En medio de un solitario camino en Matapalo, la casa permanece en pie como un recuerdo de dolor para la comunidad.
Lo que hace diez años era una vivienda bonita, con niños jugando en el patio que saludaban desde lejos al ver a alguien pasar, hoy es apenas una estructura vacía, sin techo, sin puertas y con las ventanas arrancadas.
Las paredes, agrietadas y expuestas al sol y la lluvia, son lo único que quedó.
En una década, nadie ha vuelto a vivir ahí. La casa quedó como herencia de las niñas sobrevivientes de la masacre de Matapalo. Las pequeñas actualmente están bajo el cuidado de sus padres adoptivos, mientras se tramita un proceso sucesorio.
Para muchos vecinos, el lugar se convirtió en sinónimo de miedo. Durante años evitaban pasar solos por el sector y preferían caminar en grupo, especialmente al caer la tarde.
No era solo el recuerdo de lo ocurrido el 16 de febrero de 2016 cuando dentro de esa vivienda fueron asesinados Yeimmy Jessica Durán Guerra, de 38 años; Dirk Beauchamp, de 57; y tres menores de 6, 8 y 12 años, sino también el temor que se generó mientras el principal sospechoso permanecía en fuga.
El responsable, Adrián Salmerón Silva, fue capturado el 22 de febrero de 2016 en Nicaragua, a donde había escapado. Al no proceder la extradición, enfrentó juicio en ese país y fue condenado a más de 180 años de prisión, aunque la legislación nicaragüense establece un máximo efectivo de 30 años de cumplimiento.
Con el paso del tiempo, la casa se convirtió en un punto de curiosidad para algunos.
Varias personas llegaron a tomar fotografías y grabar videos que luego circularon en redes sociales. Sin embargo, para quienes viven en Matapalo, el sitio no representa morbo, sino dolor.
Don Olman López, quien era jefe policial de la zona al momento de la masacre, asegura que supo que en varias ocasiones se intentó buscar quién cuidara la propiedad, pero nadie quiso quedarse ahí, mucho menos alquilarla o comprarla.
El Patronato Nacional de la Infancia (PANI) confirmó que no es legalmente posible invertir recursos públicos en la protección de bienes privados, por lo que se coordinaron rondas permanentes de la Fuerza Pública como medida preventiva.
Hoy, la casa luce como un búnker en ruinas. No hay risas, no hay movimiento, solo silencio.
Lo que ocurrió en esa casa
Han pasado 10 años, pero para el oficial Olman López los recuerdos siguen intactos.
Con 25 años de servicio en la Fuerza Pública, institución a la que ingresó en el 2001, asegura que la masacre de Matapalo, en Guanacaste, fue una de las escenas más duras que ha enfrentado en su carrera.
En aquel momento era jefe distrital de la delegación de Tamarindo.
La alerta llegó en horas de la mañana, cuando un funcionario del Ministerio de Salud —hijo de un oficial pensionado— notó algo extraño en una vivienda ubicada entre Matapalo y Bahía Los Piratas.
Le llamó la atención no ver a los niños jugando en el patio, como era habitual, y observar zopilotes alrededor de una bolsa de basura en la parte trasera de la casa.
“Eso nos alertó. Cuando llegamos, empezamos a llamar, a gritar, pero nadie respondía. La casa estaba completamente cerrada con malla en todo el contorno”, recordó López.
Ante la falta de respuesta, decidieron ingresar por la fuerza y no esperar la ayuda. Utilizaron un mazo y una barra metálica para golpear la puerta, primero en la zona del llavín y luego en el marco.
“Pensábamos que podía haber alguien con vida o que el agresor estuviera adentro. No sabíamos qué íbamos a encontrar”, relató.
Cuando lograron romper la estructura e ingresar, el olor los golpeó de inmediato.
“Era un olor fuerte a sangre. Uno lo reconoce de otras escenas”, dijo.
A través de una cortina observaron a una niña hincada, con la ropa manchada. En ese momento pensaron que podía tratarse de abandono.
“Ingresamos de rodillas, pero siempre alerta porque creíamos, a la hora de ver la escena, que la persona estaba adentro, porque se decía que, aparentemente, el muchacho Salmerón había matado a la familia”, mencionó.
La primera niña estaba fallecida.
En un pasadizo observaron un cuerpo ensangrentado. La sangre ya estaba seca, señal de que había pasado tiempo. “Parecía que la víctima había buscado refugio y ahí mismo la siguieron agrediendo. Ese era el cuerpo de Dirk Beauchamp”, explicó.
