Adrían Galeano Calvo.31 mayo
El plan de Allan es arreglar el carro para que recorra las calles en honor a su hermano. Fotografía José Cordero
El plan de Allan es arreglar el carro para que recorra las calles en honor a su hermano. Fotografía José Cordero

Un Toyota Starlet del año 1983 es uno de los grandes tesoros de Allan Vargas Cortés, de 29 años, pues cada vez que ve ese chuzo recuerda a su hermano, José Eduardo, de 22 años, y todo el esfuerzo que este puso para armar ese carro y cumplir el sueño de ser un corredor profesional.

“En ese carro veo el esfuerzo que él siempre tuvo, era todo lo que tenía, la platita que le caía era para meterle cosas al carro, era el orgullo de él y el proyecto que tenía”, contó Allan.

José Eduardo, quien era piloto profesional de drift (técnica de conducir que consiste en derrapar con el carro), falleció en un accidente tránsito el 14 de octubre de 2016 sobre la ruta que comunica San José con Limón, específicamente a pocos metros de la gasolinera Tournón.

José Eduardo destacaba por su talento y habilidad en los derrapes. Foto cortesía familia Vargas.
José Eduardo destacaba por su talento y habilidad en los derrapes. Foto cortesía familia Vargas.

El joven falleció de forma instantánea luego de que el carro en el que viajaba como acompañante junto a un amigo se saliera de la pista y chocara contra uno de los postes del alumbrado eléctrico que antes separaban los carriles. El conductor, también de 22 años, sobrevivió al accidente.

Desde la trágica muerte de José Eduardo su amado chuzo se ha rehusado a volver a las calles, esto pese a todos los cuidados y el mantenimiento que le ha dado Allan, quien también es piloto profesional de drift.

“La idea con el carro es que mantenga la apariencia que tiene y que sea totalmente útil, para uso diario, para así sacarlo de vez en cuando, pero no para volver a competir”, explicó Allan.

Los hermanos Vargas, como son conocidos, empezaron a competir en el campeonato costarricense de drift en el 2014 y rápidamente se hicieron muy famosos por su talento en la pista, pero sobre todo por su humildad.

Desde pequeños los hermanos Vargas se hicieron inseparables. Foto cortesía familia Vargas.
Desde pequeños los hermanos Vargas se hicieron inseparables. Foto cortesía familia Vargas.
Trágica noche

Allan contó que aún recuerda la noche del accidente cómo si hubiera sido ayer, pues por cosas del destino él incluso pasó por ese lugar diez minutos antes de que todo ocurriera.

Esa noche Vargas llegó a su casa, en San Miguel de Santo Domingo de Heredia, y vio el carro y la moto de José Eduardo, por lo que pensó que su hermano ya había llegado y estaba durmiendo.

Pasada la medianoche Allan fue despertado por sus papás con la terrible noticia de que José Eduaro había fallecido.

“Me dijeron que él andaba con un buen amigo de nosotros que sobrevivió y que ya había salido del hospital, entonces me fui para la casa de él. Cuando llegué él estaba con su familia y no puedo describir cómo estaba”.

El día del fatal accidente Vargas viajaba en el asiento del acompañante. Fotos: Wilbert Hernandez.
El día del fatal accidente Vargas viajaba en el asiento del acompañante. Fotos: Wilbert Hernandez.

“Me enseñó que tenía como tres puntadas en el brazo, le pregunté que si solo eso le pasó porque tenía mucha sangre y me dijo que no era de él y bajó la cabeza, entonces yo lo abracé y le dije que estuviera tranquilo”, recordó.

Allan confiesa que muchos pensamientos estuvieron paseándose por su mente, de cómo todo hubiera sido diferente si él hubiese estado con ellos, pero al final entendió que lo sucedido forma parte del plan de Dios.

“Curiosamente ellos venían saliendo de un McDonald’s y yo ese día quería comerme unas papas ahí, y eso me estuvo en la cabeza por mucho tiempo”.

En cuanto al accidente, Vargas dijo que días después se enteraron de que todo se dio por un desperfecto mecánico, pues al carro se le dañó el eje trasero, por lo que esa parte se trabó y provocó que el chuzo pegara contra el poste.

“Normalmente mi hermano era el que manejaba, él se subía al carro de cualquiera y decía ‘yo manejo’, pero ese día el amigo le dijo que él iba a manejar”, dijo Allan vargas.
La casa de la familia Vargas está llena de recuerdos de José Eduardo, como este carro a escala del suyo. Fotografía José Cordero
La casa de la familia Vargas está llena de recuerdos de José Eduardo, como este carro a escala del suyo. Fotografía José Cordero
Recuerdos dan fuerzas

Doña Flor Cortés, mamá de los hermanos, también ha sufrido mucho por la muerte de José Eduardo, pero aseguró que ha encontrado las fuerzas para salir adelante en los recuerdos bonitos que le dejó su hijo.

“José Eduardo siempre me apoyó mucho en mis locuras, siempre me decía que si quería hacer algo que lo hiciera y me decía mucho ‘póngale’, entonces cuando hay cosas que quiero hacer yo me acuerdo de él”, dijo la señora.

