AFP .2 octubre, 2019
Aimee Stephens pidió en el trabajo que la dejaran vestir como mujer. La respuesta fue el despido. AFP
Aimee Stephens pidió en el trabajo que la dejaran vestir como mujer. La respuesta fue el despido. AFP

Seis años después de perder su trabajo en una funeraria de Detroit, Aimee Stephens espera que la Corte Suprema de Estados Unidos decida sobre su caso en una audiencia histórica, que determinará si la ley que prohíbe la discriminación sexual en los trabajos protege también a las personas transgénero.

Dentro de una semana, el tribunal supremo de ese país examinará por primera vez los derechos de una comunidad que, a pesar de tener una visibilidad creciente, aún es blanco de considerable de discriminación, particularmente en el trabajo. El despido de Stephens estará en el centro del debate.

Stephens, de 58 años, nació varón pero dice que desde los 5 años comenzó a sentir un conflicto con su identidad masculina. En una sociedad en la que conceptos como “identidad de género” eran prácticamente desconocidos y menos aún aceptados, siguió adelante con su vida como un hombre. Se casó con una mujer y trabajaba como director de una empresa fúnebre.

En 2010, en medio de una depresión, Stephens confesó a su esposa su conflicto y ella aceptó su identidad femenina. Comenzó entonces a vestirse como mujer en su casa y para algunas salidas.

Pero en el trabajo, continuó aparentando ser un hombre.

“Estuve viviendo dos vidas: una en casa, una en el trabajo. Con el paso del tiempo, llegué a un punto en el que ser dos personas se convirtió en algo imposible”, dijo Stephens durante una conferencia de prensa en Michigan, donde vive.

La carga emocional de esta doble vida llegó a ser tan pesada que consideró el suicidio. "Terminé en el patio de mi casa con una pistola en el pecho", dijo. Pero "me di cuenta que me gustaba a mí misma demasiado para simplemente desaparecer".

Esto no va a funcionar

Fue cuando Stephens decidió asumir su identidad femenina completamente, así comenzó por revelarla a algunos colegas. En el 2013, luego de un largo debate interno, escribió una carta a su empleador explicando su situación y solicitando un uniforme femenino.

Dos semanas después, recibió la respuesta: "Esto no va a funcionar", le dijo su jefe, y la despidió. Con la condición de no iniciar ninguna acción legal, le ofreció un pago equivalente a tres meses de salario.

"Dolió", dice Stephens. "Fui a mi casa, hablé con mi esposa. Ella estuvo de acuerdo con que eso no estaba bien, que teníamos que hacer algo al respecto".

Stephens llevó su caso a la justicia, pero un tribunal inferior inicialmente se puso del lado de la funeraria.

Intentó sin éxito conseguir otro trabajo, búsqueda que debió suspender por un problema de riñón que la obliga a someterse a diálisis tres veces por semana.

Su situación financiera y su ánimo se deterioraron.

Hasta que en marzo de 2018 una corte federal de apelaciones dictaminó que su despido era una forma de discriminación sexual.

Exjefe cristiano

El propietario de la funeraria, Thomas Rost, quien se describe como un "ferviente cristiano", en su intento por anular esa decisión invocó "su libertad de conciencia" y la necesidad de "evitar todo lo que pueda molestar a sus clientes de luto", y volvió a apelar, pero esta vez ante la Corte Suprema.

El caso será analizado por una corte con tendencia conservadora, por lo que una victoria para Stephens y el resto de la comunidad LGBT no está garantizada.

Antes del caso de Stephens, la corte también examinará el despido de dos hombres gay.

"Todo ser humano merece los mismos derechos. Es todo lo que pedimos", dijo Stephens. "No estamos pidiendo que nos traten diferente, sino igual".