Franklin Arroyo.16 febrero

Pamela Suzarte tiene en la sala de la casa las cenizas de su papá junto a las de su suegra, Greta De Vries, y las de su perro Gordo.

En en sitio, donde destaca una imagen de la Virgen de Los Ángeles, los recuerda, mantiene viva su memoria...

Pamela nos cuenta que su papá, Alejandro, falleció en un accidente de tránsito el 28 de junio del 2018.

Fue atropellado por un carro en playa Guiones, en Nosara, mientras él se dirigía a su trabajo en moto.

En un altarcito, Pamela tiene a su papá, a su suegra y al perrito que le regaló su padre. Foto: Cortesía.
En un altarcito, Pamela tiene a su papá, a su suegra y al perrito que le regaló su padre. Foto: Cortesía.

A diario, como parte de un ritual, Pamela prende una velita y saluda a todos sus seres queridos. Dice que eso la hace sentirse bien. Antes también les hacía una oración.

“Usted va a decir que estoy loca. Mi mamá me dice, ¿qué vas a hacer con las cenizas de Alajandro?, deben estar en un lugar sagrado, como una iglesia, para que repose el cuerpo”, cuenta Pamela.

Sin embargo, ella no cree en esas cosas e incluso quiere que cuando ella muera incineren su cuerpo. No desea que la lleven a un cementerio, un lugar que le parece demasiado triste.

“Si mis hijos tienen una finca o una propiedad que me pongan junto a un arbolito, es más bonito, eso es vida. No esas tumbas tan feas o esos nichos horribles”, explica.

Dice que tiene las cenizas de su perrito detrás de las del papá. Fue don Alejandro quien se lo había regalado y es el más viejo de estar allí hecho ceniza, cinco años, aunque la suegra va a cumplir cinco años también.

El papá de Pamela tampoco quería ser enterrado en un triste cementerio. Él quería donar su cuerpo a estudiantes de Patología para que hicieran investigaciones, pero a la hija no le hizo gracia.

“Yo no iba a permitir eso, es mi papá, entonces lo incineré y lo llevé a la casa”, explica.

Don Alejandro y el perro Gordo eran buenos amigos. Hoy sus cenizas están juntas. Foto: Cortesía.
Don Alejandro y el perro Gordo eran buenos amigos. Hoy sus cenizas están juntas. Foto: Cortesía.
Una gran ironía

¿Qué fue lo que pasó con el papá de Pamela?

Aquel 28 de junio, el señor (que ya estaba pensionado pero trabajaba para mantenerse activo), agarró su moto e iba para la pizzería donde laboraba, en playa Guiones.

“Por una curva venía una turista con los efectos del licor, iba muy rápido y esa calle es de lastre, pegó contra un paredón, perdió el control, invadió el otro carril y se topó a mi papá. Lo lanzó a un lote baldío, boca abajo”.

Ocurrió entre 2 y las 2:15 de la tarde, pero el señor murió como a las 4 de tarde en la ambulancia que lo trasladaba al hospital de Liberia.

Pamela Suzarte fue chófer designada y una conductora ebria acabó con su papá. Foto: Franklin Arroyo
Pamela Suzarte fue chófer designada y una conductora ebria acabó con su papá. Foto: Franklin Arroyo

Don Alejandro era un soñador y un luchador. Tenía 71 años, pero seguía para adelante. “No quería quedar obsoleto, quería estar ocupado”, cuenta Pamela.

Lo irónico de que lo atropellara una persona borracha es que Pamela fue durante algún tiempo chofer designada.

Ella iba a bares a pasar el rato con amigas, pero como toma poco, disfrutaba la conversación y las ocurrencias mientras se tomaba una o dos ginger ale. Nada más.

“Disfrutaba igual con mis amigas. Cuando terminábamos me las llevaba a la casa y me ponían la plata de la gasolina”, dijo.

“Es una ironía bien grande, ahora se llama consumir responsablemente y consiste en tomar dos o tres cervezas y un vaso de agua, pero eso no es. Deben cambiar las leyes y no tolerar nada. Pero va a costar, en Costa Rica todo el mundo toma guaro”.

