Shirley Sandí.12 septiembre

Pablo Julián Hernández e Isabel López llevan 50 años de casados. En ese tiempo nunca se habían separado. El covid-19 lo intentó, pero no lo logró. Su amor fue más fuerte.

Pablo Julián Hernández y su esposa Isabel López cuando estaban en el hospital.
Pablo Julián Hernández y su esposa Isabel López cuando estaban en el hospital.

Estos vecinos de La Carpio, en La Uruca, no saben cómo se contagiaron. Ella tiene 65, él 74.

Aseguran que se cuidaban bastante, incluso a sus hijos los veían de larguito. Los sábados, por una ventanita, ellos les pasaban el dinero para comprar la comida, ya que la pensión del Estado apenas les alcanza para pagar los recibos de agua y luz.

Pero, a pesar de esos cuidados, de un momento a otro empezaron a presentar síntomas.

A doña Isabel le fue peor, estaba muy mal y fue internada en el hospital México cuando perdió el gusto y el olfato, también sufría dolor de cabeza y una fuerte tos.

Luego a don Pablo le dieron mareos y dice que hasta perdió un poco la razón.

“Yo me acuerdo cuando salí de mi casa, pero del camino al hospital no recuerdo nada. A los cuatro días de estar en el hospital fui entrando en razón nuevamente, me percate dónde estaba y me acordé que mi esposa había llegado ahí unos días antes", contó el señor.

“Le pregunté al doctor por ella y me dijo que estaba por las gradas de Emergencias. Entonces yo le dije que la quería mirar, que la trajera cerca mío porque pobrecita ella, y más tarde me la llevaron”, Pablo Hernández, paciente con covid-19.

Ambos estaban en el salón de Medicina 3, del sexto piso del hospital México, pero separados por varias camas con otros pacientes. Luego los pusieron juntos.

"Teníamos siete días de no vernos. Claro que cuando nos pusieron a la par nos alegramos, nos sentimos acompañados. Ella ya se sentía mejor, ya comía de todo. Yo todavía no, yo ni sentía los sabores. Solo digería unos pedazos de sandía, papaya, piña y banano, solo eso comía. Hasta el arroz me sabía amargo. Pero ya estando juntos todo fue mejorando”, nos contó don Pablo.

Afortunadamente ya están en su casa y este lunes 14 de setiembre terminan la cuarentena.

Los pacientes covid sufren su internamiento en soledad. fotografía ilustrativa/ Alonso Tenorio
Los pacientes covid sufren su internamiento en soledad. fotografía ilustrativa/ Alonso Tenorio

Don Pablo asegura que siempre se ha llevado bien con su esposa y que han mantenido una relación tan larga porque la yunta la llevan juntos.

Cuando alguno mete la pata, el otro lo empuja para salir del hueco y seguir el camino. Dijo que el pilar principal de su relación es el respeto.

Historia le caló

Guillermo Oreamuno es el jefe enfermería del Hospital México, a él le llamó tanto la atención el caso de la pareja que publicó una foto de ellos en su perfil de Facebook.

Oreamuno ha atendido, de marzo a la fecha, una cantidad incalculable de pacientes covid.

La historia de estos dos esposos le tocó el corazón porque asegura que es un mensaje alentador en medio de todo lo duro que ha sido la pandemia.

“Quedó una cama vacía y entonces los miembros del personal del departamento de enfermería, quienes también velamos por el bienestar emocional del paciente, quisimos ponerlos a la par y eso trajo consigo una notable mejoría en ambos", aseguró el enfermero.

“Fue como una novela, el tiempo se congeló en ese momento, ellos se venían y fue un instante muy bonito”, Guillermo Oreamuno, jefe enfermería del Hospital México.

Por eso, cuando recientemente ingresó otra pareja de esposos de La Carpio, papás de 9 hijos, los pusieron de una vez a la par, para así fomentar que todos los familiares se instalen de esta forma.

El profesional en salud recalcó que una de las situaciones más duras que enfrentan los pacientes covid-19 es estar solos y aislados.

“Casi siempre el paciente habla con la familia por videollamada. Pero la soledad pesa en el resultado final de un paciente. Entran en depresión y eso baja las defensas. Yo tuve un señor que falleció y él había decidido aislarse por su voluntad de la familia mientras estuvo en el hospital”, aseguró Oreamuno.

Como Guillermo atiende en el turno de noche, le toca llamar a las casas a comunicar los fallecimientos.

“Es algo tan doloroso. Algunos familiares lo esperaban, otros se ponen a llorar en la línea y uno casi que lo hace también con ellos. Me han dicho de todo, desde que Dios me bendiga hasta los improperios más bajos. Uno tiene que entender, la gente se pone así y no los puede culpar, esta es una enfermedad tan inesperada”, comentó el funcionario.

Agregó que recientemente instauraron un protocolo para maquillar a los pacientes fallecidos.

“No tenemos experiencia en eso, pero les pintamos la cara y los pómulos. Queremos que la familia vea al paciente presentable, porque con esa enfermedad, cuando el paciente fallece, lo deja irreconocible. El cuerpo se degrada muy rápido, en menos de una hora el paciente está irreconocible”, comentó con tristeza don Guillermo.