Una maestra de preescolar recorre cerca de 30 kilómetros al día para llegar hasta la escuelita Mario Pacheco Sáenz, en Las Mesas de Santiago de Paraíso, un acto de amor por su profesión y por los niños del pequeño pueblo.
Se trata de Cindy Ulate Gómez, una vecina de San Rafael de Oreamuno, de 43 años, que viaja de lunes a viernes a dar clases al centro educativo de Las Mesas de Santiago de Paraíso de Cartago, un pueblito escondido entre cañales con 70 familias y solo tres niños en preescolar.
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Para ella, lo que menos importa es la distancia y el cansancio, asegura que lo más difícil es no poder hacer más por sus estudiantes.
“No poder ayudarlos como quisiera”
“Lo más complicado es no poder ayudar como me gustaría y aquí no tenemos todo el apoyo que hay en escuelas más grandes”, nos contó la maestra.
Desde su formación, intenta llenar esos vacíos con amor y mucha dedicación.
“Yo estudié psicopedagogía… también estudié terapia cognitiva conductual, entonces lo que hace un orientador, un poco menos, lo hago con ellos”.
Las carencias son evidentes, especialmente en materiales. “En la escuela falta en la parte económica, libros… si hubiera biblioteca, ellos leerían más”.
Aun así, busca soluciones con lo que tienen.
“Yo traigo libros y tenemos un proyecto con la directora para que vengan a leer un rato”.
Madrugadas, caminatas y decisión
El esfuerzo físico es parte de su rutina.
“Si no me pueden traer mis papás, tengo que levantarme a las 4 de la mañana… y caminar kilómetro y medio para entrar y otro para salir”, relató.
Su llegada a este lugar fue inesperada, pero para ella una obra de Dios.
“Me llamaron y me dijeron que había una oferta en Las Mesas… y yo dije que sí, sin saber dónde era”.
Hoy, lejos de arrepentirse, lo tiene claro. “Yo digo que vale la pena el viaje”.
“El amor de ellos es lo que lo llena todo”
En medio de las dificultades, hay algo que lo compensa todo.
“Aquí no se gana mucho, pero el amor que ellos le dan a uno… una florecita, un ‘te quiero’, ‘niña, qué linda andas’”.
Ese cariño deja huella, especialmente en una comunidad donde muchas familias migran, sobre todo nicaraguenses.
“Eso de extrañar pasa mucho con los que se vuelven al extranjero”.
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Para ella, ser maestra no es casualidad, es su vida y por eso lo hace con mucho amor y pasión, sus mismos exestudiantes la calificaron como “la mejor niña”, pese a que hace años dejaron atrás el preescolar.
“Yo pienso que ser maestro es como un llamado, porque hay que tener vocación”.
Y en esa vocación encuentra la fuerza para seguir, incluso cuando el camino, literalmente, se vuelve cuesta arriba, porque su familia, sus estudiantes y su relación con Dios la mantienen firme con una sonrisa que contagia a cualquiera que la vea.




