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Panteonero de Escazú logró darle dignidad a más de mil muertos, incluidos 100 bebés, que están en fosa común

En el cementerio Zúñiga de Escazú no había lápida para la fosa común y don Héctor Álvarez, el panteonero, la construyó por amor a los fallecidos

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Hueco negro. Así le llaman los panteoneros a ese lugar en pura tierra donde van a parar los restos de los fallecidos a quienes no les pudieron seguir pagando un nicho, los que nadie reclamó, recién fallecidos. Los demás lo conocemos como fosa común.

Esta historia está llena de amor y solidaridad, pero también de dolor. Es sobre el panteonero del cementerio Zúñiga en Escazú, don Héctor Álvarez Ureña, a quien le explotó el corazón de amargura ante tanta gente que le preguntaba sobre la fosa común para poder ir a llorar a sus muerticos, y él no tenía una respuesta, porque lo que había era pura tierra sin ninguna identificación.

El panteonero del cementerio Zúñiga en Escazú, don Héctor Álvarez Ureña, a quien le explotó el corazón de amargura ante tanta gente que le preguntaba sobre la fosa común
La lápida permite que las familias sepan dónde están sus seres queridos. (Eduardo Vega Arguijo/Eduardo Vega Arguijo)

Esa amargura y dolor en el corazón impulsaron hace unos tres años a don Héctor a mover cielo y tierra con el objetivo de construir una lápida, donde quienes tienen a sus fallecidos en la fosa común puedan ir a llorarlos con todas las de la ley, y no en medio de un montazal.

“Lo que a mí me dolía era escuchar a la gente decir que a los muertos los tiraban, que los echaban en una bolsa y nadie sabía dónde estaban. Eso no es cierto, pero como no había un lugar claro, la gente lo creía”, contó Héctor, de 59 años de edad, con 40 de ser empleado municipal escazuceño y ocho de ser panteonero.

El panteonero del cementerio Zúñiga en Escazú, don Héctor Álvarez Ureña, a quien le explotó el corazón de amargura ante tanta gente que le preguntaba sobre la fosa común
Héctor Álvarez suma 40 años como funcionario municipal en Escazú. (Eduardo Vega Arguijo/Eduardo Vega Arguijo)

Don Héctor ha trabajado casi toda su vida para la Municipalidad de Escazú. Fue recolector de basura, guarda, fontanero arreglando cañerías y jardinero.

“He hecho de todo. Pero aquí, en el cementerio, uno entiende lo que es el respeto por los que nos dejaron. Me encanta mi trabajo”, dijo.

Cuando llegó, hace ocho años, el espacio donde hoy está la lápida de la fosa común era un charral; de hecho, todo el cementerio Zúñiga lo era. No había señalización ni un sitio digno que explicara qué pasaba con los restos no reclamados o los que se sacaban de los nichos vencidos.

El panteonero del cementerio Zúñiga en Escazú, don Héctor Álvarez Ureña, a quien le explotó el corazón de amargura ante tanta gente que le preguntaba sobre la fosa común
La fosa común fue iniciativa directa del panteonero quien pagó de su bolsa la placa. (Eduardo Vega Arguijo/Eduardo Vega Arguijo)

“La gente preguntaba y uno no tenía cómo enseñarles. Eso no estaba bien. Cada vez que me preguntaban, se me partía el corazón”, recordó.

En el cementerio sí existía el proceso administrativo que traslada los restos a una fosa común, pero no un lugar visible.

Cuando un nicho vence y nadie responde, los restos pasan a custodia y, tras el tiempo establecido, si no son reclamados por los familiares, deben ir a una fosa común. “El problema era que nadie sabía dónde habían puesto a sus seres queridos. No había memoria”, explicó.

El panteonero del cementerio Zúñiga en Escazú, don Héctor Álvarez Ureña, a quien le explotó el corazón de amargura ante tanta gente que le preguntaba sobre la fosa común
La virgencita de los Ángeles y el Corazón de Jesús, acompañan ahora a los que descansan en la fosa común. (Eduardo Vega Arguijo/Eduardo Vega Arguijo)

Fue entonces cuando Héctor tomó la iniciativa. “Yo me di a la tarea. Hablé con compañeros, conseguimos materiales de la municipalidad que nos apoyó en todo y empezamos.

“No lo hice por plata ni por figurar, lo hice porque eran seres humanos y no merecen el olvido; al contrario, merecen ser muy recordados y tener un lugar digno”, asegura don Héctor, quien tuvo la ayuda de sus compañeros Víctor Marín y Luis Quesada.

En la fosa común descansan restos provenientes del Cementerio Zúñiga y también del Cementerio Quesada, que queda a unos 100 metros. “Hay como 460 de una vez, otros 400 después… en fin, son casi mil los que están en esa fosa común. No están exactos, pero ahí están todos.

Héctor Álvarez, panteonero del cementerio Zúñiga de Escazú

“Se me arruga más el corazón al recordar que en la fosa hay restos de al menos 100 bebés del cantón escazuceño. Es que es nuestra gente, nuestra historia, por eso tenía que hacer algo y, por dicha, se construyó esta linda lápida. Ahora sí me siento en paz. Esas más de mil se lo merecen”, dice con alegría y orgullo.

El panteonero del cementerio Zúñiga en Escazú, don Héctor Álvarez Ureña, a quien le explotó el corazón de amargura ante tanta gente que le preguntaba sobre la fosa común
En el sitio descansan restos no reclamados de los cementerios Zúñiga y Quesada. (Eduardo Vega Arguijo/Eduardo Vega Arguijo)

Cada resto fue colocado con cuidado. “Los juntamos con respeto, como se merecen. Aquí no hay abandono”, afirmó.

Hoy, la fosa común tiene placa, cruz y bancas. Las personas pueden llegar, preguntar y saber que ahí están sus familiares. “La gente se sienta, reza, llora, pero se va más tranquila porque sabe dónde están”, contó el panteonero.

Incluso, puso dinero de su bolsillo para el proyecto. “Yo pagué la placa porque quería que esto fuera digno. Que nadie diga que aquí se olvidó a nadie. Ningún muerto de Escazú ha sido olvidado; al contrario, aquí se les quiere mucho”, asegura.

El panteonero del cementerio Zúñiga en Escazú, don Héctor Álvarez Ureña, a quien le explotó el corazón de amargura ante tanta gente que le preguntaba sobre la fosa común
Don Héctor (derecha) y don Víctor, trabajaron duro en la construcción de la lápida. (Eduardo Vega Arguijo/Eduardo Vega Arguijo)

Héctor no busca reconocimiento. “Yo no sé si algún día voy a terminar aquí también, pero sí sé que nadie merece desaparecer sin memoria. Esto no es solo una fosa común, es un acto de justicia”, concluyó.

Eduardo Vega

Eduardo Vega

Periodista desde 1994. Bachiller en Análisis de Sistemas de la Universidad Federada y egresado del posgrado en Comunicación de la UCR. Periodista del Año de La Teja en el 2017. Cubrió la Copa del Mundo Sub-20 de la FIFA en el 2001 en Argentina; la Copa del Mundo Mayor de la FIFA del 2010 en Sudáfrica; Copa de Oro en el 2007.

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