidí yo.

“Cambiarle el motor fue idea mía, meterle luces de color y otras cositas, lo que sí me recomendó y le voy a dejar, es el trabajo que le hizo en las puertas, que las cambió por unas más portátiles, las llantas anchas delanteras, al final fue esfuerzo de uno”, agregó.

En las calles también disfruta mucho la reacción de la gente, de los niños, de los señores mayores y todos los que ven la nave y quedan flechados de la misma manera que quedó su familia, ese es su encanto.

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