Agencia AFP.30 junio, 2017

Cuando la llama del amor se apagó entre él y su esposa, Masayuki Ozaki tomó una rara decisión para llenar su vacío. Compró una muñeca en silicona que se convirtió, asegura, en el amor de su vida.

Masayuki Ozaki saca a pasear a la güila de silicona con regularidad. AFP
Masayuki Ozaki saca a pasear a la güila de silicona con regularidad. AFP

Mayu, de tamaño natural y con un aspecto muy realista, a pesar de su mirada vacía, comparte la cama con Masayuki en la casa donde también viven su mujer y su hija adolescente, en Tokio, Japón.

"Después de que mi mujer diera a luz, dejamos de hacer el amor y sentí una profunda soledad", contó este fisioterapeuta, de 45 años.

"Leí un artículo en una revista sobre el tema de estas muñecas y fui a ver una exposición. Fue un flechazo", suspira Ozaki, que pasea a Mayu en silla de ruedas, le pone pelucas, la viste y le regala joyas.

Ozaki posa junto a otras muñecas dentro del cuarto de su casa en Tokio, Japón. AFP
Ozaki posa junto a otras muñecas dentro del cuarto de su casa en Tokio, Japón. AFP

"Cuando mi hija entendió que no era una muñeca Barbie gigante, tuvo miedo y pensó que era asqueroso, pero ahora ya es suficientemente mayor para compartir la ropa con Mayu", explica.

"Las mujeres japonesas tienen el corazón duro", afirma, mientras pasea a la muñeca por una playa. "Son muy egoístas. Sean cuales sean mis problemas, Mayu, ella, siempre está aquí. La quiero con locura y quiero estar siempre con ella, que me entierren con ella. Quiero llevarla al paraíso".

Como él, muchos hombres poseen en Japón este tipo de muñecas, llamadas "rabu doru" (muñeca de amor), sobre todo viudos y discapacitados, y no las ven como simples objetos sexuales, sino como seres con alma.

Ozaki se pone muy romanticón cuando está a solas con su muñecota. AFP
Ozaki se pone muy romanticón cuando está a solas con su muñecota. AFP
Otros casos

"Mi corazón late a mil por hora cuando vuelvo a casa con Saori", asegura Senji Nakajima, de 62 de años, mientras se va de pícnic con su compañera de silicona.

"Nunca me pasaría por la cabeza engañarla, ni con una prostituta, porque para mí ella es humana", explica este empresario, casado y padre de dos hijos.

Yoshitaka Hyodo, bloguero de 43 años, cuenta con más de 10 muñecas. También tiene una novia, de carne y hueso, al parecer bastante comprensiva.

"Ahora es más para comunicar a un nivel emocional", afirma este hombre, también fanático de objetos militares, rodeado de mujeres de plástico, a las que viste de soldado.

Unas 2.000 muñecas de silicona son vendidas cada año en Japón, según los profesionales del sector. Equipadas con una cabeza y una vagina desmontables, valen unos $6.000 (unos tres millones y medio de colones).

Las primeras aparecieron en 1981. La versión en silicona, después del vinilo y del látex, es de 2001.

"La tecnología ha hecho grandes progresos desde las horribles muñecas hinchables de los años 1970", explica Hideo Tsuchiya, director de Orient Industry, uno de los fabricantes japoneses. "Ahora tienen un aspecto increíblemente auténtico y tienes la sensación de tocar piel humana. Cada vez más hombres las compran porque tienen la impresión que se pueden comunicar con ellas".