Un juguete que se mueve con solo apretar un botón puede parecer algo muy sencillo, pero para un pequeño con una discapacidad, que le cuesta mover sus manos, puede convertirse en algo que mira, pero que no puede disfrutar.
En la Universidad de Costa Rica (UCR) hay un grupo de estudiantes que está cambiando esa historia juguete por juguete.
Lo hacen en el llamado Hospital de Juguetes, una de las iniciativas del Trabajo Comunal Universitario, donde estudiantes de distintas carreras unen sus conocimientos para adaptar juguetes a las necesidades de niños con discapacidad.
“Para un menor con parálisis cerebral, autismo o alguna otra condición que limite su movilidad, ese mismo juguete puede ser algo ajeno a su disfrute, algo que no pueda utilizar porque sus manos no se lo permiten”, explica la UCR.
La idea es tan sencilla como bonita: que el niño pueda ser quien mande sobre su propio juguete.
Todo comenzó reparando juguetes
Maribel Morales Rodríguez, maestra de educación especial y coordinadora del proyecto junto al profesor de ingeniería Marvin Coto Jiménez, cuenta que el Hospital de Juguetes nació con una misión un poquito diferente.
“El Hospital de Juguetes es un espacio que nació con la necesidad de arreglar juguetes que estaban dañados y que eran de uso de varias maestras de Enseñanza Especial o de algunos niños que conocíamos en situación de discapacidad. Luego empezamos a notar que podíamos adaptarlos también, no solo arreglarlos”, cuenta Morales.
Y así, aquello que comenzó como un lugar para reparar juguetes terminó convirtiéndose en un espacio donde también se les da una nueva oportunidad a los pequeñitos que antes no podían utilizarlos.
Una o dos veces al mes, dependiendo de la cantidad de solicitudes, los estudiantes reciben juguetes para repararlos o transformarlos.
Algunos son electrónicos y requieren modificaciones en sus sistemas eléctricos o mecánicos. Otros necesitan cambios más sencillos, pero igual de importantes para el niño que los recibirá.
Por ejemplo, pueden colocar un botón mucho más grande para que sea fácil de presionar. Incluso fabrican botones con impresoras 3D o utilizan objetos como balones adaptados para cumplir esa función.
Primero, eso sí, conocen al niño que utilizará el juguete y conocen sus necesidades. No se trata simplemente de modificar un juguete: se trata de encontrar la manera de que ese niño pueda disfrutarlo.
Cada carrera pone su granito de arena
Una de las cosas más bonitas del proyecto es que no hay una sola profesión detrás de cada juguete.
Los estudiantes de ingeniería pueden encargarse de las modificaciones eléctricas o mecánicas. Educación especial ayuda a determinar qué necesita cada pequeño según sus características. Los estudiantes de artes pueden ponerle color y creatividad a los juguetes, mientras que los de salud han colaborado, por ejemplo, con la costura de algunos peluches y muñequitos.
Por el proyecto han pasado estudiantes de Medicina, Enfermería, Antropología, Filosofía, Historia, diferentes ingenierías, Educación, Inglés y Francés, entre otras carreras.
Juan Manuel Solís Quesada, estudiante de Ingeniería Eléctrica, es uno de ellos y explica que justamente esa mezcla de conocimientos hace especial al Hospital de Juguetes.
“Nosotros lo vemos como muy desde la parte tecnológica o de la parte de que podemos adaptar eléctricamente o mecánicamente, pero ellos lo ven más como desde un punto de vista de qué necesita la persona”, cuenta.
Antes de comenzar, los estudiantes reciben capacitación sobre discapacidad, lenguaje inclusivo y respetuoso, además de conocimientos tecnológicos básicos que les permiten participar en las diferentes labores.
Para Brandon Jiménez Campos, también estudiante de Ingeniería Eléctrica, el resultado más bonito no está en el circuito que logra modificar, sino en lo que ese cambio significa para un niño.
“Esto permite incluir a las personas que tristemente en la sociedad han estado como más rezagadas, poder darles la oportunidad de tener sus propios juguetes (...) Se les brinda la oportunidad de ver el juguete moverse, pero porque él o ella lo está haciendo moverse”, dice.
Y ahí está la verdadera magia de este hospital.
La tecnología también puede abrazar
Los estudiantes también elaboran paredes sensoriales para llevar a fundaciones que atienden a niños con discapacidad y trabajan en un proyecto que busca crear voces mediante inteligencia artificial para personas con discapacidad no verbal.
Todos esos productos forman parte de una marca que ya fue registrada: TecnoInclusión UCR.
Morales destaca, además, que detrás de estos proyectos existe un esfuerzo universitario que busca devolverle algo a la sociedad.
“Es importante rescatar que todo esto que se hace se hace con fondos públicos. El FEES realmente se ocupa y realmente se hacen cosas con él (...) El grueso del dinero que se utiliza es dinero que la Universidad da y ofrece a la acción social, donde nosotros, como estudiantes o funcionarios, le devolvemos a nuestras comunidades y poblaciones elementos con los que puedan seguir trabajando”, recalca.
Y el hospital también crece gracias a la solidaridad de la gente. Primero fueron familiares y amistades de los coordinadores, quienes donaron juguetes. Después llegaron campañas en redes sociales y recolecciones realizadas por los propios estudiantes en sus comunidades.
Hoy reciben juguetes electrónicos dañados, pero también juguetes nuevos o en buen estado que puedan ser adaptados para un niño que los necesite.
Quienes quieran donar o solicitar la adaptación de un juguete pueden comunicarse al WhatsApp 2511-8909 o al correo: maribel.moralesrodriguez@ucr.ac.cr













