Hay pérdidas que marcan para siempre. Y hay amores que llegan justo cuando uno más se necesita.
En la vida de Dayan Villagra Montero, ambas cosas se cruzaron y el resultado fue una historia que hoy la hace sonreír todos los días gracias al perrito salchicha Theo Pascual.
Corría el 2020, en plena pandemia, cuando su familia enfrentó uno de los golpes más duros: la muerte de su abuela Cecilia a causa del covid-19. Como si eso no fuera suficiente, Dayan también venía saliendo de una relación de seis años. El dolor se le juntó.
“Fue un momento demasiado duro para mí. Yo venía con el corazón hecho pedacitos, por un lado la muerte de mi abuela, que era una persona demasiado importante en mi vida, y por otro lado una ruptura que también me golpeó muchísimo.
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“Me sentía muy sola, muy triste, sin ganas de nada. Entonces cuando mi hermana me dijo que le habían ofrecido un perrito, yo sin pensarlo le dije que sí, porque en el fondo sabía que necesitaba algo que me devolviera un poquito de alegría”, recordó.
Un regalo que cambió todo
Días después, sin previo aviso, llegó Theo Pascual. Un pequeño salchicha negro, de apenas semanas de nacido, que venía a cambiarle la vida.
“Yo nunca voy a olvidar ese momento. Estábamos comiendo y mi hermana me tocó la espalda. Cuando volví a ver, traía aquella pelotita… era chiquitito, negro, con unas orejitas enormes, una cosita demasiado tierna.
“Me enamoré de inmediato, fue amor a primera vista. Desde ese instante sentí algo diferente, como una conexión que no puedo explicar con palabras”, contó.
La conexión fue tan inmediata que Dayan ya lo esperaba sin saberlo.
“Yo ya le había comprado camita, ya tenía el nombre listo, ya todo… era como si yo supiera que él venía en camino. Desde el primer día se volvió parte de mi vida, de mi rutina, de mi corazón. Yo empecé a sentir un apego demasiado fuerte, algo que nunca había sentido antes”, aseguró.
Un vínculo que va más allá
Con el paso de los días, ese amor creció hasta convertirse en un lazo inseparable.
“Theo duerme conmigo, tiene sus cobijitas, sus juguetes, su ropita en mi clóset… o sea, él es parte de todo. Yo no tengo hijos, pero tengo a Theo y para mí él es eso.
“Yo lo cuido como si fuera un chiquito, le lavo los dientes todas las noches, lo limpio antes de dormir, le compro sus cositas, busco lugares pet friendly para poder llevarlo… es que estamos demasiado apegados”, dijo.
Ese apego es mutuo. Tanto, que cuando se separan, el perrito lo resiente.
“Una vez me fui a México una semana y lo dejé con mi papá, vieras que no comía, se ponía triste, andaba como apagado. A mí eso me partía el alma porque yo sé lo mucho que él depende de mí y yo de él también. Es una conexión demasiado fuerte, demasiado real”, confesó.
Un susto que confirmó todo
Uno de los momentos más angustiantes que vivió fue cuando Theo se perdió en una montaña cercana a su casa.
“Ese día yo sentí que el mundo se me venía encima. Mi mamá me llamó para decirme que se había ido para la montaña y yo no lo pensé dos veces, salí corriendo del trabajo. Iba desesperada, con un miedo horrible de que le pasara algo. Cuando llegué lo llamé varias veces y gracias a Dios, en la tercera apareció solito… ese momento fue un alivio tan grande que hasta lloré”, contó.
TREMENDA COMPAÑÍA
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Lucecita en medio de la oscuridad
Hoy, con el tiempo, Dayan entiende el verdadero papel que Theo llegó a cumplir en su vida. “Es esa lucecita que yo necesitaba en el momento más oscuro.
“Llegó cuando yo estaba rota, cuando no encontraba cómo seguir adelante, y poco a poco me fue devolviendo la alegría, las ganas de sonreír, de levantarme todos los días. Es un amor puro, sincero, de ese que no pide nada a cambio”, expresó.
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Y agregó, con el corazón en la mano: “Yo no me imagino mi vida sin él. De verdad que no. Theo es parte de mí, de mi día a día, de todo. Él me enseñó que el amor más bonito a veces viene en formas que uno no espera.
“Todos los días le doy gracias a Dios por haberlo puesto en mi camino en el momento exacto”. Porque sí, hay historias que sanan. Y hay perritos que llegan… para quedarse en el alma.





