Silvia Núñez.24 septiembre, 2017
Heidy es una mujer admirable. Ninguna de las dificultades que ha vivido le ha quitado el empuje y las ganas de seguir y de vencer. Foto: Rafael Pacheco
Heidy es una mujer admirable. Ninguna de las dificultades que ha vivido le ha quitado el empuje y las ganas de seguir y de vencer. Foto: Rafael Pacheco

Una bala perdida acabó con el deseo de Heidy Arias Ovares de volver a caminar, pero no afectó en nada su deseo de salir adelante y eso explica por qué hoy es una campeona del asfalto.

Vamos a la noche del 2 de febrero de 2001, cuando esta vecina de San Rafael de Escazú se disponía a pasarla bien con unos amigos del trabajo. Heidy tenía entonces 20 años y trabajaba como mesera en el restaurante TGIF de Escazú.

Luego del accidente Heidy regresó a trabajar como mesera y hasta ayudaba en la cocina. Eyleen Vargas / Archivo La Nación
Luego del accidente Heidy regresó a trabajar como mesera y hasta ayudaba en la cocina. Eyleen Vargas / Archivo La Nación

Ella y su amigo Allan Hidalgo acostumbraban ir todos los viernes a bailar a la discoteca Deja Vú, en el centro de San José, así que al cerrar el restaurante agarraron un taxi y se fueron. Lo que pasaría después quedaría en la memoria de ambos para siempre.

"Estaba sentada en la parte de atrás del taxi y cuando nos íbamos a bajar para ir a la discoteca sentí un golpe en la espalda. Sentí caliente y de inmediato se me adormecieron las piernas. Ya el taxi estaba tenido, de hecho Allan ya estaba pagando. En aquel entonces yo tenía un beeper y sentí una vibración, como si hubiera estallado, pero lo volví a ver y estaba bien y fue cuando le dije a Allan que no me podía mover", recuerda.

Ni Heidy ni Allan tenían cómo saber que mientras el taxi se detenía, a escasos 150 metros se daba un enfrentamiento a tiros entre la Policía y unos maleantes. El golpe que Heidi sintió en la espalda fue el de una bala perdida. El tiro atravesó la cajuela del taxi, el asiento trasero y se metió en la columna vertebral de la joven.

Sus padres, Flor María Ovares y Gerardo Montoya, son su gran motor de vida. Foto: Rafael Pacheco
Sus padres, Flor María Ovares y Gerardo Montoya, son su gran motor de vida. Foto: Rafael Pacheco

Heidy no entendía qué estaba pasando, por qué no podía mover las piernas. Entonces Allan la revisó y descubrieron que sangrando.

"Recuerdo que curiosamente él (Allan) me puso la mano en las piernas y yo decía dentro de mí 'qué rajado, no tengo sensibilidad cuando me tocan'. El taxista nos dijo que eso había sido un disparo y en el mismo carro nos fuimos para el hospital", dijo

Dura noticia

Al llegar al Hospital San Juan de Dios los doctores ya la estaban esperando porque el taxista había avisado que llegaría con una mujer baleada.

"Cuando llegamos sentí muy feo porque como no estaba acostumbrada a no sentir, sentí como si la mitad del cuerpo se me hubiera quedado dentro del carro. Recuerdo que cuando me pasaron a la sala, los doctores rompían toda mi ropa, tenía unos collares de piedras blancas (pucas) y yo me decía '¿qué están haciendo?, yo puedo quitármelo tranquilamente', como si no me estuviera muriendo, pero era porque yo no entendía bien qué me estaba pasando", señala.

La bala se le había alojado en las vértebras lumbares L1 y L2 de su columna vertebral y la médula espinal se le partió en dos.

Luego de su accidente en su casa tuvieron que hacer varias remodelaciones para que Heidy pueda andar tranquilamente. Foto: Rafael Pacheco
Luego de su accidente en su casa tuvieron que hacer varias remodelaciones para que Heidy pueda andar tranquilamente. Foto: Rafael Pacheco

Estando en el hospital, Heidy entró en shock y los doctores debieron reaccionar para salvarle la vida.

"Después de que desperté me pasaron a una sala que se llama Vigiliancia estricta, que es donde los doctores lo ven a uno cada cinco minutos revisando a ver si uno no se ha muerto. Esa misma noche llegó un sacerdote y me puso los santos óleos, seguro le habían dicho que yo ya iba para el otro lado, y yo me asusté toda, porque yo estaba consciente de todo", dice.

Antes del accidente, Heidy tenía cerca de un año de estar practicando ciclismo, así que su mayor temor era no volver a pedalear. Sin embargo, dos días después del suceso, cuando ya logró entender quá pasaba, el doctor le confirmó que tenía paraplejia, es decir, inmovilizada la parte inferior del cuerpo y que su deseo de volver a la bicicleta era imposible.

Pese a la dura noticia, Heidy no se rindió y aceptó ir a rehabilitación para aprender a ir al baño, a andar en silla de ruedas y a movilizarse sola.

Un año después de dejar el hospital, Heidy regresó a su trabajo como mesera. Sus jefes creían que ella no iba a ser capaz de llevar el pedido intacto a la mesa, pero ella las demostró que estaban equivocados.

Todo parecía ir volviendo a la normalidad, pero al mes de haber regresado a trabajar, los doctores descubrieron que el plomo de la bala, que aún tenía en su cuerpo, le estaba haciendo reacción y que lo mejor era operarla. En julio de 2002 regresó al hospital San Juan de Dios para que le sacaran la bala.