Doña Flor dijo que el funeral de su hijo fue un momento muy duro, pero al mismo tiempo muy bonito, pues la iglesia donde se llevó a cabo estuvo repleta de personas que amaban a su hijo.

“Cuando yo lo vi en la caja fue como un shock eléctrico, pero sabía que él no estaba ahí y como mucha gente lo abracé, pero entendí que el que me hacía reír, el chichocillo ya no estaba ahí”, contó.

Pese a su corta carrera como piloto el joven pasaba en el podio. Fotografía José Cordero
Pese a su corta carrera como piloto el joven pasaba en el podio. Fotografía José Cordero

Doña Flor dijo que pese al dolor que aún siente, en su corazón hay mucha paz, sobre todo porque tres días antes del accidente, cuando José Eduardo se compró una moto, ella y su esposo oraron y lo entregaron a Dios.

“Lo que tengo en mi mente y en mi corazón vale más que todas las fotos, tengo muy buena memoria, entonces yo valoro muchos los recuerdos que tengo con él”, dijo Flor Cortés.
Último rugido

Allan recordó que para el funeral de José Eduardo le pidió a unos amigos que le ayudaran a arreglar el carro de su hermano, pues él deseaba manejarlo hasta el cementerio en su honor.

“Yo iba manejando el carro de él, y es algo extraño porque uno dice que los carros tienen su espíritu propio, cuando lo aceleraba el carro tiraba unos fogorones, algo que yo nunca había visto y el carro no tiene nada para que le salieran unas llamas así”, detalló.

Ese triste día el chuzo de José Eduardo sufrió un daño y desde entonces no ha vuelto a las calles como lo hacía antes.

Allan dice que lo que más extraña de su hermano es la compañía incondicional. Fotografía José Cordero
Allan dice que lo que más extraña de su hermano es la compañía incondicional. Fotografía José Cordero

“Se arregló y se sacó y otra vez se dañó, se sacó y lo golpeé, se volvió a sacar y falló, no ha querido hasta el momento, entonces tengo que agarrarlo con más calma, con más cariño y dejar que todos esos sentimientos viejos se queden ahí un poco y seguir con el proceso del carro”, añadió Vargas.

Inseparables

La vida de Allan cambió por completo desde la muerte de José Eduardo, pues desde muy pequeños eran inseparables, siempre se acompañaban en todas sus locuras.

“Con él siempre fue un compartir de todo, la pasión por los motores fue bastante después, primero anduvimos mucho compitiendo en bici y luego fue cuando nos dio por los motores, porque para mí siempre había sido un sueño poder competir”, contó.

La fiebre de los motores la compartieron durante el 2015 y 2016, años en los que el menor de los hermanos demostró tener un talento nato para las carreras.

José Eduardo es recordado como un muchacho sencillo y humilde. Foto cortesía familia Vargas.
José Eduardo es recordado como un muchacho sencillo y humilde. Foto cortesía familia Vargas.

“Él se visualizaba en una categoría fuera del país en el deporte, puedo asegurar que él como piloto tenía mejores características y habilidades que yo y sé que podía lograr eso, sé que eso era lo que José tenía en el corazón”, mencionó.

Aunque mucho del tiempo que pasaban juntos lo hacían sobre cuatro llantas, Allan dijo que el último recuerdo bonito que tiene de su hermano fue un paseo en moto que dieron una noche antes del accidente.

“Por esa sensación de que eso fue lo último que hicimos juntos me encanta andar en moto y ahora compito en rallies de motocicletas de alto cilindraje”, contó.

22 años tenía José Eduardo Vargas cuando ocurrió el accidente
Nunca soltar el gas
Esta fotografía es de un homenaje hecho al piloto poco después del accidente. Foto cortesía familia Vargas.
Esta fotografía es de un homenaje hecho al piloto poco después del accidente. Foto cortesía familia Vargas.

Pese a su juventud, Allan y su mamá recuerdan a José Eduardo como un muchacho muy maduro, que en muchas ocasiones se convirtió en ese apoyo que necesitaban para salir adelante de una situación difícil.

Esa característica del joven es recordada por sus seres queridos en una frase que él solía usar mucho: “no soltar el gas”, y con la cual se refería a que había meterle ganas para superar las adversidades que surgieran en el camino.

“Él fue superluchador, no le importaba que las circunstancias estuvieran en su contra, nunca aflojaba el gas, era apasionado en lo que hacía, lo vivía, a mí me gustan los carros y los motores, pero hay otras cosas que disfruto, pero él dormía, comía y vivía todo lo que era con motores”, recordó.

Allan contó que a diario extraña la compañía de su hermano, pero aseguró que le da paz saber que él está en un lugar mejor y que desde allá arriba los esta cuidando a todos.

Los amigos más cercanos de José de Eduardo le regalaron esta foto familiar a los papás del piloto. Fotografía José Cordero
Los amigos más cercanos de José de Eduardo le regalaron esta foto familiar a los papás del piloto. Fotografía José Cordero