Doña Isabel Álvarez lleva casi cuatro años viviendo con una angustia que no descansa, una espera que se volvió parte de su rutina y la esperanza intacta de que algún día suene el teléfono y al otro lado esté la voz de su sobrino, Josué Peñate Álvarez.
Josué, de 33 años, no era solo su sobrino. “Era como un hijo para mí”, repite Isabel, con la voz cargada de nostalgia.
Antes de desaparecer, él vivía con ella en Medellín, Colombia, donde trabajaba en una empresa de cajas de cartón.
Ella nos contó que él era un hombre sencillo, alegre a su manera, aunque no le gustaba beber ni bailar. Había crecido en un hogar cristiano, y eso, dice su tía, marcó su forma de ser.
“Siempre decía que quería dejar de ser pobre”, recuerda Isabel. Ese anhelo fue el que lo llevó a tomar una decisión que cambiaría todo: dejar su trabajo y buscar una oportunidad lejos de casa.
Un día, sin muchos detalles, le dijo a su tía que se iba a trabajar a otro lugar. Pasaron días sin saber de él. Isabel lo llamaba, le escribía, pero los mensajes no llegaban. La angustia comenzó a crecer. Hasta que, de repente, el teléfono sonó.
“Me llamó y me dijo: ‘Tía, estoy en Costa Rica’”, cuenta. Era agosto de 2022. Josué había llegado a Limón, excatamente a Puerto Viejo, de manera irregular, buscando trabajo, buscando un futuro distinto.
A pesar de la distancia, los dos mantuvieron la comunicación.
Él le contaba que estaba trabajando, que se hospedaba en un hotel pequeño y que, aunque estaba ilegal, iba saliendo adelante. Su sobrino le hacía videollamadas y eso le daba la paz, al verlo bien y tranquilo.
Fueron meses de llamadas constantes. Porque si algo tenía Josué, era que sabía cuánto se preocupaba su tía.
“Él no pasaba sin llamarme. Sabía que yo me angustiaba, me desesperaba”, comentó.
Pero todo cambió el 31 de diciembre de ese mismo año.
Ese día, a las 2 de la tarde, Josué la llamó con una noticia que llenó de ilusión a la familia: regresaría a Colombia, estaba desesperado por volver.
“Me dijo que iba a volver, que regresaba en lancha con otros muchachos, eran 4, ese día no había buena señal y me dijo que me llamaba a las 7 de la noche, esa fue la última vez que eso ocurrió”, dijo.
“Nunca llegaron. Nunca hubo rastro. Nunca hubo respuestas. Lo esperamos y lo seguimos esperando”, añadió.
La familia dio aviso a la guardia costera, denunció el caso en la Fiscalía en Colombia, tocó puertas en consulados y embajadas. Pero lo único que encontraron fue incertidumbre. Les dijeron que no había registros, que era difícil rastrear a personas que ingresan de manera irregular, que incluso muchos cambian de nombre.
Y así, Josué se convirtió en un desaparecido.
“Esto es más difícil, creo, que enterrarlo. A mí se me murió un hijo pero yo puedo ir al cementerio y dejarle unas flores, sé dónde está, pero con Josué no sabemos dónde está, qué le pasó… no sabemos nada”.
La tía asegura que el dolor se le metió en el cuerpo luego de la desaparición. Ella se enfermó cuando él desapareció, todavía hay noches que le cuesta dormir pensando en él.
Josué dejó también un vacío enorme en otros corazones. Era padre de un niño y figura paterna de una niña que no era suya, pero que él amaba como si lo fuera. De un día para otro, ambos se quedaron sin ese hombre que los protegía y les daba amor.
Hoy, casi cuatro años después, Isabel sigue esperando.
A veces imagina que él va a aparecer por la puerta de la casa, como si nada hubiera pasado. Otras veces, simplemente se queda mirando el teléfono, esperando que suene.
“Yo pensé que a los tres días me iba a llamar, apenas regresara… pero aún espero esa llamada”, dice.
Para poder seguir adelante, la familia se aferra a la fe. “Nos agarramos de la mano de Dios y nos apoyamos unos a otros. Somos una familia muy unida”, asegura.
A pesar de las limitaciones económicas, han hecho todo lo que está a su alcance para encontrarlo. No han dejado de buscar, ni de preguntar, ni de pedirle al cielo alguna señal.
Sin embargo, lo más duro es no poder decirle a la Policía dónde fue la última vez que lo vieron, ni si se subió en aquella lancha. Ni Josué ni los otros hombres. Tampocos saben si se trató de una desgracia en el mar.
Doña Isabel asegura que ella no pierde la esperanza de poder volver a abrazar a algún día a su sobrino, pues las investigaciones nunca llevaron a nada.


