No fue una huella, ni una cámara, ni un testigo. Fueron pelos de un perro los que permitieron resolver un cruel asesinato al establecer la relación entre el lugar del hallazgo del cuerpo y el sitio de muerte.
Dentro de una caja de cartón, donde alguien intentó ocultar un cuerpo humano como si se tratara de un objeto más, los peritos encontraron el rastro que terminaría desarmando un crimen que tres sospechosos quisieron hacer pasar por perfecto.
El 26 de marzo del 2007, el cuerpo del empresario Armando Jiménez, de 47 años, apareció dentro de la caja de un televisor, colocada en el cajón de su propio pick up, abandonado en una alameda de Hatillo 7, en San José.
A varios vecinos les extrañó ver el carro estacionado tantas horas en ese sitio, por lo que alguno llamó a la Fuerza Pública.
Cuando la patrulla al mando del oficial Marco Barrera llegó e inspeccionó el vehículo, encontraron el cuerpo en la caja, con un pañuelo en el cuello que indicaba que el hombre había sido asfixiado.
El hallazgo se dio a las 10:40 de la mañana. Además del cuerpo en la caja, había zacate, un estereofón y pelos. Estos últimos hallazgos, hasta ese momento, parecían insignificantes.
“Ese día yo salía de la casa para hacer unos mandados y vi el carro estacionado con la caja, pero en ese momento no pensé nada extraño. Pasaron las horas y cuando volví, la policía tenía cercada toda la zona. Cuando pregunté a otros vecinos, me dijeron que había un cuerpo en una caja de un televisor. La verdad, no podía creerlo y aún no puedo hacerlo. Es increíble que exista gente con tan malos sentimientos”, dijo Carlos Mora, vecino de Hatillo 7.
Don Carlos aseguró que, aunque pensaban que era alguien de la zona, luego se supo que la víctima era un empresario.
“Fue sumamente doloroso ver a los familiares cuando identificaron al señor. Aquí en el barrio nadie se olvida de eso”, dijo.
Jiménez no llevaba reloj, ni cadena, ni billetera, ni celular. Solo un estuche vacío de teléfono. Había sido despojado de todas sus pertenencias. Eso permitió establecer que el móvil del crimen había sido el robo.
“La autopsia reveló que murió por asfixia mediante estrangulación con un lazo doble. Además, se encontraba en estado de ebriedad, lo que lo colocó en una condición de extrema vulnerabilidad”, dijo una fuente judicial que participó en el caso y pidió no ser identificada.
Los expertos en biología forense analizaban otro detalle: los pelos encontrados dentro de la caja.
“En el sitio del hallazgo había como un zacatal. El cuerpo tenía zacate que le pusieron para taparlo, pero se determinó que era del mismo sitio”, recordó el judicial.
El rastro animal
Los dictámenes de la Sección de Biología Forense del OIJ confirmaron que los elementos pilosos hallados en la caja del televisor y en el cuerpo de la víctima correspondían a un perro, que sería de la raza chow chow.
Armando salió la noche del 25 de marzo del 2007 con una mujer de apellido Barrantes, quien, según estableció la Fiscalía, fue utilizada como señuelo dentro de un plan criminal.
Ellos fueron presentados por una amiga en común.
“Ambos estuvieron en un famoso bar ubicado en Barrio México hasta pasada la una de la madrugada. Durante ese tiempo, el celular de la víctima empezó a registrar una cantidad inusual de llamadas con el teléfono de otro de los imputados, de apellido Navarro”, dijo el judicial.
Las comunicaciones se extendieron hasta las 2:31 de la madrugada, cuando se registró la última llamada desde el teléfono de Jiménez. Para ese momento, el rastreo ya se ubicaba en la zona de Hatillo.
Después de eso, el celular dejó de funcionar.
Según el expediente del caso, Barrantes llevó a la víctima hasta un apartamento en Hatillo 5, propiedad de Wright. Allí lo estrangularon y lo despojaron de sus pertenencias.
Las llamadas permitieron a los agentes del OIJ establecer a los sospechosos.
Tres meses después, durante un allanamiento al apartamento de Wright, los peritos encontraron pelos con el mismo patrón tricológico (se refiere a las características específicas de un cabello o conjunto de cabellos, como grosor, color, forma del bulbo, fase de crecimiento).
