Este domingo se llevó a cabo una actividad llena de amor y de fe hacia Dios y la Negrita de los Ángeles, que se ha convertido en toda una tradición.
Muchos fieles católicos adelantaron la romería para este fin de semana para hacerla un poco más tranquila, sin tanta gente en la calle.
Entre los grupos que tomaron esa decisión está el encabezado por don José Astúa Guzmán, quien organiza cada año la romería en silla de ruedas.
Este año esa romería tan especial estuvo llena de bendiciones y don José quedó muy agradecido con Dios porque todo salió muy bien.
El sueño de llegar a los pies de La Negrita
Él confesó que se siente realizado y que no tiene palabras para describir tanta emoción. Para él, esta es una peregrinación muy diferente a las demás: aquí no hay gritos ni bulla, sino una fe interna profunda.
“Las personas que van en silla van como extasiadas, porque muchas de ellas nunca soñaron que pudieran haber ido ahí”, nos contó don José, recordando que ellos funcionan como facilitadores para esa gente que tanto lo anhela.
A esta caminata de amor llegaron 224 personas este año, juntando a los romeros, a sus familias y a los valientes voluntarios. Llegaron personas de rincones como Puntarenas, Guápiles y Aserrí.
“La comida como que se nos multiplica”
Pero como si ver las lágrimas de alegría de estas personas no fuera suficiente, Dios los sorprendió con un detalle hermoso. Resulta que prepararon comida para todos y, de manera casi milagrosa, les sobró un montón.
“Para que vean lo que es Dios. La comida como que se nos multiplica”, nos relató el organizador, muy asombrado. Les quedaron alrededor de 100 almuerzos y de inmediato los empezaron a alistar para repartirlos a las personas en situación de calle.
Además, don José nos reveló otro “milagro” que ellos viven siempre. Pese a que para estas fechas llueve muchísimo, en los 25 años que llevan haciendo la ruta nunca se han mojado. ¡Parece que desde arriba les mandan un pedacito de verano solo para ellos!
Un hermoso legado familiar que trascenderá
Recordando los inicios, don José nos contó que la primera vez que se hizo esta romería iban solo siete personas.
Su mayor orgullo es ver a su familia metida de lleno. Él dice, entre risas, que solo es el “alborotero”, pero sus hijos, nueras y nietos son los que sudan la camiseta. Hasta su nietita de 8 años anduvo repartiendo stickers a los asistentes.
“Yo soy bueno para regalar hasta los pantalones que tengo, pero eso les he enseñado a mis hijos: a dar y dar y dar y ayudar. La idea en estas cosas es trascender”, concluyó este gran ser humano, quien dice que siente que la romería en silla de ruedas es un legado familiar que continuarán sus seres queridos.
Una experiencia diferente
Priscila Astúa es nieta de don José y ya está metida de lleno en la romería en silla de ruedas.
“La romería es una experiencia que cada año me llena el corazón de gratitud. Me recuerda la inmensidad del amor que existe cuando las personas deciden caminar, servir y acompañarse unas a otras.
“Este año tuve el regalo de vivirla junto a mi amiga Pau (María Paula Artavia), una de las personas que más amo. Compartir cada paso con ella hizo que esta experiencia fuera aún más especial y se convirtiera en un recuerdo que voy a guardar con muchísimo cariño. Ojalá más personas se animen a acompañar a alguien en futuras romerías, porque compartir el camino con quienes amamos transforma la experiencia”, aseguró la joven.



