Sergio Alvarado.19 febrero

La gradería sur del estadio Ricardo Saprissa vivió este miércoles una noche muy diferente y a la vez especial, cuando las familias y una banda tomaron el lugar de la Ultra y gracias a la música y alegría nadie se acordó de la barra morada.

La Banda Municipal de Tibás fue la encargada de meter ese ambiente donde antes reinaba la violencia, un grupo de jovencitos bien uniformados y armados con instrumentos tenían la importante y difícil tarea de calentar el ambiente en una ventosa noche.

La banda se la jugó como las grandes. Foto: Sergio Alvarado
La banda se la jugó como las grandes. Foto: Sergio Alvarado

El escenario era perfecto, un partido internacional de la Concachampions ante el Impact Montreal de Canadá. El primer partido sin la Ultra en la Cueva tenía que ser marcado por un hecho especial más allá del resultado que desde un inicio estuvo cuesta arriba para el Monstruo.

Con la afición golpeada en un primer tiempo que vio caer dos goles del Montreal Impact, el reto de la banda era más pesado, elevar ese espíritu en la renovada gradería familiar.

Como si se tratara del Monstruo, el grupo se reunió antes del partido, tuvieron “la charla técnica” a cargo del director Andrés Solano y hasta un discurso de un motivador previo al debut.

La banda jamás había tocado en un estadio lleno en un partido de fútbol, por lo que es lógico que hubiera un poco de nervios .

Cuando entraron a la gradería a eso de las 6:45 p.m., luego de comerse una presa de 40 minutos desde el gimnasio municipal hasta el estadio, se acomodaron y dieron los primeros acordes de “Viva Saprissa”, la gente notó que era una noche diferente

Al principio los aficionados se quedaron un toque bateados, pero poco a poco se fueron acostumbrado y como estaba ideado, la afición en ese sector coreaba algunas de las piezas que la banda tocaba.

Los pocos chiflidos que aparecieron los ahogaron los aplausos y la empatía hacia ese grupo de muchachos que hacían su mejor esfuerzo por meter buen ambiente.

Álvaro, un saxofonista de 22 años y estudiante de Ingeniería, tenía una sonrisa de oreja a oreja por verse donde estaba, este morado de corazón nos dijo que estaba viviendo un sueño.

“Uno ve los partidos por televisión y se imagina estar ahí apoyando, pero estar acá con los compañeros a estadio lleno en una actividad de estas nunca, es algo muy lindo”, explicó.

Cuando arrancó la mejenga Álvaro y sus compañeros arrancaron la tanda, la primera pieza que tocaron fue Seven Nation Army , una canción que es un himno en los estadios de fútbol de Europa y Norteamérica.

Los músicos no se cambiaban por nadie. Foto: Sergio Alvarado
Los músicos no se cambiaban por nadie. Foto: Sergio Alvarado

Los minutos pasaban y la banda hizo un cambio de juego con piezas más moradas, como “Cada día te quiero más” o “Vamos morados”, estas dos fueron las más coreadas por la gente.

Como si fuera Wálter Centeno, Andrés, el director de la banda giraba instrucciones con sus manos de acá para allá, los cuales sus pupilos seguían al pie de la letra, con más orden de lo que se veían los morados en la cancha.

La banda calentó a la gente algunas veces y otras fue al revés, los cánticos espontáneos de la gente animaban a la banda a meterle más ganas a la tocada y dejarse llevar por la música y afición.

Los muchachos demostraron que estaban conectados cuando un bolazo fue directo adonde estaban parados casi al final de “Vamos Morados”, lo que obligó a quitarse de en medio sino se los hubieran apeado.

A Ernesto Ugalde, un trombonista de 15 años, la pecosa le pasó a un lado del pie izquierdo y muy cerca de su trombón, lo que le preocupó más que otra cosa.

“Yo nada más vi que ya venía la bola y me tuve que hacer quitado de una vez sino le daba al trombón, por dicha fue casi al final de la canción, después devolví la bola a la cancha”, explicó

Otros como Rodrigo, Jorge, Néstor, William o Armando trataban de meterle candela al asunto después del primer gol del Impact, al minuto 12, para que la gente no decayera.

La banda está lista para ponerle sabor al juego entre morados y canadienses

A mediados del primer tiempo, cuando la gradería sur ya estaba a reventar, la banda tuvo que ceder parte de su espacio, que al principio era todo un bloque, para que la gente se sentara. Pasaron a tocar en un espacio más pequeño y rodeados por la afición

Como ya existe la malla que dividía la gradería sur, atrás del marco había muchos niños y padres, una salvada para el arquero del Impact que ya no salió todo madreado cómo le solía pasar a los visitantes en ese sector de la Cueva.

Don Marco Monge, un vecino de Alajuelita, fue a esa gradería con su esposa, Yessenia Gómez, y su hija, Brianna, algo que para ellos era impensado en los tiempos de la Ultra

“Veo un ambiente muy bonito, muy familiar, la banda le mete color, ahora es posible que vengamos mucho más al estadio porque el precio además está cómodo”, explicó.

La gradería donde estaba la Ultra pasó a ser la de la familia. ¡Qué bonito! Foto: Sergio Alvarado
La gradería donde estaba la Ultra pasó a ser la de la familia. ¡Qué bonito! Foto: Sergio Alvarado

Para entrar en esa gradería se pagaba ocho rojitos por dos adultos y un niño.

Para el segundo tiempo, el ánimo estaba un poco caído, pero la banda no se contagió de esa apatía y cómo un jugador que corre los 90 minutos le metían todas las ganas, fue llamativa la energía que mostraron, se convirtieron en el jugador número 12.

Ellos sabían que estaban representando prácticamente a todas las bandas del país como se lo hicieron saber a Solano directores de otras bandas antes del partido.

Cuando cayó el gol de Johan Venegas al minuto 80 y la "S" descontó el estadio explotó junto a la banda, que de inmediato reaccionó y entonó el Vamos Morados.

En el último minuto cayó el empate en pies de Ariel Rodríguez y la banda con buen ritmo montó la fiesta para cerrar una noche morada mágica.

Banda de Tibás le puso sabor al partido del Saprissa