Por: Franklin Arroyo.   5 noviembre, 2019

Ana Yancy González sobrevivió a la violencia física y hoy cuenta a La Teja su terrible experiencia al lado de un hombre que ahora está preso. Le metieron 32 años de prisión por haber matado al bebé que ella llevaba en el vientre, apenas uno más de los múltiples episodios violentos que Ana Yancy soportó.

Todo empezó entre ellos de la mejor manera, como pasa a menudo; también como ocurre con tanta frecuencia, todo cambió.

El sujeto llegó a drogarla, le pegaba y la violaba. La gota que rebalsó el vaso fue cuando Ana Yancy se enteró de que el hombre había abusado de su hija. Eso la hizo armarse de valor y denunciarlo.

Ana Yancy tiene 42 años y ha logrado sacar adelante a dos hijos, prepararse académicamente y hoy es capaz de dar su testimonio para que otras mujeres se armen de valor y denuncien cuando viven situaciones como las que ella conoce bien.

La historia de Ana empieza llena de amor y romanticismo hace unos quince años. “Él era chofer de bus en barrio España, en Río Oro de Santa Ana. Yo trabajaba, estudiaba y hablábamos mucho", cuenta.

Al principio era dulce, detallista y romántico", Ana Yancy.

Entonces Ana Yancy tenía a su hija mayor, de seis años.

“Era chineador, me dejaba plata para almuerzo, flores, chocolates, peluches y cuando nos subíamos al bus era cariñoso”.

Esos detalles empezaron a enamorar a Ana Yancy. Nada hacía sospechar el infierno que se avecinaba.

Ana Yancy no aguantó las lágrimas cuando contaba su ruda historia. Foto: Jorge Castillo

“Tuvimos un apretecillo en el bus y al mes de que lo conocí llegó con los chunches a la casa. Dijo que se venía a vivir con nosotras porque era un hombre maltratado por su esposa”.

–¿Cuál fue su reacción?

Yo no quería tener una relación tan profunda, pero me costaba decir que no. Lo recibí y ya por estar adentro se convirtió en otra cosa. Duró como tres meses bien.

Luego la familia de él me invitó a un almuerzo y me contaron sus problemas, del efecto de las drogas. Según yo, lo iba a ayudar.

–¿Qué pasó luego de esos tres meses?

Empezó la crisis, pero los golpes no eran tan fuertes, llegaba de mal humor, gritaba. Una vez me amenazó con un destornillador y fue cuando empezó un poco más violento. Me quitó amistades, me decía que no viera a la familia. No podía ir a la iglesia, ni a estudiar.

–¿La dejaba ir a trabajar?

Al principio, luego tuve que dejarlo (el trabajo) porque tenía que andar todo el día con él y mi hija en el bus. Muchas veces (la hija) faltó a la escuela. Si él entraba de madrugada, nos íbamos con él, si no, nos dejaba encerradas. Estuvimos como ocho o nueve meses en Santa Ana de esa forma.

–¿Cómo fue que aumentó la violencia?

Lo despidieron del trabajo y consiguió otro en Heredia, pero una vez se robó la plata de los buses de ese trabajo y con ese dinero contactó a alguien para que le consiguiera trabajo en Guanacaste. Logró entrar con un señor que tenía unas vagonetas a (la empresa) Taboga y se fue, pero me dijo que cuando se acomodara me avisaba. A la semana dijo que nos fuéramos a Cañas.

–¿Seguía igual cuando estaban en Cañas?

El primer día fue muy bonito. Nos llevó a comer, nos enseñó el lugar donde íbamos a vivir y todo fue bien una semana. Como a los diez días, lo echaron del trabajo de las vagonetas pero consiguió otro jalando a la misma gente de Taboga. Lo despedían por drogas, se robaba las cosas para consumir.

–¿Qué pasó después?

No consumió drogas hasta que lo despidieron. Un día llegó contento porque había encontrado otro trabajo. En la noche mi hija tenía una presentación en la iglesia evangélica. Iba a haber baile y él dijo que iría.

Entonces le pedí a un vecino la plancha y me la prestó. Aplanché la ropa bonita y (el hombre) dijo que si me había prestado la plancha era porque se había acostado conmigo. Fue la primera golpiza que me dio en serio.

–¿Cómo la golpeó?

Me dio en la boca con el puño cerrado. Empecé a botar sangre, me dio en la espalda, me tiró al suelo, me dio patadas. Cuando me vio botando sangre salió del apartamento. No aguantaba a mover el brazo y me mandaron a la Cruz Roja a que me revisaran y me trasladaron al Cais de Cañas.

Nos dejaron internadas a las dos (la hija no podía estar sola) como cuatro días. Un día hizo un escándalo terrible porque no lo dejaban verme. Amenazó a los doctores. Cuando me dieron la salida no estaba en la casa, pero cuando llegó se me arrodilló y dijo que iba a cambiar. Me pidió perdón y dijo que todo sería diferente. Fue a terapia conmigo, pero decía ‘le pego porque no me hace caso’. Para él todo era culpa mía.

