Una de las tragedias marítimas más recordadas en la historia de Costa Rica cobró la vida de 50 personas y dejó decenas de heridos, en un suceso que conmocionó a Costa Rica y bautizó un lugar en la zona sur del país como la “Zona de las Almas”.
El barco era conocido como H-E.
La embarcación, que pesaba aproximadamente 50 toneladas, realizaba el recorrido entre Puntarenas y Puerto Cortés con 132 pasajeros a bordo, sin contar a los niños ni a la tripulación; la cifra podía llegar a 150 personas.
Aquel 13 de mayo de 1947, entre los ocupantes viajaban mujeres, adultos mayores y comerciantes; en medio de un mar que se encontraba agitado y la oscuridad de la madrugada dificultaba la navegación.
Carlos Campos no olvida aquella historia; él iba en ese barco con su abuelito y, aunque era pequeño para recordar, su “tito” Carlos le recordó una y otra vez la odisea que vivieron en el mar y que a ambos casi les cuesta la vida.
“Mi abuelo era comerciante, por eso nos subimos al barco; nosotros somos parriteños, y mi abuelo me jalaba porque decía que yo tenía que hacerme un hombre de trabajo y andar con él. Ese era mi primer viaje y también el último, porque nunca más me subí a un barco, menos a un bote”, relató Carlos.
El H-E era uno de los principales medios de transporte marítimo entre Puntarenas y Puerto Cortés.
“Mi abuelo viajaba en el barco a cada rato, entonces no le daba miedo; era la manera más fácil de viajar, porque las carreteras de esa época eran escasas. Lo más fácil para comerciar era el barco. Recuerdo que zarpamos de Puntarenas, iba mucha gente y para mí era toda una aventura”, recordó a sus 89 años.
“Entre los viajeros había familias completas, comerciantes, adultos mayores y trabajadores que buscaban llegar a sus destinos; una vez ya en el barco, vimos a un tío mío”, añadió.
Un presentimiento en medio del mar
Carlos recuerda que todo se veía muy oscuro y el mar estaba picado, lo que tenía a su abuelo nervioso.
Aun así, el barco avanzó hasta su primera parada en Quepos. Allí, 54 pasajeros descendieron, se descargó parte de la mercadería y otros viajeros abordaron la nave para continuar el recorrido hacia Puerto Cortés. Entre quienes decidieron bajarse estaba Carlos, su abuelo y su tío.
“Mi abuelo decía que estaba muy mareado, que no quería seguir y que no sabía qué era lo que sentía en el cuerpo, como un frío, un desasosiego, pero se quería bajar; yo, como era pequeño, estaba asustado y también me quería bajar; entonces agarramos los sacos de azúcar que llevábamos y nos bajamos, para irnos a dormir donde una tía.
Un ahijado de mi abuelo sí siguió la ruta; él le dijo: ‘Bájese, vamos con nosotros, el mar está picado, mejor no seguir, no hay prisa’, pero al muchacho le urgía llegar. Una mujer parece que lo esperaba”, dijo.
Un barco en el que todos confiaban
Para la gente, el H-E era un barco muy seguro; nunca habían escuchado de alguna emergencia o algo que les hiciera dudar para subirse. El dueño del barco era un señor llamado Carlos Esquivel, al que todos respetaban y le tenían afecto.
Cuando Carlos y su familia recibieron la noticia de la tragedia no lo podían creer; había muchos conocidos para ellos que sabían se fueron en el barco.
“Mi abuelo decía que estaba muy mareado, que no quería seguir y que no sabía qué era lo que sentía en el cuerpo, como un frío, un desasosiego, pero se quería bajar. Yo, como era pequeño, estaba asustado y también me quería bajar; entonces agarramos los sacos de azúcar que llevábamos y nos bajamos, para irnos a dormir donde una tía.
“Un ahijado de mi abuelo sí siguió la ruta; aunque él le advirtió: ‘Bájese, vamos con nosotros, el mar está picado, mejor no seguir, no hay prisa’, pero al muchacho le urgía llegar. Una mujer parece que lo esperaba”, comentó.
Una decisión que cambió destinos
La tragedia comenzó a gestarse poco después de que el barco abandonara Quepos.
