A don Diego Víquez Lizano no le importó la lluvia, el frío ni el mal clima. Tampoco viajar miles de kilómetros desde Heredia, en Costa Rica, hasta Monterrey, Nuevo León, en México, para resolver un misterio que pesó durante décadas sobre su familia y que finalmente se cerró el 28 de noviembre.
Aquel día, este hombre cumplió el anhelo de toda una vida: saber qué sucedió con su abuelo, Enrique Lizano, quien murió en México el 12 de diciembre de 1945 y de quien nunca se supo su paradero, un tormento que acompañó a la familia durante 80 años.
Al final, las estrellas se alinearon para que al cierre del 2025, las cenizas de quien fuera una de las figuras del fútbol costarricense entre las décadas de 1930 y 1940, llegaran a la casa de doña Zaida Lizano Madriz, la única de sus hijas que, a sus 85 años, sigue con vida.
Cuando don Diego llegó del viaje y le dio la urna a su mamá, además de darse un gran abrazo ella le dijo unas palabras que deseaba decir desde que era una niña: “Papá ya está en casa”.
Una espera que comenzó en la infancia
“Fíjese que mamá, cuando muere su papá, tenía cinco años. Ella cuenta que, pequeñita e inocente, se sentaba en la acera y a cada señor elegante que veía venir decía: ‘Ahí viene papá’, y así estuvo durante muchos años”, relató.
“Cuando estamos allá en México y le mandamos fotos de todo esto, mi hermano se las enseña y eso fue lo que volvió a decir: ‘Ahora sí viene papá’”, recordó.
Una familia marcada por la ausencia
La incertidumbre de no saber qué pasó fue muy dura. Don Enrique dejó seis hijos en Costa Rica cuando se marchó a jugar a México por un tiempo.
Semanas después, falleció a causa de las secuelas de un accidente y dejó a su esposa, Felicia, sola, enfrentando una responsabilidad enorme.
Figura del fútbol tico y seleccionado nacional
Don Enrique era un recio defensor central que con el Herediano se ganó un nombre propio. Su calidad lo llevó a la Selección de Costa Rica, en la que fue figura junto a referentes de época como Alejandro Morera Soto, José Rafael Fello Meza y bajo la dirección de Ricardo Saprissa.
Con la Selección ganó los Juegos Panamericanos de 1935, logro que terminó de abrirle las puertas del fútbol internacional, una oportunidad que muy pocos futbolistas de su generación tuvieron.
La idea era clara: estar fuera solo un tiempo, cumplir el compromiso deportivo y regresar con su familia. Pero ese regreso nunca ocurrió.
El accidente que lo cambió todo
El 14 de setiembre de 1945, un accidente cambió el rumbo de su vida y el de toda su familia.
“Él jugó en Colombia, Cuba y finalmente en México. Primero lo llama el equipo Nuevo León y después pasa a Monterrey, que estaba dando sus primeros pasos. De hecho, él juega con el primer equipo que tuvo Monterrey”, explicó Diego Víquez.
Para los Rayados, aquella primera etapa estuvo marcada por una tragedia que golpeó con fuerza al club y al plantel. El accidente acabó con la vida de dos jugadores: Enrique Lizano y Guillermo “Cuadros” Vidal.
“En esa primera temporada pasa un acontecimiento dramático. Ellos iban en bus de Monterrey a Guadalajara y, al detenerse en una gasolinera en San Juan de los Lagos para cargar combustible, el bus se incendió. Varios quedaron heridos y se recuperaron durante mucho tiempo en Guadalajara”, relató.
“El abuelo estaba en proceso de recuperación, pero como efecto secundario de las quemaduras se le generó un problema en la vesícula biliar. Eso le provocó una complicación que terminó causándole la muerte. El club, incluso, desapareció durante seis años a raíz de esa tragedia”, recordó.
Décadas de silencio y una búsqueda que no se apagó
Tras la muerte de don Enrique vino el vacío. El accidente golpeó duramente al club en aquel momento y, en una época en la que las comunicaciones eran complejas y lentas, su familia en Costa Rica quedó en el aire, sin saber con certeza qué había sucedido ni dónde había quedado enterrado.
Pasaron las décadas y el misterio se hizo cada vez más grande. En México tampoco aparecían mayores referencias y el caso parecía haberse diluido con el paso del tiempo, como si se tratara de una historia olvidada.
“Se vivió una incertidumbre muy grande de no saber en qué lugar específico de México estaba. Toda esa etapa fue prácticamente el ciclo de vida completo de los hijos de Enrique, con la excepción de mamá”, recordó.
Con el paso de los años, dos de sus nietos, Diego y su prima Krissia, comenzaron a sentir la necesidad de buscar respuestas y ponerle un punto final a una historia que había marcado a la familia durante generaciones.
El hallazgo que lo cambió todo
El giro llegó hace dos años, cuando se toparon con una nota de un diario mexicano que detallaba con precisión el lugar donde estaba enterrado: el Panteón del Carmen, en Monterrey.
“Nos pusimos a buscar la forma de traerlo a Costa Rica, hasta que el diario El Norte, el principal medio de Nuevo León, y el periodista Jesús Carvajal se interesaron en el tema. Él publica un artículo llamado ‘Un Rayado olvidado’ y a partir de eso el club empieza a involucrarse de lleno”, contó Víquez.
Según relató, el apoyo del periodista fue fundamental, al punto de convertirse en un puente clave entre la familia y el club, que terminó asumiendo todos los trámites y gestiones necesarias en México.
“Fue muy emocionante cuando escribí por WhatsApp al cementerio en Monterrey y me respondieron que efectivamente estaba enterrado ahí. Luego, el momento de la exhumación del cuerpo también fue sumamente emotivo”, recordó.
El homenaje que cerró la herida
Luego del momento en el cementerio y la exhumación, todavía quedaba algo más. Algo sorpresivo y muy significativo para la familia.
Además de hacerse cargo de todos los gastos y trámites, el club finalmente recordó a aquel rayado olvidado y le rindió un sentido homenaje.
“Para los Rayados aquel suceso es un acontecimiento fundacional, una importante parte de su historia y se portan de manera maravillosa no solo en todo el proceso de cremación y exhumación, e hicieron un acto muy sentido a manera de homenaje”.
“Sembraron dos árboles en una de las entradas del estadio del Gigante de Acero con placas de acero con el nombre de los dos fallecidos, en el que también invitaron a un sobrino de Cuadros Vidal. Eso fue hace 15 días, además le dieron un reconocimiento en el estadio”.
Todavía había más sorpresas, pues don Enrique y Cuadros Vidal formaron parte de un tifo que se utilizó en el partido del 3 de diciembre ante el Toluca, en el juego de ida de las semifinales del fútbol mexicano.
“La estadía en Monterrey fue maravillosa, la manera cómo se comportó el equipo fue espectacular para cerrar esto y el aporte de Jesús Carvajal, que sin él, nada de esto hubiera sido posible.
“Fue como cerrar un ciclo de la historia de la familia, un episodio marcado por un acontecimiento dramático al que ya pudimos darle un final”, remató don Diego.







