Evelyn Arce, Keyna Calderón.11 junio, 2017

Franklin Guillén Hernández recuerda muy bien qué ocurrió la mañana del 18 de enero de 1965 en el Sanatorio Durán, en Tierra Blanca de Cartago. 

El brumoso, quien tiene ahora 71 años, pasó aquel día por esa dura experiencia cuando tenía apenas 19 años.  

Don Franklin Guillén recuerda a sus papás, Salvador y Marcelina, con esta foto. FOTO: KEYNA CALDERÓN
Don Franklin Guillén recuerda a sus papás, Salvador y Marcelina, con esta foto. FOTO: KEYNA CALDERÓN

Su mamá, Marcelina Hernández, que había quedado viuda a los 39 años, salió temprano de su casa para ir a trabajar en el comedor de empleados del Sanatorio Durán. Se despidió y se fue pero nunca regresó al hogar donde la esperaban seis hijos. 

Un guarda conocido como "Josecillo Puñales" le había puesto el ojo a Marcelina, pero ella no le daba pelota, no estaba interesada en otros hombres después de haber quedado viuda. A su marido, Salvador Guillén, lo habían asesinado en 1955.

Sabiendo que Josecillo la molestaba, Franklin acostumbraba ir a dejarla y a recogerla al trabajo.   

Josecillo estaba acostumbrado a ver que madre e hijo caminaban juntos del trabajo a la casa y viceversa, pero unos días antes de matar a Marcelina se dio cuenta de que un conocido había ido a encaminarla hasta su vivienda después de las fiestas dedicadas a los Reyes Magos y eso lo  volvió loco.  

Marcelina pasó tranquila el fin de semana en su casa, al lado de su familia, pero cuando regresó el lunes al trabajo a las 6 a.m.  se topó con la pesadilla. El guarda la esperaba en un lugar al que llamaban "la construcción", muy cerca del Sanatorio. Varios disparos rompieron la calma de la mañana.

Don Franklin cuenta qué pasó aquel día: "Me dijeron que él (el guarda) le dijo a mi mamá que la iba a matar porque si no era para él no era para nadie y le pegó tres balazos. Mi mamá murió ahí mismo, la llevaron al hospital pero ya no había nada qué hacer". 

El lugar que señala Franklin Guillén en la imagen es el que llamaban
El lugar que señala Franklin Guillén en la imagen es el que llamaban "la construcción". FOTO: KEYNA CALDERON

Aquel 18 de enero la mala noticia encontró a Franklin en una finca de papas de Potrero Cerrado. "Yo estaba trabajando en el campo y llegó un primo a decirle al patrón lo que había pasado, pero no me dijeron exactamente qué. Me llamaron aparte y me salieron con que algo estaba pasando con un tío, que me fuera para la casa. Cuando llegué  mi tía Enriqueta (Hernández) me dijo que a mi mamá la habían matado, que fuera al Sanatorio", recuerda.

Cuando llegó se habían llevado el cuerpo para el hospital de Cartago con la fe de que aún estuviera con vida. 

"La hermana Margarita (administradora del Sanatorio Durán) me dijo que fuera al hospital, pero cuando llegué me dijeron que no se pudo hacer nada", contó. 

Josecillo la había baleado tres veces en la cabeza y le había destrozado una parte de la cara.  Esa fue la razón por la cual a la familia le recomendaron no ver a Marcelina y enterrarla inmediatamente. 

"Ya en la tarde, como a las cuatro, la enterramos. Todo fue muy rápido", explica el hijo. 

Salvador Guillén y Marcelina Hernández perdieron la vida trágicamente. FOTO: KEYNA CALDERÓN
Salvador Guillén y Marcelina Hernández perdieron la vida trágicamente. FOTO: KEYNA CALDERÓN
Se confesó con monja

"Josecillo Puñales" no pudo con su conciencia y después del crimen fue a confesárselo a la hermana Margarita, la monja que dirigía el Sanatorio. 

Fue la religiosa quien entregó al guarda a las autoridades de Cartago para que enfrentara la justicia.

"Josecillo" fue encerrado en la cárcel de Cartago después de que le pusieron una pena de 20 años. 

Pasó un tiempo en la prisión brumosa, el actual Museo Municipal de la provincia, y de ahí lo llevaron luego a la Penitenciaría Central de San José. Lo trasladaron porque en la Vieja Metrópoli trabajan policías familiares del papá de Franklin y las autoridades querían evitar alguna venganza. 

El asesino pasó los últimos años de su condena en la isla de San Lucas, a donde pidió que lo pasaran porque deseaba estar lejos de Cartago. San Lucas era entonces el penal más duro del país, el sitio al que mandaban a los criminales más peligrosos.

"Algunas personas que lo conocían y lo fueron a visitar a la cárcel nos decían que  él les contaba que estaba arrepentido por el crimen y que todos los días, tipo 6:30 de la mañana, recordaba lo que había hecho con mi mamá", explica Franklin.

Como los hijos de Marcelina quedaron huérfanos se hicieron cargo de ellos sus abuelos y Enriqueta, una tía. 

Guillén recuerda que a pesar de estar viuda (ver nota aparte) su mamá no se interesó en formar pareja con otra persona. 

Tanto Franklin como sus otros dos hermanos varones y sus hermanas le pedían a su mamá que no estuviera con ningún otro hombre y ella decidió complacerlos.

"Este señor (Josecillo) tenía mucho tiempo de trabajar en el Sanatorio, nosotros lo conocíamos de vista. Uno jamás imaginaba que en el campo eso (un asesinato) podía pasar. Antes no había nada de eso de que se pudiera denunciar algún tipo de acoso, nada de eso existía, pero jamás pensamos que él haría eso con mi mamá", dijo. 

El Sanatorio Durán abrió en 1918 y se cerró en 1973. Fue considerado un hospital de primer mundo y era para atender a alrededor de 300 enfermos de tuberculosis. Su fundador fue el doctor Carlos Durán Cartín.