Karen Fernández.2 diciembre, 2018

Gustavo Delgado es un fiebre del bailongo y aprovecha cualquier momento disponible para mover la cadera y sacudir la pista. El le contó a La Teja algunas de sus experiencias sobre las pistas de baile.

“Empecé a ir a los salones de baile cuando tenía 14 años, pero desde que estaba en la escuela ya era el que sacaba a todas las compañeritas en las fiestas de fin de año. Mi mamá, Alejandrina Ramírez, fue la que me enseñó, porque a ella le encanta bailar”, contó Gustavo, de 42 años.

Gustavo Delgado aprendió a bailar por la fiebre de su mamá, Alejandrina Ramírez. Foto: Cortesía.
Gustavo Delgado aprendió a bailar por la fiebre de su mamá, Alejandrina Ramírez. Foto: Cortesía.

Tavo recordó que la primera vez que asistió a una tarde juvenil fue en Salsa 54, salón ubicado en el centro de Chepe, y que lo devolvieron porque iba en camiseta de cuello redondo y con tenis.

“La entrada me costó ¢25 y me devolvieron porque en esos años uno no podía llegar vestido con tenis y camiseta, había un código de vestimenta que exigía camisa de botones y zapatillas”, explicó Gustavo.

Antes no se pedía cédula, pero igual iba mucho a las tardes juveniles que eran de 1:30 p. m. a 6 p. m., en esos lugares había licor y como él era muy tímido solo bailaba merengue, a la salsa le agarró el toque conforme en encamotó con el baile.

Este bailarín consumado, también comentó que se acostumbraba mucho a respetar las parejas de baile, así que se solía esperar a que llegara la persona con la cual le cuadraba más bailar, porque entre más tiempo tuvieran de bailar juntos, mejor se entendían en la pista.

Otro aspecto importante para los bailarines es la pista, las de madera son las mejores porque permiten más los giros, eso sí, debe estar bien encerada para moverse como un trompo.

Tavo fue alternando sus salidas entre Salsa 54 y Parthenón, en el Centro Comercial del Sur, el Túnel del Tiempo en la avenida Central y Zadidas en San José. Otros salones populares eran Leonardo’s, Cocoloco, Infinito, plaza Disco Club en el centro comercial El Pueblo y Risas en el centro de Chepe. Lamentablemente, ahora todos esas discotecas, forman parte de la historia.

Otros salones muy famosos de la época eran El Gran Parqueo, Típico Latino, Los Guayabos, El Tobogán y el Buen Día, pero a esos iban los que tenían más plata, recordó Tavo porque había que pagar una entrada como de ¢100, ya que tenían música en vivo.

Era común ver anuncios de los salones de baile en los periódicos de la época. Reproducción La Nación.
Era común ver anuncios de los salones de baile en los periódicos de la época. Reproducción La Nación.

“También era común hacer pelota y como antes no había celulares, nos poníamos de acuerdo en el salón para definir dónde nos veríamos la próxima semana, pero la mayoría éramos muy fieles a una sola disco y hasta se identificaba cualquier ‘intruso’ que llegara de otro salón. Uno estaba como etiquetado”, recordó el fiebrazo.

Tavo hasta tenía una agenda semanal para los bailongos, los lunes era en Salsa 54 con Los Brillanticos; los miércoles jalaba al Parthenón porque había 2 x 1 y los jueves tenían barra libre; mientras que los viernes y sábados pasaba entre Salsa 54 y Parthenón.

Lamentablemente la mala administración en muchos de estos lugares, los obligó a cerrar sus puertas. Según Tavo, algunos eran administrados por el empleado de confianza del dueño, por lo que dejaban entrar gratis a las amigas y hasta tragos regalaban.

Ahora el concepto de lugares como Peppers, La Caribeña, La Terraza, el Bingo Multicolor, La Rumba, Kilates y Castro’s Bares es más de salón de baile que de discoteca por lo que se baila salsa, merengue y bolero.

“Lo que más se extraño es el ambiente, el cual era muy sano, ahora pese a que hay más seguridad uno se siente más inseguro”, agregó Delgado.