Carlos Castro llevaba pocos meses en Estados Unidos. Se había ido de Costa Rica el 22 de marzo de 2001 y trabajaba en Nueva Jersey. La mañana del 11 de setiembre de ese año llegó a las 6 a.m. a continuar pintando una casa desde donde se veían las Torres Gemelas en Manhattan.
“Empezamos a quitar la pintura. A mí me pagaban 15 dólares la hora. Había americanos que trabajaban en el aire acondicionado, otro estaba trabajando en el techo, arreglando una chimenea, y éramos tres ticos”, recuerda el nacional que ahora tiene 62 años de edad.
El 11 de setiembre de 2001, 19 terroristas secuestraron cuatro aviones, dos fueron estrellados contra las Torres Gemelas, otro contra el Pentágono y el cuarto cayó en Pensilvania. Murieron 2.977 personas, según los reportes oficiales.
“Maes, vámonos ya de aquí”
Carlos estaba trabajando cuando comenzaron a hablar de una avioneta que había golpeado una torre. Poco tiempo después, ocurrió lo que nunca olvidará.
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“Comenzamos a ver humo en las torres y al rato vimos la panza de un avión reflejando contra el sol entrar en la segunda torre. Cuando ya vimos que el avión se estrelló, la gente de la casa en la que trabajábamos y las vecinas empezaron a gritar.
“Los americanos que trabajaban de una vez hablaron de ataque terrorista y los gritos de la gente no paraban. Rápido nos dimos cuenta de que realmente era un ataque terrorista y todo el mundo salió corriendo. Los tres ticos también nos fuimos, yo les dije: ‘Maes, vámonos ya de aquí’”.
De inmediato le entró un miedo que no fue solamente por lo que estaba viendo a la distancia. Carlos también temía por sí mismo. Era un recién llegado. Llevaba apenas seis meses en Estados Unidos y veía patrullas detener personas para interrogarlas.
“En mi bicicleta duré siempre media hora para llegar a la casa, pero ese día duré como 15 minutos. Me fui con la bici a todo pedal.
“Había patrullas por todo lado. Mientras pedaleaba con todo lo que tenía, iba pensando ‘¿Me van a agarrar? ¿Me van a confundir con un terrorista? ¿Me van a meter a una cárcel? Lo único que quería era llegar rápido a la casa. Fueron momentos muy duros, de mucha incertidumbre y mucho temor”.
Se encerró una semana
El miedo no terminó cuando llegó a casa. Carlos tenía suficiente comida y tomó una gran decisión: no salir ni a la puerta durante una semana entera. Pasó esa semana con la televisión prendida las 24 horas y solo ponía canales de noticias para estar bien informado de la tragedia.
Dos semanas después de los atentados terroristas, tomó otra gran decisión: agarró un bus rumbo a Atlanta, donde estaba su mamá. Nueva Jersey, dice, se había convertido en otra cosa: cientos de controles, patrullas, detenciones y desconfianza total.
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“Luego del 11 de setiembre, Estados Unidos cambió. Muchas restricciones en los aeropuertos. Ya comenzaron a ver al inmigrante con ojos distintos. Había detenciones y deportaciones todos los días”, recordó.
¿Los salvó una gripe?
Hay un detalle de aquella historia que todavía le pone los pelos de punta. Carlos había comprado un boleto para que su mamá viajara a Nueva Jersey. Quería llevarla a conocer Manhattan y las Torres Gemelas.
La mamá llevaba días en Atlanta y él le iba a dar un gran paseo que seguramente incluiría la visita a las torres. Era lo normal ahí.
“Jamás lo voy a olvidar, como se lo he dicho, el 11 de setiembre del 2001 fue martes y mi mamá debía llegar un lunes a Nueva Jersey porque ese martes era el paseo, pero mamá se enfermó de gripe y decidimos que mejor se quedara en Atlanta. El paseo se pasó para la siguiente semana… jamás lo realizamos.
“No digo que hubiésemos estado en las Torres Gemelas, pero sí los ataques nos habrían cogido en la estatua de la Libertad o el barrio Chino, en fin, en la zona de mayores complicaciones… ¿Qué habría pasado con mi mamá y conmigo si ella no se hubiese enfermado? Solo Dios sabe”, comenta.
Una herida que no se borra
Con los años, volvió a Nueva York. Primero vio el enorme vacío y después conoció la nueva torre (el One World Trade Center) y el museo del 11-S, así como las fuentes y las paredes con los nombres de los fallecidos. Subió al edificio, pero no pudo disfrutarlo como cualquier turista.
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“Definitivamente, el 11 de septiembre me trae recuerdos muy tristes, no solo por las personas inocentes que fallecieron, sino porque todo cambió.
“Volví a Nueva York, subí a la nueva torre y estuve como 10 minutos. Me bajé porque tenía un temor que usted no tiene idea. Uno piensa: ‘¿Y si vuelve a suceder lo mismo y yo estoy ahí arriba?’. Eso queda para toda la vida”, concluye Castro, quien hoy día ya es ciudadano estadounidense.