En esa primera golpiza yo consumía drogas. Desde Santa Ana me obligaba a consumir, me decía que era para estar acompañado. Si no quería consumir era violento, me quemaba con los cigarros, con el tubo (de consumir) o me golpeaba.

La valiente mujer ha logrado superar toda la violencia que sufrió. Foto de Jorge Castillo

–¿Él abusaba de usted?

¿Violaciones?… también. Era violencia por todo lado.

–¿Qué pasó después de la terapia a la que fueron?

Dejó de consumir como quince días, pero se peleó con el vecino y decidió robarle y empezaron los problemas más fuertes. Todos los días robaba cosas. Me daba miedo, se peleaba conmigo y yo ya estaba embarazada.

Nos echaron de la casa. Nos fuimos a vivir a un bus, peleando con drogadictos que se metían, yo embarazada y con mi hija de ocho años.

–¿Qué pasa con usted, su hija y el embarazo?

Conseguí una casita en 50 mil colones, pero él se metía a robar a los dueños cuando yo andaba trabajando, cuando no estaba. Cuando estaba en la casa, me pegaba por servirle comida fría o caliente. Andaba con otra señora. En esa casa me dio otra golpiza.

–¿Cómo?, ¿por qué la golpeó?

Le di sopa caliente, se quemó y me tiró la olla encima. Se me vino encima, decía que por qué lo había quemado. Me defendí del prime golpe en el vientre y me dio entre la frente y la nariz, en medio de los ojos. Me dejó atontada, me dio patadas en la panza, en la cabeza, en la cara. Me levantó por las piernas, yo guindando y me daba en la panza. Me tiró al piso y empezó a ahorcarme. Me pude levantar y entonces me agarró contra la pared, pero pude sacar fuerzas y le arañé la panza, le arranqué el pellejo hasta que me soltó y salí corriendo. No recuerdo bien qué pasó... desperté en el hospital.

–¿Qué le dijeron en el hospital?

Siempre le decía al doctor que me tropezaba. Pero esa vez no me creyó, me dijo que yo no era tontica para tropezarme así. El bebé no aguantó los golpes, me dijeron que estaba muerto. Me internaron, mandé a traer a mi hija porque siempre nos internaban juntas.

–¿Qué pasa cuando usted vuelve a su casa?

Supe que él me había demandado por violencia doméstica. Había una notificación debajo de la puerta y decía que tenía que presentarme en la Corte en tres días, pero había estado como quince días internada. Corrí para el hospital, asustada. Una trabajadora social me ayudó a poner una contrademanda.

La mujer forma parte de un grupo de mujeres que le ponen el pecho a las adversidades Foto de Jorge Castillo

–¿Cuál demanda prosperó?

- La mía. Le pusieron medidas cautelares, pero igual llegaba a hacer escándalos a la casa, a robar cosas. Por eso nos echaron de allí y él se fue para Santa Ana. Nos tocó dormir en la calle, con mi hija comiendo de los basureros. Los borrachillos nos llevaban cosillas, salchichón, pan.

Ana Yancy sacó cursos y hoy es una profesional en masoterapia. Foto: Cortesía.

Luego encontramos a un pastor que tenía un albergue para adictos (no era adicta, si él no estaba conmigo no consumía) y me llevó a la iglesia. Si limpiaba me dejaba dormir allí y daba desayuno, almuerzo, comida.

Por medio de él, una señora me dio trabajo. Nos levantamos de las cenizas, busqué una casita y pagué alquiler, empecé a ir a iglesia. Al tiempo se dio cuenta de que yo estaba saliendo adelante y llegó un día con mi mamá a recogerme. Le tenía miedo pero acepté irme con él a Santa Ana.

–¿Volvieron a vivir juntos?

Sí, en Cartago, empezó a trabajar en Lumaca, fue un año de tortura. Otra vez debía andar con él en el bus. Si no, nos dejaba bajo llave, sin comida, me golpeaba. Una noche recé en la sala, dije: ‘Dios, ayúdame, no quiero esta vida, no quiero golpes, no quiero consumir’. Al otro día, él me dijo que yo no valía la pena, que era una zorra, una piedrera y que se iba a ir. Pero era porque ya nos iban a desahuciar de la casa. Entonces empecé a hacer rifas y otra vez estaba saliendo adelante y entonces empezó a llegar a hacer escándalos.

Una vez estuvo llamando, con otra mujer, a molestar a mi hija. Lo llamé y le dije que no se metiera con ella. Dijo que iba a volver en diciembre y yo estaba con miedo y pensando. Fue cuando mi hija me contó lo que le había hecho. Desde la vez de la golpiza en Cañas, la había estado abusando. Me quedé en neutro, cuando reaccioné llamé al 911 para que me ayudaran. No sabía qué hacer. Llegaron el OIJ, la policía, la Cruz Roja, y pusimos una denuncia. Cuando le llegó empezó a amenazarme de muerte.

–Al final, ¿qué pasó?

Se abrió un expediente por homicidio (por el bebé en el vientre), violencia doméstica y violación. En junio del año pasado lo condenaron a 32 años de prisión y apeló. Hace poco (dos meses) quedó la sentencia en firme. Lleva preso siete años. Hasta ahora puedo contar esto.