Para Maritza Sandi Arias, terapeuta ocupacional del Hogar Magdala (Escazú), trabajar con adultos mayores no es solo un empleo, es una misión: lograr que cada uno mantenga su autonomía, dignidad y ganas de vivir, incluso en medio de las limitaciones.
Un trabajo que transforma vidas… y también la suya
Con casi 10 años de experiencia, Maritza asegura que este camino también la ha cambiado profundamente.
“Trabajar con ellos ha sido una experiencia transformadora para mi vida… me han enseñado más ellos a mí”, cuenta.
Su labor va más allá de ejercicios o rutinas. A través de talleres como clubes de lectura, actividades recreativas y dinámicas grupales, busca estimular áreas cognitivas, motoras y sociales.
“Nuestra principal meta es que su vida siga siendo significativa”, explica.
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El vínculo que se forma es tan fuerte que lo describe como una familia.
“Ellos lo reciben con abrazos, con besos… uno se siente chineado”, relata.
Pero no todo es fácil. “Lo más difícil es decir adiós… cuando uno ya conoce el proceso y ve que un adulto va decayendo”, confiesa.
Uno de los pilares de su trabajo es la integración, un aspecto que considera urgente a nivel social.
“No tenemos que verlos como pobrecitos ni como ancianitos… tenemos que verlos como personas”, enfatiza.
Maritza explica que muchas veces la sociedad limita a los adultos mayores por su edad, lo que termina afectando su autoestima y calidad de vida.
“Tenemos que eliminar esos ‘edadismos’, esos prejuicios de que porque tienen cierta edad ya no pueden hacer cosas”, señala.
Desde su rol, busca lo contrario: incluirlos y empoderarlos.
“Ellos tienen que tomar decisiones, escoger qué ropa ponerse, a dónde quieren ir… siguen siendo seres humanos”, afirma.
También destaca que cada persona es diferente.
“Hay quienes disfrutan jugar bingo, otros prefieren usar una tablet… hay que respetar sus gustos”, agrega.
Para ella, la clave está en adaptarse a cada caso y no excluir.
“No es limitar, es buscar cómo incluirlos… que sigan siendo funcionales y que su vida tenga sentido”, asegura.
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Incluso en el hogar, donde conviven más de 60 adultos mayores, el reto es constante. “Tienen que adaptarse a reglas, a compartir espacios… pero tratamos siempre de respetar su individualidad”, explica.
Maritza insiste en que la ocupación es vital.
“La ocupación da vida, hace que se sientan útiles, importantes”, dice.
Por eso, su mensaje es claro: no se trata de cuidar, sino de integrar y respetar, para que cada adulto mayor siga sintiendo que su vida vale.





