A dos horas en avión de las playas de Bali, en la isla indonesia de Sumba, hay hombres y mujeres que viven como esclavos desde que nacen hasta que mueren, de generación en generación, por el peso de la “tradición”.
Trabajan para sus amos sin percibir salario, pasan de unos a otros como herencia, a veces sufren maltrato y en el caso de las mujeres algunas son víctimas de violaciones.
Sus hijos correrán la misma suerte porque esta condición “no se puede borrar”, afirma Kanisius Kanyali Hambarita.
Este joven de 34 años es esclavo de Umbu Ana Rara, tres años menor que él.
Para llegar a su pueblo de Tengeddu, conocido por sus espectaculares cascadas, hay que recorrer una carretera de baches que serpentea entre el mar y las colinas áridas, a 50 km de Waingapu, la principal ciudad de Sumba. Por el camino se ven cabras y vacas y hasta manadas de caballos salvajes.
A simple vista, nada los distingue.
Visten camiseta y sarong, viven en la misma casa, donde crían gallinas y cerdos y se cocina con leña. Ambos duermen sobre el mismo tipo de estera en el suelo y ninguno tiene cobertura para el móvil.
Umbu Ana Rara dice que trata a su esclavo “como a un miembro de la familia”. Le permite ganar un poco de dinero como mototaxista y le confía un pedazo de tierra que cultiva para su propio sustento.
¿Qué opina Kanisius Kanyali Hambarita? “No me opongo a ello, así son las cosas. No es una carga. No es más que el símbolo de una tradición heredada de nuestros antepasados”, afirma a la AFP delante de su amo, quien a menudo termina sus frases por él.
Aquí la esclavitud se remonta al siglo XVI, según los historiadores. Indonesia la abolió oficialmente en 1860, cuando el país se encontraba bajo dominio neerlandés pero sigue muy arraigada en la cultura de Sumba, sobre todo en el este.
La isla cuenta con 685.000 habitantes, de los cuales el 80% son cristianos en un país de mayoría musulmana.
La sociedad se divide en tres castas: “los nobles, llamados maramba, a menudo grandes terratenientes, la gente corriente, llamada kabihu, y los esclavos o sirvientes, los atas”, explica Martha Hebi, experta en el tema.
A menos que el amo lo libere, el esclavo “no puede perder su condición ni siquiera a través del matrimonio”, añade.
Los marambas son los propietarios de la tierra, las vacas y los caballos que crían para las carreras antes de ser exportados. Constituye su principal activo económico junto con los esclavos.
Los atas trabajan de la mañana a la noche, cultivan los campos, que aran con búfalos, y se ocupan de la casa, los niños y los animales. El trato que reciben depende del amo que les toca.
“Me pegaban”
“Hay casos de trabajo forzado en otras partes de Indonesia o de servidumbre temporal, como entre los dayak de Borneo en caso de deudas”, explica a la AFP Bondan Kanumoyoso, historiador de la Universidad de Indonesia en Depok. Pero, según él, la esclavitud que se practica en Sumba es única.
Está vinculada al marapu, una religión local que combina el animismo, el culto a los antepasados y el mundo de los espíritus, explica Umbu Remi Deta, sacerdote de esta creencia ancestral.
Cuenta la leyenda “que los marambas obtuvieron atas al llegar a Sumba”.
Es difícil determinar cuántos hay.
Una asistenta social que pidió mantener el anonimato calcula que existen “unos 1.700” en el distrito de Sumba Oriental, que cuenta con 350.000 habitantes. Otros estiman que son miles.
Esta isla alejada de los grandes centros urbanos y turísticos, a 2.000 km de Yakarta y a mil km de Bali, permaneció aislada durante mucho tiempo.
Los portugueses en el siglo XVI y la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales en el XVII se abastecían en ella de madera de sándalo y de esclavos, según el antropólogo británico Rodney Needham.
Enviaban los esclavos a Batavia (el antiguo nombre de Yakarta) o a otras regiones de Indonesia, pero también a Madagascar o a Mauricio.
La llegada de la modernidad no ha alterado el sistema.
“He sufrido bastante desde mi infancia”, declara M., un ata de unos cuarenta años a las afueras de su pueblo, Napu, sin la presencia del maramba. La AFP no revela su nombre para preservar su seguridad.
“Me pegaban porque no trabajaba o porque no lo hacía como debía”, añade. “En cuanto regresaba del colegio, tenía que volver a trabajar, arrancar la hierba, dar de comer a los cerdos”.
A día de hoy los esclavos sufren “violencia no solo física, sino también sexual. Porque, según la tradición, el amo tiene derecho, entre comillas, a ‘utilizar’ a su sirvienta”, confirma Marlin Lomi, pastora y presidenta del sínodo protestante de Sumba oriental.