“Ya cuando vemos esa escena y vamos pasando, encontramos otra niña, quien nos pidió agua”, añadió.
“Entonces, el compañero que iba conmigo se regresó a auxiliarla. En ese momento, quedo yo solo hacia el frente de la casa. Entonces me da un poco de alerta y pienso: ‘Yo estoy solo’; doy unos pasos hacia atrás y le digo: ‘Peraza (apellido de su compañero), sigamos, tenemos que buscar a ese carajo, tenemos que buscar adentro de la casa’”, relató.
Y Olman me respondió: “No puedo, yo no puedo. Y se regresa. Cuando él se regresa para afuera, me deja prácticamente a mí solo dentro de la casa”, explicó.
No me dejes
Un paramédico de una empresa privada había llegado a la vivienda al enterarse de que algo había pasado; eso fue una gran suerte. Le insistió a Olman que lo dejara ayudarle por si existían más sobrevivientes, y es cuando ambos volvieron a entrar.
“Observamos el cuerpo del señor y al fondo de la habitación, donde quedaba un baño, vimos, en una forma doblada, una pierna. Entonces, le digo al paramédico: ‘Véngase detrás de mí, pero no me deje, porque tenemos que entrar, tenemos que estar alerta los dos porque puede ser que el carajo esté allá’”, indicó.
“A la hora de observar la pierna, digamos, no nos vamos directamente hacia ese lugar. A mano derecha nos queda un cuarto entrando en el pasadizo. Hago intento de abrir el cuarto y algo me estorba”, relató.
El paramédico abrió la puerta mientras que el oficial apuntaba con su arma.
En la cama de ese cuarto había un bulto, y no se sabía si podía estar el sospechoso ahí, pero al quitar la sábana encontraron a Jessica Durán Guerra y a una niña, ambas fallecidas.
López revisó debajo del mueble, manteniendo el arma siempre lista. En ese instante escuchó un llanto.
“Encañoné lo que veía porque no sabía qué era. Pensé que podía ser el agresor. Pero era una niña pequeña que aún estaba con vida, la más pequeña, una bebé; el hombre ese le había dejado un chupón listo”, relató.
La niña fue sacada de la casa a donde estaba el otro oficial.
Olman y el paramédico regresaron a donde observaron la pierna y encontraron a una joven fallecida.
“En ese momento, me hablaban a mí por radio, pero no pude contestar bien porque teníamos que asegurar la escena, no nos podíamos descuidar adentro porque podía pasar algo. Creíamos que todavía el homicida estaba ahí, pues la casa era muy grande”, dijo.
Al continuar el recorrido, siguieron unos rastros de sangre hacia otra área de la vivienda. En un cuarto amplio, sin muebles, hallaron el cuerpo de un niño, acurrucado.
“En esa habitación había muchas marcas de sangre”, dijo.
Solo después de confirmar que no había más personas con vida, López logró reportar por radio la magnitud de lo ocurrido: múltiples víctimas dentro de la casa.
“En ese momento uno no siente miedo. La adrenalina lo domina. El objetivo es asegurar la escena, buscar sobrevivientes y neutralizar cualquier amenaza”, afirmó.
Aunque ha atendido numerosos casos a lo largo de su carrera, reconoce que aquella mañana en Matapalo dejó una huella imborrable.
“Son escenas que lo marcan a uno para siempre, pero seguimos trabajando por compromiso con la comunidad”, recalcó.
Durante mucho tiempo, don Olman y su compañero usaron una ruta más larga para no pasar por la casa, por todo lo que les recordaba, pero hace como cinco años, asegura que fueron a atender un caso a Bahía Piratas y su compañero le dijo que pasaran por ese sitio.
El oficial había visto dos veces al niño que falleció, una de ellas jugando en una piscina que les había puesto su papá.
“Pasábamos por ahí y yo observé, no sé, volví a ver para la casa. El compañero venía manejando y él no volvió a ver, pero viera qué cosa más extraña lo que observé.
“Como que el chiquito estaba en la puerta de la casa, cerrada lógicamente. Y yo vi donde me abrían la cortina y vi la carita del niño. Y yo se lo conté al compañero ese día, lo que puede hacer la imaginación. Esos niños eran unos ángeles y uno siempre se pregunta el porqué de algo así tan cruel y tan duro”, concluyó.









