Agencia AP.18 junio
El argentino ahora debe cumplir una cuarentena de 15 días y ya luego podrá ver a sus padres. AP
El argentino ahora debe cumplir una cuarentena de 15 días y ya luego podrá ver a sus padres. AP

Sin posibilidad de viajar en avión a causa de la pandemia del COVID-19, Juan Manuel Ballestero no lo pensó dos veces y decidió cruzar el Atlántico en un velero para reencontrarse con sus ancianos padres en Argentina, una travesía que inició en Portugal, tardó tres meses y estuvo llena de aventuras.

“En 24 horas planifiqué cruzar el océano en un barco de 8,8 metros. Mi deseo era estar con ellos”, dijo el argentino de 47 años que arribó el miércoles a su ciudad natal de Mar del Plata, 400 kilómetros al sur de Buenos Aires, a bordo de la embarcación llamada “Skua”.

Una fuerte lluvia lo esperaba para finalizar el viaje en el que enfrentó temibles tormentas que lo pusieron en grave peligro varias veces.

“Ahora estoy tranquilo, no hay tormenta que me moleste ni barco que me atropelle”, contó en una llamada telefónica desde su velero modelo Ohlson 29.

El hombre por ahora solo pudo ver a un hermano que se acercó al puerto, pero no a sus padres, Carlos Ballestero, de 90 años, y Nilda Gómez, de 82. Antes de encontrarse con ellos debe cumplir una cuarentena de 15 días en la ciudad portuaria.

Desde que el 20 de marzo se declaró la cuarentena obligatoria en Argentina (país donde hasta ahora se han reportado más de 35.500 casos de coronavirus y al menos 920 fallecidos) están suspendidas las operaciones aéreas nacionales e internacionales, excepto las de carga y repatriación de ciudadanos varados en el exterior.

Ballestero tomó 200 euros que tenía ahorrados, cargó el velero con comida y zarpó el 24 de marzo de Porto Santo, en el archipiélago portugués de Madeira, que no sufría aún el impacto del nuevo coronavirus. Había llegado hasta allí en un viaje de regreso a España, su residencia habitual, que por entonces ya había cerrado sus fronteras.

La embarcación no está hecha para viajes tan largos, pero el marinero se la jugó. AP
La embarcación no está hecha para viajes tan largos, pero el marinero se la jugó. AP

Tenía la seguridad de que la pandemia y el aislamiento por tierra y aire serían prolongados y quería estar con los suyos. La opción de echarse al mar era la más fácil.

“Me vine para mi casa y es humano”, afirmó el argentino.

El viaje incluyó momentos complicados en aguas de Ecuador y sobre todo a la altura de Victoria, en el estado brasileño de Espíritu Santo. Tampoco fue fácil navegar por el río de La Plata.

“No es una travesía habitual para una embarcación pequeña y uno está limitado”, explicó el marino de larga experiencia, quien ha pescado en Alaska y el Atlántico sur y se ha desempeñado en ocasiones como patrón de veleros oceanográficos que buscan ballenas y realizan investigaciones medioambientales.

Ballestero contó que sufrió un momento de especial miedo cuando, a causa del oleaje, su embarcación de fibra de vidrio quedó tumbada a unas a 150 millas de Victoria. “El barco se acostó, no pude achicar la vela a tiempo y se me cortó el arraigo de un cable. En Brasil me ayudaron a repararlo”, contó.

El hombre dijo que hubiera sido ideal arribar a Mar del Plata a mediados de mayo para celebrar con su padre sus 90 años, pero asegura que lo importante es el reencuentro que se producirá en unos días.

Ballestero dijo que ya ha tenido aventuras suficientes en alta mar y piensa quedarse en la casa que tiene cerca de la de sus padres. “Planto la huerta y me compro tres gallinas. Haré el aguante (compañía) a los viejos para pasar el invierno. Quiero estar en familia”, sostuvo.