Si usted ha pasado por el Mercado Central de San José y se ha topado con un muchacho flaco, de lentes y siempre listo para recomendarle algo rico para cocinar, es muy probable que haya conocido a Jairo Rojas.
A sus 34 años, este vecino de Aserrí ya suma 20 años trabajando dentro del mercado, un lugar que para él representa mucho más que trabajo: también es esfuerzo, tradición y cariño.
Jairo trabaja en el puesto La Esquinita, ubicado contiguo al antiguo Globo, en la entrada principal del Mercado Central, donde muchos clientes ya lo buscan no solo por sus productos, sino también por su buena atención.
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Más que vender, le gusta ayudar
Aunque en su puesto usted puede encontrar una gran variedad de especias, condimentos, semillas, almendras y nueces, lo que realmente ha hecho destacar a Jairo es la forma en cómo trata a la gente.
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Si alguien llega con dudas sobre qué especia usar, cómo combinar ingredientes o qué ponerle a una carne, él no solo vende: también recomienda, explica y hasta comparte recetas.
“En realidad me he dedicado más que todo a los condimentos, me fascina mucho lo que es la cocina, entonces siempre me llama mucho la atención los condimentos, las especias”, contó.
Además, explicó que le gusta que cada cliente se lleve algo más que un producto.
“Siempre me gusta que el cliente se lleve algo de mí, una recomendación o una receta, porque en realidad es algo que yo lo practico en mi casa, entonces me gusta que las personas prueben cosas nuevas”, dijo.
Un pulseador querido por todos
Detrás de esa sonrisa amable también hay sacrificio. Jairo viaja todos los días desde Aserrí hasta San José, se levanta temprano y cumple con una rutina pesada para llegar puntual a su trabajo.
Sin embargo, lo hace con una actitud que ya le ganó el cariño de muchísima gente.
Tanto así, que muchos clientes ya no lo buscan por su nombre, sino por su apodo: “el flaco de los anteojos” o simplemente “Pili”.
“Siempre me vienen y me buscan, y siempre me dicen el flaco de los anteojos, porque no me saben mi nombre. Pero hay otros que sí se saben mi apodo, entonces dicen: ‘Vayan donde Pili’”, contó entre risas.
Y ahí está precisamente lo especial de Jairo: en un lugar tan lleno de vida como el Mercado Central, él logró hacerse querer por algo que vale oro: su forma de servir con el corazón.