Para enfrentar los duelos, Pamela Suzarte y cualquier otra persona puede acudir a la Fundación Centro Costarricense de Logoterapia. Allí le van a enseñar a transformar la realidad por la que está pasando y que no puede cambiar en algo de provecho para usted mismo o para los demás, mediante una técnica que inventó un austriaco llamado Viktor Frankl. La fundación también ayuda a enfrentar situaciones de pérdidas de algún órgano del cuerpo humano o situaciones de vulnerabilidad. Están enfocados en zonas marginales. También ofrecen talleres. Los interesados en recibir este tipo de ayuda pueden llamar a 83600251 con Ana Luisa Guzmán o al 87181236 con Jacqueline Caldas.

Fue su papá quien le enseñó a Pamela a manejar y le compró el primer carro que tuvo, a los 20 años. Es hija única, por eso, la muerte del señor le pegó fuerte.

Otro dolor...

Pamela estaba en Calle Blancos cuando una conocida la llamó y le dijo que su papá había sufrido un accidente de tránsito.

Lo primero que acató a preguntar fue “¿está consciente?”; le dijeron que no, que esperaban la ambulancia y que el señor aún respiraba.

Luego llegó la incertidumbre. ¿Por qué estaban esperarando una ambulancia?, se preguntó. Fue porque solo había dos en esa zona, una andaba dejando a un paciente en Nicoya y la otra estaba parqueada porque quien la manejaba se encontraba en vacaciones.

“Luego supe que pasó un médico conocido y lo atendió hasta que llegó la ambulancia y se fue con él al hospital de Nicoya”.

“Llamé a mis hijos y se vinieron a la casa, en Calle Blancos. Estaba desesperada, no sabía si irme a Guanacaste o si me esperaba por si lo mandaban en avioneta al hospital México”.

Pero lo peor estaba por llegar. De pronto su esposo la llamó por aparte: “tengo que decirle algo, siéntese”.

Pamela no se sentó. Ya sabía lo que le iba a decir. “Solo dígame, ya no está… ¿verdad?”.

En la madrugada, la familia decidió ir a Guanacaste para reconocer el cuerpo, una de las cosas más difíciles que ha debido hacer Pamela.

“Lo habían bañado, estaba en una cama de metal y ya le habían hecho la autopsia. Lo recuerdo envuelto en una sábana verde, como si fuera un confite. Lo destapé, le revisé la cara y solo tenía un raspón en la nariz”.

Entonces Pamela hizo lo que el corazón le dictó, que fue besar el cuerpo de su padre. “Atiné a decirle que se fuera tranquilo. Estaba en shock, pero no había llorado y al darle el beso, no sé si fueron loqueras mías, vi que me sonrió”.

“Mi hija dijo que sí, que parecía que estaba sonriendo”.

La llorada

Unos días después Pamela estaba resignada, dolida pero con fortaleza. No había llorado.

Habían acordado llevar el cuerpo para San José, incinerar a su papá y quedar en paz, pero la expareja de don Alejandro quería enterrarlo en Guanacaste.

Pamela y Greta De Vries compartieron muy buenos ratos. Foto: Cortesía
Pamela y Greta De Vries compartieron muy buenos ratos. Foto: Cortesía

“No podía ser. Él es de San José. Le dije que si lo hacía así, debía cubrir los costos de forma total y accedió. Solo así la convencí”.

Sin embargo, el día que lo iba a entregar (un martes, don Alejandro murió un jueves) la mujer volvió a negar el cuerpo y allí Pamela no pudo soportar tanto estrés y todo lo que había aguantado se le desbordó en lágrimas.

“Al final la convencimos, pero entregó el cuerpo cinco horas después de la hora acordada”, dijo.

Lo judicial

Pamela gastó plata en el proceso judicial. Quería que la chofer que mató a su papá pagara por su culpa, por haber cometido una imprudencia al manejar tomada.

Don Alejandro era de San José pero murió en playa Guiones en Nosara, en un accidente. Fotografía: JOHN DURAN
Don Alejandro era de San José pero murió en playa Guiones en Nosara, en un accidente. Fotografía: JOHN DURAN

Sin embargo, luego de un tiempo en la lucha, de trasladarse al juzgado de Nicoya, de llevar los papeles al día y pagar abogados se dio cuenta que la exmujer de su papá había llegado a un acuerdo con la sospechosa.

Y allí acabó todo para ella. Hoy recuerda a su papá con un enorme cariño, le habla en el altar y espera que las leyes de este país cambien para que no se permita ni una gota de licor cuando alguien maneja.