Ovidio Muñoz.16 julio, 2019
Imagen del 30 de mayo de 1969: el comandante Neil Armstrong; Michael Collins, piloto del módulo y Edwin E.
Imagen del 30 de mayo de 1969: el comandante Neil Armstrong; Michael Collins, piloto del módulo y Edwin E. "Buzz" Aldrin, piloto del módulo lunar. Foto: AP

El miércoles 16 de julio de 1969 amaneció con pocas nubes y la promesa de ser un día caliente.

Una brisa leve y fresca llega desde el Atlántico a Cabo Cañaveral, en Florida.

Neil Armstrong, Michael Collins y Buzz Aldrin empiezan la jornada con un golpe en sus puertas a las 4:15 de la mañana.

Desayunan jugo de naranja, carne, huevos revueltos, tostadas y café y eso termina de ponerlos a tono para la histórica aventura que terminaría cuatro días después, cuando Armstrong dejaría su huella en la Luna, y quedaría inscrita para siempre su frase: “este es un pequeño paso para el hombre, pero un salto gigante para la humanidad”.

En el corredor se topan con su viejo amigo Joe Schmitt y su equipo de cuatro técnicos que les ajustan los trajes. Finalmente, un casco liviano, que ellos llaman el casco de Snoopy, les cubre la cabeza.

Un momento después sellan los cascos y se aíslan del exterior. Sus trajes son bombeados con oxígeno puro a una presión equivalente a 4 libras sobre el nivel del mar.

Muchas otras cosas también están listas. La red de control del Centro de Vuelos Espaciales Goddard prueba la cadena de 30 estaciones terrenas, cuatro barcos y ocho aviones.

Cuando los astronautas abandonen la Tierra pueden seleccionar cualquier zona de tiempo para sus días, que no tendrán atardeceres ni amaneceres.

Cada detalle de la misión era seguido de cerca desde la sala de control. AP
Cada detalle de la misión era seguido de cerca desde la sala de control. AP

Afuera de Cabo Cañaveral –al otro lado de los pantanos– miles de carros, casas móviles, botes, tiendas de campaña y refugios de todo tipo se mezclan con la muchedumbre que ocupa canales, caminos y playas. Todos tratan de evitar los molestos mosquitos durante la ansiosa espera.

Todos quieren ser testigos del momento en que “por primera vez un ser viviente dejaría el planeta y su destino final no estaría confinado a los familiares continentes que hemos conocido por tanto tiempo”.

En el sitio dispuesto oficialmente para ver el despegue, 5 mil personas de todo el mundo acompañan a los miembros de la prensa, muchos con línea telefónica directa a sus oficinas en variados lugares del globo como Londres, París, Nueva York y Tokio.

El despegue es la más peligrosa etapa de toda la misión. Si una parte del Saturno V, de 2.900 toneladas de peso, llegara a tocar la torre de lanzamiento durante los primeros doce segundos de su partida, el cohete entero y su combustible –altamente volátil– se convertirían en una gigantesca bola de fuego.

Un ejército de apoyo

En el centro de control de lanzamiento, a 9 kilómetros de distancia, 463 técnicos e ingenieros, apoyados por 5.600 especialistas, se agrupan en sus consolas vigilando cada detalle.

Cuando todo está revisado, los astronautas escuchan por el intercomunicador: “salida, buena suerte y velocidad de Dios”.

"Muchas gracias", respondió Armstrong.

En los parlantes se empieza a escuchar: “Veinte segundos y contando... quince segundos... doce...once...diez...nueve...”.

Las 750 mil personas reunidas para ver el lanzamiento quedaron en suspenso escuchando el conteo. Todos los ojos esperan por el primer destello de la llama en la base del cohete blanco. Muy cerca, 14 personas protegidas con ropas especiales están listas para socorrer a los astronautas en caso de una emergencia.

A los ocho segundos, los cinco motores se avivan y escupen fuego y humo. En ese instante, 28 mil galones de agua fría por minuto fluyen por las paredes, mezclándose con las llamas y generando nubes de vapor. El brillo es tan intenso que maltrata los ojos.

A las 9:32 a.m., “todas las máquinas corren. Despegue. Hemos despegado”.

Con su máxima potencia, equivalente a 180 millones de caballos de fuerza, el poder de 32 aviones Jumbo, despaciosamente, majestuosamente, el vehículo se eleva.

El suelo vibra con fuerza hasta cuatro kilómetros de distancia. El veterano piloto Charles Lindberg, que miraba el despegue, dijo que sentía como bombas cayendo muy cerca.

El Apolo 11 está en su ruta hacia un encuentro con la Luna, a 384.400 kilómetros de distancia.

La Luna está a 384.400 kilómetros de distancia de la Tierra. AFP
La Luna está a 384.400 kilómetros de distancia de la Tierra. AFP

Los tres astronautas, firmemente amarrados a sus asientos, no son conscientes de lo que ocurre.

Sienten una fuerte vibración. Despacio, luego rápido y más rápido, el cohete asciende y los hombres son presionados en sus asientos conforme surge el mayor poder de los cinco motores.

Durante los primeros quince segundos son sacudidos a un lado y otro conforme la nave se ajusta a su curso y a los efectos del viento.

El peso de los astronautas aumenta y llega a ser cuatro veces más que en la Tierra. Necesitan un mayor esfuerzo para levantar sus brazos y alcanzar un "switch".

Señales en el cielo

La pantanosa costa de la Florida ha empezado a calentarse y rápidamente ve formarse una estela de humo dejado por los motores de Saturno V, que consume 2.096 toneladas de combustible a un ritmo de 13,1 toneladas por segundo.

El gigantesco aparato pierde más de tres cuartas partes de su peso en los primeros 160 segundos. Conforme asciende, consumiendo su combustible velozmente se hace más liviano.

Cuanto más liviano, sube más rápido... y más liviano y más rápido ofrece menos resistencia al aire, así llega a viajar a nueve veces la velocidad del sonido.

A la altura de 177 kilómetros, el Apolo 11 es oficialmente clasificado por el Departamento de Defensa de Estados Unidos como “el objeto espacial hecho por el hombre número 4039”.

Una vez en la órbita terrestre, los astronautas disfrutan la experiencia de no tener peso mientras afuera los continentes, los azules océanos y las nubes pasan por sus ventanas.

Viajan sobre el océano Indico hacia Carnarvon, en Australia Occidental, la primera estación que envía información a Houston confirmando que el Apolo 11 está en su órbita apropiada.

Viajando a través de la noche y tras un breve vistazo a la estación Goldstone en California, momento que aprovecharon para enviar unos minutos de imagen de televisión, los astronautas se preparan para encender el cohete que los lanzaría en busca de la trayectoria de la Luna.

Navegan a 39 mil kilómetros por hora. Aldrin mira hacia su ventana y se sorprende al ver toda la Tierra por primera vez. Se relajan un poco y comienzan su primer comida en el espacio: carne con papas.

La Luna y la Tierra aparecen alternativamente en sus ventanas mientras siguen su viaje. Sus períodos para dormir y de “día” son ahora determinados desde Houston.

Para dormir tapan todas las ventanas y se meten en bolsas. Apagan la radio, las luces y quedan escuchando el zumbido de los ventiladores. En Houston saben que solo deben despertarlos en caso de emergencia.