Bella Flor Calderón.14 mayo, 2018
Rubén Herrera ahora se dedica a trabajar en seguridad privada. Foto: Flor Calderón
Rubén Herrera ahora se dedica a trabajar en seguridad privada. Foto: Flor Calderón

El destino metió en una encrucijada a don Rubén Herrera cuando le puso al frente al asesino de su hijo Diego. Rubén, que había sido policía, esperó con sed de venganza por mucho tiempo, pero el perdón evitó que cometiera una locura.

Apenas tres años después de cometer el crimen, el asesino, un joven nicaragüense de apenas 14 años y de apellido Olivero, salió de la cárcel con la condición que no se acercara a la familia de la víctima.

El joven cumplió y hasta que completó la condena, regresó al precario La Tabla, en San Rafael Abajo de Desamparados, lugar donde viven tanto él como don Rubén.

“Yo lo quería matar, soñaba con el momento de encontrarlo y tomar venganza, quería agarrarlo del cuello y ahorcarlo”, aseguró Herrera.

Don Rubén confesó que fantaseaba con tomar un arma y matar a todos, al asesino y a su familia, por años luchó con ese pensamiento.

“Me veía con una AK47 volando bala a todos, sentía que no se había hecho justicia porque como era menor de edad no pasó mucho tiempo en la cárcel”, dijo.

El asesino fue condenado a seis años, de los cuales pasó tres tras las rejas.

“La primera vez que lo ví me encolericé, pensé en lo que me había hecho y me le iba a tirar encima a golpearlo, cuando de repente él se lanzó a mis pies de rodillas llorando”, contó el expolicía.

‘Perdóneme yo no lo quería matar, fue un accidente”, le dijo, y aunque no olvida el dolor que le provocó, don Rubén asegura que esas palabras le sirvieron para perdonar y tratar de seguir con su vida.

Diego soñaba con ser veterinario

Don Rubén no era papá biológico de Diego, pero desde antes que naciera se enamoró de la idea de ser padre. Cuando conoció a Gerardina Herrera, ella estaba embarazada y confundida porque el verdadero padre del niño que estaba por llegar se esfumó y él se hizo cargo de la situación.

El 7 de julio del 1991 su vida cambió, Diego llegó al mundo y don Rubén tenía un motivo para vivir.

El 9 de enero del 2005 la alegría se duplicó cuando Gerardina tuvo a su segundo hijo Andrés, y aunque como toda pareja tuvieron sus problemas, siempre se esforzaron por salir adelante y soñar con que sus hijos alcanzaran las estrellas.

Esa felicidad se truncó de golpe el 3 de enero del 2008, cuando una bala les arrebató a Diego, de tan solo 16 años, lo mataron en un trillo a la orilla del río Cañas que le permite a los vecinos de La Tabla salir y entrar a sus casas por Concepción de Alajuelita.

La tragedia ocurrió un jueves a las 6:30 de la tarde, Diego regresaba de trabajar, iba apresurado porque tenía que llegar a bañarse para irse a la iglesia donde ayudaba con el sonido.

Al funeral asistieron familiares y amigos que iban a la misma iglesia. Foto: Archivo
Al funeral asistieron familiares y amigos que iban a la misma iglesia. Foto: Archivo

En ese momento se topó con otro chiquillo, Olivero, quien andaba armado, pero no era peligroso, o al menos, eso pensó Diego porque las investigaciones demostraron que no le dio pelota y siguió caminando.

Ambos crecieron en el precario, pero tomaron caminos diferentes, no eran amigos ni se llevaban bien.

Esos segundos en los que le dio la espalda le costaron la vida, en un instante Olivero sacó la pistola y jaló el gatillo.

El balazo no alertó ni asustó a los vecinos. La Tabla es un lugar donde la violencia es pan de todos los días y donde las personas tratan de llevar sus vidas con normalidad a pesar de los peligros.

Diego cayó al suelo y su verdugo corrió asustado, al ver la herida en la espalda el nicaragüense le pidió ayuda a otro muchacho que pasaba por ahí y quien no sabía lo que pasó, pusieron el cuerpo en la entrada de la casa de la víctima, Olivero tocó la puerta y gritó: “le dispararon a Diego”.

La familia salió para encontrarse el cuerpo de Diego en el suelo, no tardó mucho en morir, la bala fue certera y le robó la vida y la paz a todos, en especial a Rubén, quien no podía creer que su hijo no estaría con él nunca más y que Andrés se quedó sin su hermano mayor debido a una bala, que hasta ese momento se pensó que era perdida.

Gerardina sigue viviendo en la misma casa donde dejaron el cuerpo de su hijo hace 10 años. Foto: Flor Calderón
Gerardina sigue viviendo en la misma casa donde dejaron el cuerpo de su hijo hace 10 años. Foto: Flor Calderón

Al día siguiente agarraron a Olivero con el arma homicida y después la familia descubrió, gracias a las investigaciones y el juicio, que fue su vecino quien les arrebató a Diego, al parecer porque habían tenido problemas días atrás.

“Cuando el asesino de mi hijo cumplió tres años en la cárcel me mandaron a llamar para hablar con una jueza, quien me explicó que el asesino se estaba portando bien y que merecía una oportunidad”, dijo doña Gerardina Sánchez, la mamá de Diego.

Doña Gerardina asegura que eso le pareció una broma de mal gusto.

“Yo le pregunté a la jueza por qué lo iban a soltar sin cumplir los seis años de la condena y me dijo que como él aceptó que lo mató por error y aceptó los cargos y además, estaba en una cárcel de menores decidieron darle los otros tres años en libertad condicional”, explicó doña Gerardina.

El asesino de su hijo salió de la cárcel en el 2011 y regresó a La Tabla tres años después cuando cumplió la condena.

“La primera vez que lo ví yo reviví todo lo que había pasado, para mí era algo muy desagradable, quedé en shock y caí de nuevo en depresión porque yo decía: ‘claro el para aquí y para allá y mi pobre chiquito muerto’”, dijo doña Gerardina, quien asegura que por mucho tiempo se encerró en la casa y casi no salía porque no soportaba la idea de verlo.

Un albúm con fotos viejas y los recuerdos en la mente de esta madre es lo único que le queda de su hijo. Foto: Flor Calderón
Un albúm con fotos viejas y los recuerdos en la mente de esta madre es lo único que le queda de su hijo. Foto: Flor Calderón

Don Rubén por su parte dice que se llenó de ira, lo único que lo mantuvo lejos de cometer un delito fue Dios.

“Por años recibimos mucha ayuda y consejo, personas que conocían nuestra historia me decían que debía pensar en mi otro hijo, que si me vengaba él iba a pagar porque terminaría solo y yo en la cárcel”, explicó el papá.

“Ahora mi vida se la dedico a Andrés, mi trabajo y mi esfuerzo son para que él tenga una mejor vida y a mi hijo que está en el cielo lo llevo en el corazón, a mí en la iglesia me enseñaron que uno tiene que perdonar para ser perdonado”, aseguró don Rubén.

Diego Herrera Sánchez tenía 16 años cuando un muchacho de 14 le quitó la vida. Foto: Flor Calderón
Diego Herrera Sánchez tenía 16 años cuando un muchacho de 14 le quitó la vida. Foto: Flor Calderón