Según investigaciones posteriores, el capitán Alberto Ampié dejó a un marinero de apellido Morales al mando del timón, con instrucciones precisas sobre la ruta que debía seguir. No obstante, el marinero habría cambiado el rumbo con la intención de llegar más rápido a Puerto Cortés, sin tomar en cuenta las condiciones del mar.
Frente a Uvita, la embarcación impactó contra una roca conocida como “La Viuda”, que formaba parte de un arrecife en la zona que hoy se conoce como Bahía Ballena. El golpe fue devastador.
El barco comenzó a desintegrarse y, en cuestión de minutos, los pasajeros fueron lanzados al agua. Gritos de auxilio, desesperación y miedo se apoderaron del mar.
Algunas personas lograron nadar y aferrarse a restos de la embarcación, mientras otras desaparecieron entre las olas tras luchar durante horas por sobrevivir.
El rescate en medio del dolor
La lancha “María Mercedes”, que navegaba cerca del lugar, logró rescatar a varios sobrevivientes. Sin embargo, la magnitud del desastre obligó a movilizar a pescadores, vecinos y tripulaciones de otras embarcaciones, quienes durante días recorrieron el mar en busca de víctimas.
Dos barcos de una compañía bananera anclados en Puerto Cortés se sumaron a las labores de rescate. La embarcación “La Modesta” logró localizar parte del H-E encallado, donde fueron hallados varios fallecidos y siete sobrevivientes que se aferraban a los restos del barco. Uno de esos hombres era el ahijado de don Carlos que se había salvado.
La furia del mar dificultó las labores y dejó escenas que marcaron a quienes participaron en el rescate. En total, las autoridades lograron recuperar 30 cuerpos, mientras que otras 20 personas nunca fueron encontradas, lo que aumentó la angustia de los familiares.
Los restos de las víctimas fueron sepultados el 26 de mayo de 1947 en Puerto Cortés, en medio de ceremonias cargadas de dolor.
Algunos sobrevivientes relataron años después que el naufragio se prolongó durante varias horas hasta la llegada de ayuda. También denunciaron que, en medio de la emergencia, algunos tripulantes intentaron rescatar pertenencias del barco antes que auxiliar a los pasajeros.
Recuerdos que viven en el mar
El impacto emocional del naufragio trascendió generaciones. Francisco Vargas relató en 2013 a La Teja la experiencia que había vivido en el barco. Él tenía 13 años cuando ocurrió la tragedia y recuerda cómo durante varios días embarcaciones de distintos puntos llegaron a la zona para colaborar en la búsqueda de sobrevivientes y fallecidos.
Vecino del barrio Ojo de Agua en Ciudad Cortés, Vargas relata que el H-E era una embarcación muy popular, pues brindaba servicio de transporte entre Puntarenas y esa región. Sin embargo, también recuerda que existían comentarios sobre la sobrecarga de mercadería y pasajeros en algunos viajes.
Además, menciona que meses antes del accidente el barco había sufrido un percance, cuando estuvo cerca de volcarse al salir de Puntarenas, situación que ya generaba preocupación entre algunos habitantes.
Con el paso del tiempo, pescadores y vecinos comenzaron a llamar al sitio del accidente como la “Zona de las Almas”, un nombre que refleja el respeto y el recuerdo hacia quienes perdieron la vida en el mar.
Justicia y memoria
Tras el naufragio, las autoridades comenzaron investigaciones para determinar responsabilidades. En un inicio, se buscó responsabilizar al capitán Ampié; sin embargo, en mayo de 1950, la Sala Primera determinó que la culpa recaía en el marinero que había cambiado la ruta establecida.
Los familiares de las víctimas recibieron una indemnización total de ₡400 mil, cifra que en la actualidad equivaldría a más de ₡300 millones.
El marinero, por su parte, cumplió una condena que con el paso del tiempo fue vista por muchos como insuficiente ante la magnitud de la tragedia.
Hoy, casi ocho décadas después, el naufragio del H-E continúa siendo recordado como un episodio que marcó la historia del país.
Para sobrevivientes, como don Carlos Campos, el recuerdo sigue vivo, no solo como una tragedia nacional, sino como una experiencia personal que cambió su destino para siempre.
“Han pasado demasiados años, pero uno no olvida. A veces, me acuerdo y siento nostalgia; la muerte nos rodeó, pero esa vez no nos alcanzó”, dijo el pensionado.








