Hay historias que no se olvidan. No porque estén en los libros, sino porque quedaron tatuadas en la memoria de quienes las vivieron, sintieron el dolor, la angustia y hasta lloraron porque la tragedia los alcanzó.
Cuando la policía judicial apenas daba sus primeros pasos, una casa silenciosa en La Guaria de Moravia, San José, se convirtió en el escenario de una tragedia que transformó para siempre la forma de investigar el crimen.
Esa noche murieron dos hombres. Uno, un extranjero consumido por el miedo. El otro, un jefe policial que jamás abandonaba a su gente, recordado como un hombre trabajador y callado.
Un barrio tranquilo, una noche distinta
La Guaria era —y sigue siendo— un residencial elegante, de calles tranquilas y casas amplias.
Pero el sábado 12 de junio de 1976 el vecindario se estremeció. A las 10:25 p.m. un estruendo rompió la calma. No fue un simple disparo: fue una explosión seca, inquietante, de esas que dejan en shock y sin saber qué hacer.
Las luces comenzaron a encenderse en las casas cercanas. Algunos vecinos se asomaron con cautela. Nadie quería acercarse demasiado; hasta ese momento nadie sabía qué ocurría.
El dueño de la vivienda era Hubert Thomas Sprockel, un holandés de 50 años, quien llevaba pocos meses viviendo allí. Thomas era un exmilitar, disciplinado y reservado; arrastraba una preocupación constante, porque estaba convencido de que ladrones volverían a entrar en cualquier momento a su hogar, pues ya la vivienda había sido asaltada.
Su exvecina Flor Castro recuerda que vivía con un miedo terrible.
“La guerra lo seguía, vivía con miedo, incertidumbre, una paranoia, se sentía amenazado por todos, decía que tenía armas en su casa y que no iba a permitir que nadie se metiera a su casa. Se la pasaba como en vigilancia”, recordó Castro.
En algún momento, Thomas hasta había pedido ayuda a la antigua Guardia Civil. Quería vigilancia, protección, que hicieran constantes rondas en su casa. Pero en aquella época, al igual que ahora, faltaban policías y su solicitud no pudo atenderse como él soñaba: dos policías afuera de su casa siempre.
El extranjero decidió encargarse solo de su seguridad y aseguró que si alguien entraba a la casa, saldría sin vida.
Una casa convertida en amenaza
Durante noches enteras previas a la explosión, los vecinos escuchaban serruchos y martillazos. Nadie imaginó lo que ocurría ahí adentro.
Sprockel convirtió su casa en un laberinto de trampas artesanales, conocidas como “cazabobos”, que son mecanismos ocultos que se activaban con cables tensados y resortes. Su intención era espantar intrusos.
El plan por mucho tiempo parecía perfecto en su cabeza.
Esa noche, el extranjero terminó accionando accidentalmente uno de sus propios dispositivos. Cuando un vecino logró verlo desde la cochera que estaba abierta, lo encontró tendido en el pasillo. De inmediato, avisaron a las autoridades.
Según la investigación de aquella época, con dos trozos de cañería de tres pulgadas de diámetro, cerrado por un lado con un tapón exterior con rosca y un agujero en el centro. Dentro de ese tubo estaba colocado un cartucho de escopeta con perdigones.
A través del orificio podía pasar un pequeño pin, el cual accionaban fuertes resortes conectados a alambres finos y fuertes, por lo que una persona al tropezar iba a ser impactada.
Un caso más… o eso parecía
La alerta movilizó a la entonces Policía Técnica Judicial (PTJ), institución que años después se convertiría en el Organismo de Investigación Judicial.
Al frente iba el jefe de Homicidios: Carlos Luis Rodríguez Muñoz, un investigador respetado, quien tenía 48 años y casi tres décadas de experiencia. Sus compañeros lo recuerdan como un hombre de pocas palabras, pero de un gran compromiso.
Esa noche hizo lo que siempre: acompañar a su equipo e involucrarse en el nuevo caso.
La casa ya tenía presencia policial cuando llegaron. El ambiente era tenso. Nadie sabía con certeza qué había pasado. ¿Un homicidio? ¿Un accidente? ¿Un ajuste de cuentas?
La inspección comenzó con extremo cuidado.
