Desde que su esposo desapareció en el mar, María de los Ángeles Núñez Guerrero, conocida como Marielos, vive pendiente de cualquier noticia relacionada con pescadores, embarcaciones o personas desaparecidas en alta mar. Algunos días llora.
Cada vez que ve una información sobre el mar, la lee con la esperanza de encontrar alguna pista que le permita saber qué pasó con Ramón Antonio Baltodano Mojica, capitán de la Roxana II, matrícula PQ6898.
La desaparición ocurrió el 8 de junio de 2026, cuando la embarcación y los ocupantes —Yanier Baltodano Arias, Abraham Ríos Arias, Ramón Baltodano Mojica y José Luis Palacios— fueron reportados como desaparecidos.
Ocho días después, el 14 de junio, Abraham Ríos Arias apareció con vida y logró regresar a tierra, pero Yanier, Ramón y José Luis continúan desaparecidos, por lo que sus familias siguen aferradas a la esperanza de volver a encontrarlos.
Marielos no sabe si su esposo está vivo, dónde se encuentra ni cuándo volverá a tener noticias de él.
Lo único que tiene claro es que no quiere dejar de esperarlo.
Ella y Ramón han compartido aproximadamente 17 años de vida. Durante ese tiempo, él ha sido una de las principales personas encargadas de llevar el sustento a la casa.
Ahora ella tiene que aprender a buscar la manera de salir adelante sola.
Y no es sencillo.
Una vida que cambió de un momento a otro
Marielos vive actualmente en Quepos, un cantón donde, según cuenta, encontrar oportunidades de trabajo no resulta fácil.
Antes de la desaparición de Ramón, se las ingeniaba para generar algunos ingresos. Vendía ropa y otras cosas; hacía ventas pequeñas y buscaba distintas maneras de aportar a la economía familiar.
“Muchas veces con las ventas que yo hacía lográbamos salir adelante”, recordó.
Pero hoy tampoco es sencillo conseguir dinero para comprar mercadería y volver a empezar.
“Aquí en Quepos es muy caro para vivir. A veces me hago una venta y algo se vende, no todo, pero bueno. Yo vendía ropa y otras cosas, me la jugaba, pero ahorita ¿quién me va a hacer un préstamo? Nadie. Eso es lo duro”, contó.
A pesar de todo, Marielos no se queda de brazos cruzados.
Cuando puede, prepara frito o carne para vender, aunque algunas veces no logra vender todo lo que prepara.
También encontró una forma de aprovechar el coco para producir aceite de coco virgen.
Hay semanas en las que apenas logra colocar dos botellas. Por esas ventas puede recibir alrededor de ₡12.000 por semana.
Es un ingreso pequeño para cubrir las necesidades de una casa, pero para ella cada colón cuenta.
La situación ha llegado hasta tal punto que incluso ha pensado en quitar la electricidad de su casa para dejar de pagar ese recibo.
“Uno nunca piensa que va a vivir algo así, la angustia por la situación económica, pero la desesperación porque nada se sabe de mi esposo, todo es que hay esperar, estoy tratando de salir adelante porque así mi esposo lo hubiera esperado”, expresó.
La espera también tiene un costo
Mientras intenta conseguir dinero, Marielos continúa esperando a Ramón.
Su esposo presente cuando se acuesta, cuando prepara algo para comer y cuando ve las noticias.
Cualquier información relacionada con el mar vuelve a llevarla al mismo pensamiento: ¿estará Ramón vivo?, ¿qué habrá pasado con él?, ¿estará pasando hambre o sed?
En su casa también viven su hija y su nieta. La familia ha tenido que apoyarse como ha podido para enfrentar estos meses.
Marielos cuenta que anteriormente vivían en Guanacaste y habían sufrido la inundación de su vivienda. En medio de aquella emergencia, la Comisión Nacional de Emergencias les entregó un diario de alimentos que, con el paso de los meses, se convirtió en una ayuda muy importante.
“Nos dieron un diario grandecito y ha sido una bendición durante todos estos meses para tener alguito que comer. Lo que quisiera ahorita es conseguir que alguien me ayude a empezar, me dé el empujón para seguir adelante, mientras vemos qué ocurre con el caso de mi esposo”, explicó.
La desaparición también ha afectado a otras familias.
Marielos cuenta que otra de las mujeres que quedó esperando a su esposo tuvo que marcharse a San José para buscar trabajo.
Entre las personas que más comparten su dolor está la esposa de su cuñado, quien era el dueño de la panga que se perdió.
Caso en investigación
Por eso, mientras ambas esperan, también comparten los recuerdos de los hombres que ya no están.
“Uno llora y los recuerdos están vivos. Yo me pongo a llorar mucho con la esposa de mi cuñado”, contó.
Las autoridades judiciales mantienen abierto el caso de los pescadores; están investigando y están a la espera de alguna pista.
Si desea apoyar a Marielo o puede apoyarla con algún tipo de producto para vender lo puede hacer al número 6282-5446


