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La Guaira vive en angustia permanente tras los terremotos que devastaron la región en Venezuela

Unas 15.000 personas damnificadas duermen en carpas en las calles, en canchas y estadios, en parques, en terrenos baldíos.

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Oscuridad macabra quebrada por las luces de linternas y lámparas, silencio roto por el ruido de martillos neumáticos y grupos electrógenos, y ráfagas de aire con olor a cadáver. O ocho días después del doble terremoto de Venezuela, la noche en La Guaira se ha transformado en un escenario lúgubre, a pesar de la solidaridad, muy lejos de su pasado de alegre balneario sobre el mar Caribe.

La mayor parte de los casi 2.300 muertos y miles de desaparecidos de la tragedia del 24 de junio estaban en La Guaira, donde barrios enteros fueron arrasados por los sismos de magnitud 7,2 y 7,5.

Casi 200 edificios colapsaron totalmente, según las cifras oficiales que los pobladores consideran muy por debajo de la realidad.

Cruz Roja tica trabaja en rescate de hombre atrapado en edificio colapsado en Venezuela
Cruz Roja tica se ha mantenido al pie del cañón apoyando a nuestros hermanos venezolanos. (Cruz Roja/Cruz Roja)

Unas 15.000 personas damnificadas duermen en carpas en las calles, en canchas y estadios, en parques, en terrenos baldíos.

Familiares, amigos y voluntarios se esfuerzan para sacar cuerpos de entre los escombros, sin que se les apague la pequeña esperanza de sacar a alguien con vida.

De hecho, este jueves ocurrió el milagro de Hernán Gil, un guardia de 43 años, a quien socorristas internacionales consiguieron rescatar en Playa Grande, un barrio de Catia La Mar.

Alumbradas por grandes linternas, una decena de personas excavan en una montaña de seis metros de alto formada por los escombros de un edificio de ocho pisos que se desmoronó como un “sándwich de losas”, según la descripción de Manuel Alejos, que opera la grúa.

“Estamos sacando losas, picando las losas, losa por losa, para sacar los cadáveres. Sus familiares necesitan también recuperar su cuerpo para darle su despedida”, explica este hombre que dice haber extraído siete fallecidos de ese edificio.

Ángelo González, un mototaxista de 27 años, llega con agua y comida para repartir. “Ayudamos a nuestros hermanos. Todos tenemos la misma sangre”, dice.

Decenas de personas esperan sentadas en sillas de plástico alrededor del puerto de La Guaira, donde se instaló una morgue improvisada.

Owuar Herrera y doce de sus familiares han estado esperando desde las cinco de la tarde. Este hombre llevó el cadáver de su nieta Dasleidy Herrera, una niña de diez años que fue hallada junto a su abuela, Mildred Moreno, de 50.

Un abrazo de consuelo y dolor entre los escombros, mientras continúa la desesperada búsqueda de miles de desaparecidos.
Un abrazo de consuelo y dolor entre los escombros, mientras continúa la desesperada búsqueda de miles de desaparecidos. (MAURICIO VALENZUELA/AFP)

Al cabo de una semana, “las encontramos, estaban abrazadas”, rememora mientras espera las actas de defunción para poder llevarse los cuerpos y hacer una misa.

En Caraballeda, otra de las zonas duramente afectadas, no queda más que un montón de piedras de lo que fue el elegante edificio Coral Beach.

Encima de los escombros, un grupo de hombres busca el cuerpo de Dennis Velásquez, de 26 años, hijo de un amigo.

Sobre los restos de metal del edificio han sido colocadas botellas plásticas para evitar que causen heridas. Los voluntarios trabajan como hormigas, pasándose de mano en mano cubos llenos de escombros.

“Pasamos el Penthouse, el piso 12, en el 11 sacamos una familia de seis con un niño de 6 años, y ahora (estamos) en el décimo”, señala Carlos Velásquez. “Queremos encontrar a mi hijo. Desde el día cero estoy aquí para sacar el cuerpo de mi hijo. Si tengo que sacarlo con las uñas, lo sacaré. Mi hijo va a descansar en un cementerio digno”, asegura con la mirada triste.

César González, veterinario rescatista mexicano, le da agua a sus dos perros, Zeus y Bom. Están adiestrados “uno para detección de personas vivas” y el otro “para restos humanos”.

“Entre más pase el tiempo, van disminuyendo las esperanzas. De hecho, todavía hasta hace dos días, digamos que la esperanza era mucho más alta. Y actualmente, pues, ya sabemos que sería raro, sería un milagro”, explica.

Policías y militares patrullan para evitar saqueos. El sargento Yonder Maita, de 24 años, custodia a los rescatistas, pero principalmente quiere impedir los robos. “Hay gente que se mete en las casas, en los edificios para robar. Se aprovechan”, advierte.

Terremoto Venezuela
Familiares, amigos y voluntarios se esfuerzan para sacar cuerpos de entre los escombros (JUAN BARRETO/AFP)

En las fachadas de las casas que aún están en pie hay graffittis que dicen “Ya nos saquearon”.

En una cancha de fútbol, María Arteaga, de 33 años y madre de cuatro niños, se prepara para dormir en un refugio improvisado bajo un toldo. Nueve personas pasarán la noche en colchones sucios encontrados en la calle. “Es muy difícil. Perdimos la casa, todo. Todo lo perdimos, menos la vida, gracias a Dios”, exclama la mujer.

“Casi no teníamos nada y ahora lo perdimos todo”, comenta su vecino Alexis Ramírez, de 25 años, quien trabajaba en un taller de neumáticos. Está junto con su hija Mía, de dos años, su esposa Fabiola, embarazada de siete meses, y su suegra. ¿Teme convertirse en una persona sin hogar? ¿Le dan miedo las réplicas del sismo? ¿Le tiene miedo a los ladrones?

AFP

AFP

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