Eduardo Vega.20 julio

Cuando le faltaba una hora para terminar su guardia y a solo cinco meses de pensionarse, el bombero Claudio Arce Rojas enfrentó una situación que recuerda como si hubiera ocurrido ayer y fue una de las pruebas más duras en los 36 años que trabajó apagando incendios y en los 53 de vida.

Don Claudio sigue ligado al tema de la protección, tiene una empresa de extintores y da charlas de seguridad en escuelas y empresas. Cortesía.
Don Claudio sigue ligado al tema de la protección, tiene una empresa de extintores y da charlas de seguridad en escuelas y empresas. Cortesía.

Claudio recuerda que no fue la decisión más difícil de su vida y asegura que si tuviera que volverlo a hacer tampoco dudaría. Su corazón de bombero siempre ha ganado esas batallas de amor por la vida de los demás aunque la propia esté en peligro.

El incendio del que hablamos sucedió en una casa del barrio El Carmen de Naranjo a las 7 de la mañana del 1 de enero de 1997.

Claudio, a quien de cariño le han dicho siempre Calio, estaba aquella mañana a sesenta minutos de finalizar su guardia de doce horas, que se había iniciado a las 8 de la noche del 31 de diciembre.

Le tocó a Claudio y a su compañero de guardia y jefe Juan Ramón Salas atender la jornada laboral del último día del año, esas horas de trabajo a las que casi todo el mundo les huye porque son de mucha fiesta y celebración con la familia.

Esta foto es de un don Claudio breteando duro para apagar un incendio hace más de 25 años. Cortesía.
Esta foto es de un don Claudio breteando duro para apagar un incendio hace más de 25 años. Cortesía.

Fue un 31 de diciembre normal. En la estación de bomberos de Naranjo (inaugurada en 1963) no hubo ni una sola llamada de emergencia.

Claudio y Juan Ramón llamaron a sus familiares en la noche para darles el saludo de feliz año y pasaron conversando hasta pasada la medianoche, cuando se dieron un abrazo y se desearon lo mejor para el 97.

Como a las cinco y algo de la mañana del 1 de enero los dos se levantaron en tremenda soledad y silencio. Naranjo dormía la fiesta de la noche anterior y solo se escuchaban los pajaritos.

Claudio se apuró a chorrear café y Juan Ramón se acomodó en la mesa para esperar con su jarro y su pan el primer desayuno del año.

Ninguno se había quitado el uniforme de trabajo porque los bomberos jamás se lo quitan hasta que llega el compañero que los va a relevar. Claro, por ser 1 de enero el relevo no apareció temprano.

Pero de pronto toda la calma se fue...

“Jamás olvidaré la hora, eran las puras siete de la mañana cuando entró la llamada que alertaba del incendio en una casa en El Carmen. Juan Ramón y yo estábamos completamente listos”, detalla Claudio.

“Lo primero que hicimos fue encender la alarma para alertar a los bomberos voluntarios, pero qué va, no llegó ninguno. Dejamos el café tirado y nos montamos de inmediato en la unidad”, recordó.

En mayo de 1997 se le tomó esta foto al bombero para reconocerle su acto heroico. Archivo.
En mayo de 1997 se le tomó esta foto al bombero para reconocerle su acto heroico. Archivo.

El barrio El Carmen está como a 500 metros de la estación central de Naranjo, por eso los bomberos no duraron nada llegando.

“Cuando frenamos el compañero corrió para buscar un hidrante en el cual pegar la manguera. Mientras yo me bajaba me gritaron una frase que jamás olvidaré ‘¡hay una chiquita adentro de la casa que se está quemando!’”.

La impresión de Claudio por aquellas palabras fue tremenda. El barrio estaba gitado y preocupado.

“Como en otras ocasiones a uno le dicen eso y los chiquitos o la persona que creen que está adentro pudo salir por otro lado, primero me aseguré bien que sí era cierto.

“Cuando comprendí que había una niña dentro de la casa me apuré con unos vecinos a abrir un hueco por una de las ventanas de atrás. Me quité el tanque de oxígeno porque no cabía por el hueco que abrimos y me dejé el traje contra incendios y el casco, así me tiré adentro”, cuenta.

Lo explica como si fuera algo normal para cualquier personas y claro que no lo es. La pasión de los bomberos por su trabajo de rescate es así.

Cerca de la muerte

La casa estaba completamente en llamas, había humo por todos lados y Calio no podía ver nada, casi ni los pies se veía. Le tocó caminar a ciegas por diferentes partes de la vivienda ardiendo hasta que llegó a uno de los cuartos y lo revisó completo. Nada.

