135 personas de la calle han cambiado su vida en un albergue

Por: Shirley Sandí 9 agosto, 2020

La pandemia de covid-19 no solo ha traído crisis económica, desempleo y una ola de contagios que no se detiene. Esta pandemia también tiene sus ganadores.

Hablamos de los habitantes de calle, los que lograron obtener atención cuando se les señaló como uno de los grupos de mayor riesgo de contraer la enfermedad y ahora duermen bajo techo y calientitos.

Los beneficiarios tienen su colchoneta y una cajita que representa un clóset.

En la Ciudad Deportiva de Hatillo se cerraron las puertas para los atletas, pero se abrieron para los indigentes con el albergue Somos Uno. Hoy, 135 de ellos pueden contar que dieron un giro en su vida, incluso en ese lugar llaman “san covid” al virus que tiene al mundo de cabeza, porque para ellos significó bendición.

Cinco estrellas

Eduardo Barrantes vivió en la calle cinco años, allí comió alimentos podridos de un basurero y soportó que funcionarios municipales le echaran agua al cartón donde dormía y lo pusieran a caminar. También fingió enfermedades para poder dormir en salas de emergencia de hospitales.

Eduardo Barrantes está decidido a cambiar su vida.

Para él fue sumamente difícil soportar esa cruda realidad luego de haber estado en procesos de selecciones nacionales y jugar en segunda división como portero con solo 17 años, pero como él lo dice, agarró el camino fácil y cayó donde no debía.

Los 10 mil o 15 mil colones que lograba ganar en el día los gastaba en segundos en dos dosis de cocaína y unas pachas de guaro y sí, acepta que se avergüenza de muchas cosas que hizo.

Eduardo estaba en Puerto Viejo de Sarapiquí en una finca, cuidando pollos, cuando le avisaron que iban a abrir esta oportunidad en la Cuidad Deportiva. Ni lerdo ni perezoso agarró los chunches y se vino para San José.

Para él estar en el gimnasio del BN Arena es como un hotel cinco estrellas.

“Nosotros aquí decimos cuando llueve: ‘Padre, ¿dónde estuviéramos si no fuera por este techo?’ Ya no tenemos que andar corriendo detrás de los carros que regalan comida, o hacer fila para recoger una ficha y ver si entrábamos al centro dormitorio esa noche.

“Ahora nos dan una ficha para el desayuno, el almuerzo, el café, la cena, y hasta un postre, como un chocolate, un té o un atol. Me baño hasta dos veces al día, salgo a correr en las mañanas, hago ejercicios, pesas. Tenemos terapista físico, doctor, es un lujo”, reconoce Eduardo y a la vez afirma que en estas condiciones, aprovechando la gran puerta que se le abre, debe ser el paso definitivo para dejar la mala vida y volver al deporte entrenando porteros en ligas menores.

Su tiempo ahí y su recuperación le han permitido acercarse más a su familia, habla con su hermana, Betsabé Barrantes Cruz, presidenta de la Asociación Deportiva Máster de Atletismo de Costa Rica y ganadora de un montón de competencias.

También ha tenido contacto con sus seis hijos y dos nietos. Definitivamente no quiere volver a la zona roja.

“Esta vez me levanto y será para siempre”, dijo.

A cargo de la peluquería

En el albergue también nos encontramos a Fiorella Jiménez, ella es una chica trans de 38 años.

Al verla notamos que se preocupa mucho por su aspecto físico, anda bien arreglada, antes muerta que sencilla.

Fiorella Jiménez es la encargada de cortarle el pelo a los muchachos del albergue.

Ella es estilista y maquillista profesional desde hace 15 años, en el albergue es la que le corta el pelo y le hace la barba y las cejas a sus compañeros.

Fiorella vivió en la calle siete años, durante los cuales se prostituyó, pues sus padres murieron cuando ella tenía 18 años. Luego decidió pagarse sus estudios.

Se había recuperado económicamente cuando estudió belleza, pero asegura que por un asalto ocurrido hace cuatro meses y medio, que la dejó en una cama de hospital por mes y medio, quedó sin nada, no tenía dónde ir y la encargada de trabajo social del hospital San Juan de Dios la recomendó para llegar a dicho albergue.

