Cuando Graciela Gómez Gómez, vecina de Santa Bárbara de Heredia, decidió tener su propio gato, nunca imaginó que estaba a punto de iniciar una de las batallas más duras (y también más transformadoras) de su vida con Yodi.
La idea nació por culpa de Chiripa, un gato persa que tenía su hermana. Como ella trabajaba, el peludito pasaba mucho tiempo en casa y Graciela terminó encariñándose con aquella bolita de pelo que se escondía debajo de la refrigeradora.
Cuando tuvo que irse de la casa, lo que más extrañó fue al gato. Por eso comenzó a investigar razas tranquilas y encontró una que parecía perfecta: la himalaya. Así empezó la búsqueda de su futuro compañero.
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Meses después, en el 2022, recibió una llamada avisándole que el gatito estaba listo. Cuando fue a recogerlo descubrió algo que le generó dudas: la pequeña bolita de pelo parecía demasiado joven. Aun así, lo llevó a casa llena de ilusión. Lo llamó Yodi. Aquello de que estaba demasiado pequeñito fue la primera señal de que algo no estaba bien
La felicidad duró muy poco
El primer día que el gatito usó su arenero, Graciela notó algo alarmante: había sangre en sus heces. Poco después comenzaron los vómitos. Las visitas al veterinario iniciaron de inmediato.
Los exámenes revelaron un parásito intestinal y un peso extremadamente bajo. Yodi apenas pesaba 600 gramos y ni siquiera tenía dos meses de edad, confirmando así con el veterinario que se lo habían dado muy pequeñito.
Más pruebas confirmaron diagnósticos aún más duros: giardiasis, parvovirus y coronavirus felino. Con el tiempo aparecerían más problemas: nació sin vesícula y desarrolló tumores en los riñones, una condición progresiva e incurable.
A partir de ese momento comenzó un verdadero calvario de tratamientos, medicamentos, hospitalizaciones y cambios constantes de alimento. Calvario tanto para la mamá humana como para el peludito.
Yodi lucha todos los días
La vida de Yodi ha sido una permanente prueba de resistencia. Su sistema digestivo no absorbe bien los nutrientes, por lo que encontrar un alimento que pueda tolerar ha sido un desafío constante. Graciela ha probado más de una docena de alimentos.
También han aparecido cálculos y cristales en los riñones, lo que obliga a controles veterinarios frecuentes y a una dieta muy específica. En febrero sufrió una recaída fuerte: vomitaba todos los días y volvió a bajar de peso.
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Hoy vive con una alimentación especial para riñones y un suplemento llamado Pro-renal, que deberá tomar todos los días de su vida. Aún así, Yodi sigue adelante.
“Para mí es un gato especial. Tiene problemas de aprendizaje y pasa muy enfermo, pero es un luchador. Cada día que está conmigo es un triunfo”, cuenta Graciela.
Despertó a una emprendedora
Cuidar a Yodi no solo cambió la rutina de doña Graciela. También despertó en ella habilidades que no sabía que tenía.
“Los gastos médicos eran constantes y necesitaba encontrar la forma de sostenerlos. Así nació Moksha, un emprendimiento de bienestar holístico. El nombre significa “liberación” en sánscrito y refleja mi deseo: liberar a Yodi del dolor. En Moksha hacemos velas, jabones, cremas para el dolor, sérums faciales y exfoliantes corporales”, explica la mamá humana.
Pero la historia no terminó ahí. Con el tiempo también creó Almira Digital, un proyecto dedicado a capacitar emprendedores en inteligencia artificial y mercadeo digital para mejorar sus negocios.
“Todo, de una u otra manera, nació gracias al pequeño gato luchador. Un gato que también cuida a su mamá porque aunque pasa por enfermedades complejas, Yodi también ha sabido devolverme el cariño. Cuando estoy enferma o siento dolor, él se acerca y se queda a mi lado. Creo que él me ha dado un poquito de lo que yo le he dado”, dice.
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Yodi también disfruta la vida: ama viajar en carro, sentir el viento, jugar con bolas y conocer ríos, cataratas y playas.
En casa tiene, además, una compañera: Yumi, una gata persa que llegó tiempo después y que lo ha ayudado a ser más activo y juguetón.
Este Yodi es el verdadero gato de siete vidas. Hoy, 6 de marzo del 2026, Yodi sigue vivo. Ha enfrentado hospitalizaciones, enfermedades complejas y tratamientos permanentes. Pero su espíritu sigue intacto.
Por eso Graciela lo llama con cariño “el niño especial”.
“Con él aprendí a vivir el presente. Hoy lo tengo y mañana no sé, por eso cada día lo disfruto”.
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Yodi no solo ha luchado por su vida. También le enseñó a su mamá humana que, incluso en medio del dolor, siempre puede nacer una nueva oportunidad.