No había rastros de la chiquita.

Él gritaba a ver si alguien le respondía, pero nada. El fuego seguía destruyendo la casa y Claudio no encontraba a la niña que podría perder la vida de una forma tan cruel.

“De un pronto a otro entré a un cuarto, busqué por todos lados y nada, toqué la cama y nada, pero como no veía me tropecé con un borde de la cama y me fui para atrás, por dicha caí en la cama porque pude haberme golpeado fatalmente.

Siempre estuvo listo para pelear la guerra contra el dragón del fuego. Archivo.
Siempre estuvo listo para pelear la guerra contra el dragón del fuego. Archivo.

“Al caer en la cama logré tocar como un bulto, entonces lo volvía a tocar y entendí que había algo envuelto entre unas cobijas, no veía qué era, pero estaba seguro de que había encontrado a la chiquita”, detalla con toda claridad, como si lo estuviera viviendo de nuevo.

Claudio fue corriendo a la ventana y a medio camino le entró una gran duda, ¿y si es una muñeca?, pero no aflojó y casi en la ventana, con menos humo, le pudo ver la cara a la chiquita. Ya estaba algo moradita, entonces se la pasó a los cruzrojistas que estaban afuera esperándolo.

La niña no respiraba y tenía el cuerpo bastante quemadito. Un minuto más, dice don Claudio, y la habrían encontrado muerta.

“Yo no me salí de la casa, cuando llegué con la chiquita ya había algunos bomberos voluntarios y me tenían una manguera lista, así que de una vez comencé a tirar agua por todos lados hasta que apagamos ese incendio.

“Cuando pude salir de la casa lo primero que pregunté fue ‘¿y la chiquita?‘. Mis compañeros me confirmaron que se la habían llevado con vida en una ambulancia hasta el Hospital de Niños”, detalla Calio.

Aquella noticia le dio algo de calma y deseó que la niña pudiera superar aquella dura prueba y vivir.

¿Héroe?

No le gusta para nada a Claudio que le digan héroe.

“Hice algo que cualquier bombero haría, de eso estoy seguro, ser bombero es un honor, por eso puedo confirmar que no soy héroe, solo era un bombero que hacía su trabajo”, aclara.

Recordó que después del incendio, como a las 9 de la mañana, ya cuando se apagó todo, se fue para la casa todo tiznado pero feliz del deber cumplido. De hecho, solo tenía un pensamiento: “Dios quiera que la chiquita esté bien”.

Una medalla al mérito por arriesgar su vida desinteresadamente. Cortesía.
Una medalla al mérito por arriesgar su vida desinteresadamente. Cortesía.

Entró a su casa, como cualquier otro día, y lo estaba esperando su esposa, Ana María Arce Ugalde, con su hija mayor, Lilliana; esta última le sirvió un vaso de café y este sí se lo pudo terminar.

Mientras se tomaba el cafecito les contó lo que había pasado, entonces, fue la primera vez que escuchó esa palabra dirigida hacia él: “Diay papi, usted es un héroe”, le dijo Lilly.

Claudio como que no le dio mucha pelota porque desde esa primera vez no le gustó la palabra, de hecho casi a ningún bombero le gusta.

La alegría de la vida

Por ese acto Claudio recibió la condecoración Comandante Jorge Escalante Bonilla, medalla al mérito del Benemérito Cuerpo de Bomberos y el Instituto Nacional de Seguros.

También le dieron el premio al mérito civil “Antonio Obando Chang”, que otorga la Dirección de Cultura del Ministerio de Cultura y Juventud y fue declarado hijo predilecto de Naranjo.

Como buen bombero, jamás ha dejado de estar relacionado con el oficio, actualmente tiene una empresita de extintores que se llama Extintores Arce, además da charlas de seguridad en instituciones de educación y en fábricas. Bien puede llamarlo al 2450-0987 o al 8884-2091.

Veintitrés años después, a sus 76 años, Claudio vive tranquilo, tiene tres hijas (Lillyana, Patricia y Joly), diez nietos y una bisnietica de tres años y medio que se llama Emily Méndez.

Y también es feliz porque de vez en cuando que va a Sarchí se topa con Stefany Alfaro Jiménez hecha toda una mujer. Ella es aquella niña a quien él rescató de las llamas un 1 de enero inolvidable.

Nos cuenta que Stefany está embarazada de su segundo hijo, no sabe el sexo todavía, lo que sí sabe es que si es hombre le pondrán Isaac, que significa “aquel con el que Dios reirá”.