“Por ser trans fui discriminada desde muy pequeña por mi familia. Mis padres en vida me enseñaron a trabajar, independizarme y valorarme. A ser responsable y útil. Vivía sola. El 14 de agosto cumplo tres meses de estar acá. Le doy gracias a Dios porque afuera no hay trabajo, mis colegas están pasando por eso. Aquí no me ha faltado comida ni ropa, cuando salí del hospital solo tenía una mudada. Llegué con unas sandalias y ahora tengo tres pares de zapatos.

“Aquí tenemos doctor, que me revisa el coágulo de sangre que se me hizo en la cabeza por el asalto. Tampoco me mojo con la lluvia y he conocido personas muy buenas. La gente margina a las personas de la calle porque son adictos, andan tatuadas y los considera malos, pero no se debe generalizar.

“Si uno se pone a conversar con ellos, ves su corazón y sabes que fue por problemas que cayeron en ese camino”, comentó Fiorella, quien ahora espera que la crisis económica se controle un poco y pueda empezar de cero, con muchas ganas, comprándose unas tijeras que le permitan volver a cortar pelo.

Así se ve ahora el BN Arenas como albergue para personas de la calle.
Desempleo lo hundió

Ronaldo fue otro de los muchachos que accedió a contarnos su historia. Él no quiso que le tomáramos foto.

Hace un año llegó a las calles, cuando se quedó sin trabajo. Laboraba como cocinero y en ventas.

“Yo antes tenía una vida normal, alquilaba, vivía solo, pero cuando me quedé sin ingresos no pude pagar más el alquiler. Es muy duro vivir en la calle, cuando no se encuentra qué comer uno debe amarrarse la tripa, pasé un día entero sin comer, y uno no estaba acostumbrado.

“En mi caso no consumía drogas. La sociedad discrimina en general, cree que todos los que están en calle es por problemas de adicción, y no es así. A todos les puede pasar en algún momento por un problema financiero. Yo conocí a varios que se dejaron de la esposa y no tenían dónde vivir, otras que venían de otros países”, comentó este joven, quien ahora es el encargado en el albergue del equipo de cómputo.

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También reparte la alimentación y mantiene limpia el área de comida. Ronaldo cuenta con curso de manipulación de alimentos, está sacando el noveno año y un curso de salonero.

A reinsertarse

Y es que esta es la diferencia del albergue Somos Uno, el cual es un proyecto de la Comisión Nacional de Emergencias, la Fundación Lloverá y la Municipalidad de San José.

Aparte de brindar un sitio seguro en esta crisis sanitaria, los 100 beneficiarios reciben un servicio que les abre una oportunidad de reinsertarse a la sociedad una vez que tengan que irse. Todos trabajan en algo, jardinería, limpieza, computación, es decir, tratan de aprovechar sus habilidades.

Cada uno tiene una cajita plástica que simboliza su clóset y así ir olvidando el estilo de vida de bolsa.

Se levantan a las 5:30 a.m., llevan a cabo actividades recreativas, formativas y talleres.

Cada día los usuarios descubren en sus pasatiempos y en lo que les gusta más motivos para salir adelante y lograr una nueva visión del mundo.

Esteban Blanco, director de la Fundación Lloverá, explicó que se les brindan cursos de computación, inglés, alfabetización, contabilidad, retrato, educación física, meditación, estudios bíblicos y hay un grupo de narcóticos anónimos; mientras que los beneficiarios también les han enseñado a ellos labores de pastelería y repostería, el aprendizaje ha sido recíproco.

Treinta y cinco ya han regresado con sus familias o han ingresado a un centro para el tratamiento de adicciones y en su lugar han ingresado otros, pues la idea es que se vayan reinsertando poco a poco. La capacidad del centro es de 100 personas y están en conversaciones para que les den permiso de operar tres meses más.

Blanco reitera que el covid para ellos ha sido un cambio de vida para bien y hasta para los trabajadores del albergue, pues de las 16 plazas, cuatro son ocupadas por personas rescatadas de la calle, ocho son personas que habían perdido el trabajo por la pandemia y cuatro más son funcionarios de la fundación.

Los indigentes beneficiados son escogidos por la Municipalidad de San José.

“Aquí tenemos el espacio y el tiempo de trabajar en sus capacidades y en su potencial, y fomentarles una vida productiva, sana y prepararlos para que cuando salgan de acá enfrenten a la sociedad. Recuperan la paz, serenidad y potencial y luego nosotros somos un puente con las empresas, aquí recuperan la fe en el sistema”, indicó Blanco.