Heidy probó con el baloncesto, pero desistió porque sintió que era un deporte muy brusco para ella. Eyleen Vargas, Archivo La Nación
Heidy probó con el baloncesto, pero desistió porque sintió que era un deporte muy brusco para ella. Eyleen Vargas, Archivo La Nación
Deporte, su gran motor

Luego de la operación, Heidy empezó a ir al Centro Nacional de Rehabilitación (CENARE) y fue cuando conoció al fisioterapeuta Francisco Trejos, quien le recomendó hacer deporte.

Primero empezó practicando balonceto; sin embargo, al tiempo sintió que no era lo suyo por ser muy brusco y entonces la conquistó el atletismo. Ahora tiene cerca de ocho años de competir de manera profesional y es la primera mujer con discapacidad que practica este deporte. (Leer nota aparte).

Después de la cirugía para sacarle la bala pasó un año más incapacitada y regresó de nuevo a su trabajo, a su puesto de mesera y cocinera en el que duró 10 años.

A bordo de su triciclo y con su empeño, Heidy y ha ganado gran cantidad de medallas y trofeos. Foto: Rafael Pacheco
A bordo de su triciclo y con su empeño, Heidy y ha ganado gran cantidad de medallas y trofeos. Foto: Rafael Pacheco

Una vez, estando aún en el restaurante, conoció a un grupo de mujeres llamadas "El club de los 100 dólares", que eran clientas adineradas del local. Luego de leer un reportaje que le hicieron a Heidy en la Revista Dominical, de La Nación, el 4 de mayo 2003, las mujeres le regalaron un carro adaptado a su condición porque por medio de la publicación se dieron cuenta de que ese era uno de sus sueños.

"Yo pagaba cincuenta mil colones mensuales en taxis para ir a trabajar y ganaba como 75 mil colones. En la entrevista dije que quería un carro, pero no que me lo regalaran sino que me lo financiaran para poder tener mi carrito y poder desplazarme porque en aquella época no existía la Ley 7600, como ahora, y era más complicado desplazarme", señala.

Heidy dice ser una persona con discapacidad, pero con estrella porque hasta una beca para estudiar en la universidad le regalaron y, en parte gracias a eso, hoy es licenciada en Periodismo y tiene seis meses de trabajar como asesora de Delia Villalobos, presidenta de la Junta de Protección Social.

"Me regalaron el carro, me dieron la beca, me dieron terapia en el Cima San José, por eso digo que soy una persona con discapacidad con estrella, es decir, llena de bendiciones. Si bien cuando me pasó el accidente el INS no me indemnizó, tuve la bendición de que Dios me puso mucho ángeles en el camino", señala.

La Revista Dominical, de La Nación, le hizo este reportaje en el 2003. Reproducción
La Revista Dominical, de La Nación, le hizo este reportaje en el 2003. Reproducción
Y llega el segundo disparo...

Ya habían pasado seis años desde aquel disparo que lo había cambiado todo cuando, en octubre de 2007, Heidy se enfrentó nuevamente con la muerte pero ésta vez en medio de un asalto a mano a armada del que fue víctima.

Iba desde Alajuelita hacia San Rafael de Escazú y cuando llegó a Valle Azul, en medio de noche muy lluviosa, le salieron dos maleantes.

"Vi a dos jóvenes que se me tiraron al carro y nada más escuché '¡péguela porque no va a parar!'. Volví a ver a la derecha y me di cuenta de que tenía a dos (sujetos) de un lado y a dos del otro y fue cuando uno de los que estaba al lado derecho del carro sacó un arma calibre 22 y disparó. Cuando me dispararon mi reacción fue acelerar el carro y llegué hasta mi casa, que estaba como a los trescientos metros", recordó.

"La joven aprendió a manejar después de que le pegó la bala perdido. Fotografía José Cordero. Fotografía José Cordero

La bala que le tiraron, que entró por el vidrio delantero derecho, le pegó en el labio superior y siguió su trayecto hasta reventar el vidrio del lado del chofer.

"Lo primero que hice cuando llegué a mi casa fue meterme los dedos a la boca para ver si tenía todos los dientes porque soy muy vanidosa. Solo un diente se astilló en el centro y otro se quebró de lado, donde la bala trató de salir. Yo llegué pitando del susto y cuando mi papá me vio así, toda ensangrentada, no podía creer lo ocurrido", narró.

Como ocurrió en la primera vez, cuando salía a divertirse un rato, Heidy nunca supo quién la baleó ni hubo detenidos.

Después del segundo incidente recibió terapia facial por cuatro meses y a la fecha sigue asistiendo a sesiones de masajes.

"Esa segunda bala no me dejó secuelas, no tocó ningún nervio, porque la mano de Dios hizo que yo volviera a ver al lado derecho y eso hizo que la bala no me pegara en la cara y me mataran", expresó.

Han pasado 16 años desde aquella inolvidable noche y la escazuceña, en lugar de rendirse, sigue luchando. Heidy no conoce el significado de la frase darse por vencido.

Heidy es toda una guerrera y ha sabido demostrar que los límites sólo están en la mente. Foto: Rafael Pacheco
Heidy es toda una guerrera y ha sabido demostrar que los límites sólo están en la mente. Foto: Rafael Pacheco