Para Teresa, llegar a la oficina de servicios contables donde trabajaba era realmente una hazaña. No es que las actividades que realizaba en su trabajo fueran difíciles o en sí estresantes, lo que sentía era un agotamiento prolongado, un cansancio emocional permanente, sentimientos de baja realización personal y sin compromiso con las propias actividades ni con las de sus compañeros.
Lo que Teresa sentía era el “Síndrome de desgaste ocupacional” que este año fue reconocido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como una enfermedad profesional. Este Síndrome también es conocido por el término (ahora tan de moda) “burnout”, una palabra inglesa que refiere a quemarse, consumirse, reducirse.
Según la OMS, el Síndrome de desgaste ocupacional es “resultado del estrés crónico en el lugar de trabajo que no se ha manejado con éxito”, siendo los principales detonantes el entorno laboral y las condiciones de trabajo. El empleado que está expuesto de manera continua a altos niveles de estrés, carga de trabajo excesiva, poca autonomía, malas relaciones, ausencia de apoyo en su entorno, falta de formación para desempeñar las tareas, etcétera, puede llegar a padecer un estrés crónico que acabe provocando el “burnout”.
Aunque puedan parecer iguales, la principal diferencia entre “burnout” y estrés, según Iván Fernández Suárez, profesor del Máster en Prevención de Riesgos Laborales de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), “es que el estrés no siempre es negativo; en muchas ocasiones nos permite ser más efectivos, reaccionar mejor, rendir más...”. En cambio, el síndrome de estar quemado, que es “un desajuste continuado entre las demandas y capacidades físicas y mentales del organismo”, siempre es negativo.
Teresa se estaba quemando por dentro. Ella sabía que algo andaba mal, empezó a sentirse agotada y a percibir malestares físicos como dolores de cabeza, gastritis, se enfermaba muy seguido de catarros, tenía tics nerviosos, empezó a aumentar de peso, se le caía el cabello, no dormía bien y otros que, ya acumulados, empezaron a preocuparle.
Pero no solo físicamente empezaba a sentirse mal, también empezó a afectar su concentración, se equivocaba constantemente, tenía menos capacidad para la toma de decisiones, disminución de la memoria, ansiedad, irritabilidad y constantes cambios de humor que, si no eran tratados a tiempo, podían haberle causado depresión e inestabilidad emocional.
La prevención del síndrome del trabajador quemado debe comenzar en la empresa del empleado. Pero ¿cómo la oficina contable donde trabajaba Teresa iba a saber que ella estaba enferma? La empresa debe monitorear constantemente el clima laboral, así como las situaciones que generan el estrés y la ansiedad en el trabajador, tomar las decisiones y las medidas adecuadas para intentar reducirlo, desde cambios organizativos en la empresa hasta tratamiento psicológico.
Conocer los sentimientos y actitudes del colaborador respecto a su trabajo ahora debe ser parte de su perfil ejecutivo de salud. Un colaborador saludable de manera integral es el motor del crecimiento empresarial, promotor de un ambiente empresarial positivo y protagonista de los grandes cambios sociales.
Para salvarse, Teresa tuvo que renunciar. Limpió sus cenizas e inició un nuevo empleo donde no había peligro de incendio. No dejemos que las Teresas del mundo se quemen, por el bien de todos, las necesitamos sanas.
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