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“Pensé que me iba a aplastar”... Venezolanos se reencuentran en misa tras el doble terremoto

Aunque muchas iglesias venezolanas están inhabilitadas, los fieles ya pudieron reunirse para ir a misa

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María Elizabeth Domínguez regresó este domingo a misa, después de que el 24 de junio la iglesia de San Sebastián se le vino encima, derrumbada por los dos terremotos que han causado más de 3.000 muertos en Venezuela.

En silencio, los habitantes del pueblo de Maiquetía, aledaño al aeropuerto internacional, se reúnen en la Plaza Jerusalén, una construcción moderna de hormigón donde está una representación de las estaciones del Vía Crucis.

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La iglesia de San Sebastián le cayó encima a unos fieles durante el terremoto. (RAUL ARBOLEDA/AFP)

El padre Rafael Troconis ofició una misa de difuntos, al igual que todas las iglesias de Venezuela este domingo, y le recordó a sus feligreses que “hemos sido creados para la vida”.

“La muerte no tiene la última palabra. Creemos en la resurrección”, les dice enfático. “La fe es una luz potentísima que nos ayuda a encontrarle sentido a esto”, aseguró.

Domínguez, de 67 años, lo escuchaba de pie, mientras muchos de los presentes se secaban las lágrimas.

“Tengo mucha tristeza por dentro, porque ha muerto mucha gente amiga, muchos vecinos”, dice esta mujer a la AFP.

La iglesia de San Sebastián, de 1834, está muy dañada, con varios muros caídos y el campanario quebrado en sentido longitudinal. Todas las iglesias del estado La Guaira sufrieron los efectos del sismo y están inhabilitadas.

En las calles se suceden cuadra tras cuadra los edificios colapsados, incluyendo el del aeropuerto internacional de Maiquetía. Bajo los escombros hay todavía un número indeterminado de cuerpos que no han podido ser recuperados.

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El sacerdote buscó darle consuelo a los feligreses. (RAUL ARBOLEDA/AFP)

“Las piernas me temblaban, no podía salir. Me tuvieron que ayudar”, recuerda Domínguez sobre el momento en que fue sacada del templo, minutos después de los dos sismos.

Ella estaba en la iglesia, donde recién se había terminado la misa y conversaba con otras mujeres. “Una de las compañeras gritó: ‘está temblando’ y yo me metí debajo del banco. Empezó eso a caerse. Polvo, polvo, polvo, yo no veía nada. Pensé que me iba a aplastar. Estuve rezando hasta que cesó”.

Esta es la segunda vez que Domínguez vive una catástrofe natural en La Guaira. En 1999, trabajaba en el aeropuerto de Maiquetía cuando las lluvias hicieron caer la montaña en un deslave que arrasó las poblaciones ubicadas en el este del estado. Ella vivía entonces en Macuto, donde su esposo quedó atrapado.

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Los escombros junto a la misa recuerdan la tragedia que ha vivido el pueblo. (RAUL ARBOLEDA/AFP)

El padre Troconis procuró dar consuelo a sus feligreses. “He tenido encuentros con matrimonios que han perdido a sus dos hijos, o a dos de sus tres hijos”, refiere. “Uno quisiera estar cerca de quien sufre. Uno nota mucha tristeza y desesperanza”, dice.

Pero en seguida se recompone, y recuerda que él también sufrió el deslave en esta región hace 27 años.

Era entonces rector del seminario y estaba en la iglesia de Macuto, donde pasó 24 horas refugiado junto a un grupo de personas en el coro del templo hasta que pudo salir caminando a través de varios kilómetros sobre el fango que cubrió casas y edificios.

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La gente tuvo un ratico de consuelo y paz durante la misa. (RAUL ARBOLEDA/AFP)

“Yo recuerdo que inicialmente parecía que aquello era el fin del mundo. La Guaira había quedado destrozada. Y bueno, pasaron los años y echamos pa’ lante (salimos adelante). Aquí va a ser lo mismo, con la ayuda de Dios”, señala.

“Reconstruiremos materialmente el estado y reconstruiremos nuestras vidas. Ya tenemos experiencia”, sentencia Troconis.

AFP

AFP

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