Erick Quirós.26 noviembre, 2017
El que don Alexánder pueda contar el cuento es un verdadero milagro. Foto de Keyna Calderón
El que don Alexánder pueda contar el cuento es un verdadero milagro. Foto de Keyna Calderón

Desde muy jovencito Alexánder Quesada González ha sido muy breteador; sin embargo, hubo un momento en el que ir a trabajar era toda una prueba para el vecino de Ochomogo de Cartago. Esto porque fabricaba cuartos de dinamita, bombetas y otros artículos cargados de pólvora.

El 11 de marzo de 1987, don Alex fue víctima de las llamas que devoraron la fábrica de pólvora Faisa, que para ese entonces quedaba después del cruce de Taras, subiendo a Ochomogo, en Cartago.

En aquel momento, cuando apenas tenía 16 años, ocurrió una explosión que lo marcó de por vida en sus brazos, sus espalda y sobre todo en su mente, pues le agarró una idea a la pólvora, que 30 años después sigue sin superar, aunque su vida ahora es normal.

Alex, conocido como Solón, estuvo al lado de cuatro compañeros que murieron en la explosión, por eso, que cuente el cuento se puede catalogar como un verdadero milagro.

Con el paso de los años las cicatrices de su espalda se han ido borrando, así como el trauma por lo vivido ese día. Foto Keyna Calderón
Con el paso de los años las cicatrices de su espalda se han ido borrando, así como el trauma por lo vivido ese día. Foto Keyna Calderón
Un miércoles trágico

El día del accidente cayó miércoles, como siempre, el brumoso se encontraba en un cuarto donde hacían bombetas doble trueno, en frente, sus compas fabricaban las de luces.

De pronto, escuchó un estruendo enorme, tropezó con algo y hasta ahí... después de eso todo se borró.

El resultado de ese bombazo fueron cuatro de sus compañeros fallecidos. Alexánder no tiene ni idea de cómo logró salir de semejante accidente.

"A la fecha no se sabe si fue un corto circuito o qué pasó, el incendio inició ahí y fue muy duro porque el muchacho que estaba en frente mío murió, el que estaba con él también y el compañero que estaba a la par mía fue otra víctima", aseguró.

La única explicación que encuentra para decir por qué está contando el cuento es que Dios no quiso llevárselo en ese momento.

"Tengo una laguna mental, yo me tropecé y cuando me desperté estaba como a los siete metros, estaba en una segunda planta y de repente estaba cerca de la salida, tuve que haber rodado porque tenía los brazos llenos de polvo, sí sentía que me había quemado la espalda y los brazos", recordó.

No quiso ni volver a ver hacia atrás para ver cómo estaba el lugar, solo tenía en la mente salir y correr por su vida. Una vez que encontró por dónde escapar, se montó a un carro del ministerio de Salud que ya estaba en el sitio

"Siento que el impacto de la explosión me hizo sacado, es algo tan traumante que lo bloqueé por completo", afirmó el sobreviviente de ahora 46 años.

En su brazo derecho es donde tiene la cicatriz más grande. Keyna Calderón.
En su brazo derecho es donde tiene la cicatriz más grande. Keyna Calderón.
Marcas de por vida

Lo que muchos disfrutan cada fin de año, para Quesada fue un martirio por mucho tiempo, ya que el estallido de bombetas y los colores de un juego de pólvora le traían amargos recuerdos.

En un principio le daba hasta taquicardia, algo que fue controlando con el pasar de los años. Ahora, solo ignora lo que sucede a su alrededor, generalmente, para la época de diciembre.

"No soy amante de la pólvora, si tengo que ver un juego lo veo, pero no me llama la atención, intento más bien ignorarlo. Varias veces me han invitado a alguna actividad en la que hay juego de pólvora, pero prefiero estar lejos de eso", dijo.

También, le costó socializar como cualquier otro muchacho de su edad, debido a la pena que le daba que le vieran las cicatrices del accidente.

"Ahora para mí es más normal, pero me costó mucho porque quedar con cicatrices en la espalda y los brazos no fue nada bonito, yo era medio vanidoso y quedé con un complejo y por eso solo usaba camisas de manga larga, iba a la playa y la gente se me quedaba viendo, ese fue el motivo por el que me costó tanto superarlo, después de unos cuatro años acepté que yo era así y que tendría que vivir con esas marcas por el resto de mi vida", dijo el ahora supervisor en una fábrica de alimentos.

Tampoco intenta tocar mucho el tema con su familia, es algo delicado que con el paso de los años todos han sabido entender.

A pesar de todo el golpe físico y emocional, don Alex asegura que tiene gran amistad con la familia de don Custodio Calvo, dueños de la fábrica de pólvora.

"Me llevo muy bien con toda la familia, son personas bastante atentas, no tuvieron la culpa de lo que pasó, por dicha tenemos una bonita amistad", señaló.

Don Alex espera que este año no se dé ningún accidente con pólvora y por eso aconsejó a las personas que piensan ponerle sonido y color a sus celebraciones en el fin de año.

"Primero deben de estar muy seguros de lo que hacen, tener buen espacio y no exponerse y menos a los niños. La pólvora es algo a lo que hay que tenerle mucho respeto", sentenció.