El criminólogo Gerardo Castaing, quien también formaba parte del OIJ, recuerda cómo ese caso marcó a toda una generación de investigadores. Su relato conserva la tensión de aquel momento:
“Bueno, en ese año estaba empezando el OIJ y el jefe de Homicidios, era un señor Carlos Rodríguez, quien había pasado de la DIC, que era la Policía de Investigación de Seguridad Pública, al OIJ, porque ya la DIC iba a desaparecer.
“Cuando se dio el caso, ocurrido en el barrio La Guaria de Moravia, avisaron de que una persona estaba muerta dentro de una casa. Entonces, la ambulancia, así le decimos morguera, pasó a oficialidad de guardia, porque tenían que reportarse ahí, y le dijeron al oficial que iban a Moravia, al barrio La Guaria, a traer un cuerpo”.
Más adelante, Castaing recordó más detalles. “Ahí estaba el capitán Rodríguez; era un hombre maduro, serio, callado, no tenía mucha comunicación con la gente. Entonces, le dijo al chofer de la morguera: ‘¿Para dónde vas?’. El chofer de la morguera le contestó: ‘A traer un cuerpo allá, a Moravia’. Entonces, Rodríguez le dijo: ‘Espérate un momento, yo voy con vos, te voy a acompañar’ y se fueron”.
Castaing asegura que pocos minutos después llegaron al escenario y ya el grupo de inspecciones oculares había hecho su labor.
“El capitán les dijo a los que estaban que había que hacer siempre una segunda inspección. Entonces él y otro compañero entraron a la vivienda para encargarse de eso”, relató Castaing.
Esa decisión cambió todo. El asunto es que los oficiales encontraron una lista de armas que había en la casa, pero faltaba una, por lo que Rodríguez quería que la encontraran; luego hallaron una escopeta que no estaba registrada en la lista y su insistencia fue aún mayor.
La gaveta que nadie olvidó
Los investigadores creían haber controlado la situación. Varias trampas habían sido desactivadas. El peligro parecía disminuir.
Rodríguez se acercó hasta una cómoda, abrió una de las gavetas y una trampa dentro explotó y lo alcanzó en el tórax.
Sus compañeros reaccionaron de inmediato. Lo auxiliaron y lo trasladaron de urgencia al cercano Hospital Calderón Guardia. A pesar de los esfuerzos médicos, falleció.
Fue así como Carlos Rodríguez se convirtió en el primer agente judicial caído en cumplimiento del deber en Costa Rica.
Para quienes vestían placa, el golpe fue devastador. No solo perdieron a un jefe: perdieron a un referente en investigación y labor policial.
Castaing recuerda que el caso obligó a cambiar la mentalidad operativa:
“Por ejemplo, ahí, desde el punto de vista táctico, aprendimos que cuando nosotros llegamos a tocar una puerta, no lo hacíamos de frente. Nos hacemos a un lado… Porque uno no sabe a qué puede dar chance… Pero eso sí nos demostró que había que hacer ciertas actividades, ya protegiéndose y no poniéndose de frente. Muchas cosas cambiaron porque fue algo terrible para nosotros”, manifestó.
El adiós a un jefe
El funeral de Carlos fue multitudinario para despedirse de un hombre que siempre se negó a retirarse antes que su equipo.
Años después, su nombre quedó grabado en un monumento en la Plaza de la Justicia, frente a la Corte Suprema de Justicia.
Ahí permanece, encabezando la lista de quienes han fallecido en el cumplimiento de su deber.
Cuando la memoria se vuelve guía
Hoy, cada protocolo de seguridad, cada ingreso táctico y cada revisión minuciosa de una escena tiene algo de aquella noche en Moravia.
El barrio volvió a la calma, pero los años no han pasado por sus más antiguos habitantes.
“Eso fue algo de no olvidar; generaciones completas han escuchado la historia con el mismo dolor que nosotros la vivimos. Fue una tragedia y pudo ser peor, todo por una obsesión en una comunidad donde en esos años no pasaba nada. Yo seguí mucho la noticia, cada vez que sale algo o les rinden homenaje porque, la verdad, pensé mucho en las personas que ese investigador dejó”, expresó doña Flor.