El resultado fue contundente: eran indiferenciables. Tenían un mismo origen los encontrados en la caja y los hallados en ese apartamento.
“La caja del televisor y el cuerpo de Armando Jiménez habían estado dentro de ese apartamento”, dijo el judicial.
Sin embargo, por más que los agentes buscaron al perro, este no apareció. Solo sabían que se trataba de un chow chow.
El detalle terminó de cerrar cuando un testigo reveló que Wright, su vecino, tenía un perro que luego desapareció. Efectivamente, era un chow chow.
“No hubo necesidad de que el perro apareciera porque ya se tenían las muestras de los elementos pilosos de ambas escenas y la versión del testigo”, explicó el investigador.
El televisor que delató el plan
“En esta caja aparecieron pelos de perro del mismo origen y patrón tricológico indiferenciable, de pelos de perro encontrados en el apartamento de (imputado), lo que revela que el ofendido y la caja estuvieron en el sitio, sin que exista lugar para las especulaciones del impugnante, de que la caja estuvo probablemente a la intemperie y alguien la utilizó, lo cual es realmente imposible, por el estado de conservación que presentaba la caja –casi nueva”, indica una de las apelaciones del caso.
“Señala el informe policial cuando aún ni siquiera se había encontrado el televisor, siendo una caja de cartón que es poco resistente a las inclemencias del tiempo que ya impera para esa época, de manera que es poco probable que alguna persona la haya tomado de la calle para ocultar el cuerpo”, añadía el informe.
La caja del televisor fue sacada con ayuda de un vecino que jamás imaginó que lo que llevaba era el cuerpo del empresario y que, al percatarse de la situación, no dudó en hablar con las autoridades, porque, según declaró en el juicio, el mismo imputado le confesó el asesinato.
Durante la investigación, los agentes determinaron que al día siguiente del homicidio, el televisor fue sacado del apartamento con urgencia. Wright pidió ayuda a un conocido para llevarlo a una casa de empeños conocida como La Cueva.
El traslado se hizo en taxi. La boleta de empeño quedó a nombre del testigo, pero el dinero fue para Wright. Minutos después, el imputado lanzó el comprobante por la ventana del vehículo.
La prisa por deshacerse del aparato coincidía con una noticia que ya circulaba en todos los medios: un cuerpo había aparecido dentro de una caja de televisor en Hatillo.
Lo que los imputados no sabían era que la caja ya había “hablado”.
Un crimen sin testigos, pero con pruebas
No hubo testigos directos del homicidio. Nadie vio el momento exacto en que Armando Jiménez fue asesinado. Pero la suma de indicios fue demoledora.
Las llamadas telefónicas, el recorrido de la víctima, el abandono del vehículo, el empeño del televisor, la cercanía entre el apartamento y el sitio donde apareció el cuerpo y, por supuesto, los pelos del perro.
Para los jueces, la prueba indiciaria fue suficiente para reconstruir la escena completa.
Tres personas fueron llevadas a juicio y sentenciadas: Navarro, Wright y Barrantes. A cada uno se le dictaron 20 años de cárcel el 19 de noviembre del 2008.
El recurso y la sentencia
Las defensas intentaron revertir la condena mediante recursos de casación, alegando dudas sobre la ubicación de las llamadas y la ausencia de pruebas directas.
Sin embargo, la Sala rechazó los reclamos y ratificó que la prueba indiciaria era sólida y suficiente para establecer la responsabilidad penal.
Un crimen planeado
La Fiscalía sostuvo que el homicidio no fue un hecho fortuito, sino un plan premeditado.
Armando Jiménez era conocido entre sus amigos como un hombre trabajador y sociable.
“Le gustaba mucho salir y era una persona alegre. Fue un buen amigo y, aun después de tanto tiempo, su crimen sigue siendo muy doloroso para quienes lo recordamos”, dijo un allegado de apellido Ferllini.
La investigación por este caso, por la cantidad de pruebas y el trabajo realizado por los agentes, recibió el premio a una de las mejores del año que otorga el OIJ.









