Si usted cree que madrugar es duro, espere a conocer la historia de doña Sonia Corredera.
Tiene 74 años… y los mismos 74 de estar ligada al Mercado Central de San Jose, ya que desde que era una chiquita de cinco años empezó a ayudar en un puesto La flor de America, cuando ni siquiera había entrado al kínder.
Su historia no comenzó por juego ni por hobby. Llegó de la mano de una tía que vendía flores. A ella y a otros familiares les tocaba ayudarle a cambiar el agua de los baldes usando tarritos pequeños que les regalaban en la escuela. Hacían viaje tras viaje porque cada flor necesita un nivel distinto de agua para no marchitarse. Así, entre baldes y pétalos, aprendió el oficio.
Cuando empezó la escuela, no hubo descanso. Si estudiaba en la mañana, trabajaba en la tarde. Si le tocaba en la tarde, iba temprano al mercado y luego corría a clases. Recuerda que el uniforme blanco de la escuela lo traía en una bolsita para que no se ensuciara con el trajín del puesto.
Con los años el puesto pasó luego a manos de su mamá, y ella siguió firme. La vida no fue sencilla. Se casó, tuvo tres hijos (uno ya falleció), y cuando las cosas no salieron bien en su matrimonio, volvió de lleno a las flores para sacar adelante a su familia.
Hoy vive en San Miguel de Desamparados, se levanta todos los días a las cuatro de la mañana para llegar antes de que abran el mercado, porque su negocio es abierto y hay que cuidarlo. Se va a las tres de la tarde, después de una jornada completa, y en las tardes tiene un ayudante.
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Su mensaje es directo, sin adornos: “el que no trabaja, no come. Y mientras uno no le robe a nadie, debe ganarse las cosas con el sudor de la frente”.
Doña Sonia no necesita capa. Su heroísmo está en la constancia, en las manos que han cambiado agua por más de siete décadas y en las flores que han pasado por su puesto mientras generaciones enteras crecían en San José.
Hay historias que no salen en películas, pero sostienen un país. Y la de ella es una de esas.
