Cuando Yerling Villalobos vio por primera vez a aquel gatito blanco con manchas negras, todavía no imaginaba que terminaría robándose un espacio definitivo en su corazón.
Mucho menos que unas curiosas manchas sobre su espalda, parecidas a un par de alitas, terminarían dándole un nombre que hoy le queda perfecto: Angelito.
Pero antes de convertirse en el chineado de una casa alajueliteña llena de ronroneos, el peludito conoció la cara más dura de la vida.
Todo comenzó con una llamada. Al otro lado del teléfono, le contaron a Yerling que en isla Venado dos gatitos seguían con vida, mientras que a su alrededor sus hermanitos estaban muertos.
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Aquella escena era imposible de ignorar, sobre todo porque estaba la asociación “Valentino Zaguate”, que siempre lucha por llevar alimento para peluditos de San José a zonas rurales.
“Alisté las maletas y me fui a isla Venado (el 29 de octubre del 2023). Ese día anduvimos repartiendo alimento por toda la isla y aproveché para llevar una jaula. Me traje a los dos gatitos, Angelito y su hermanito Osito.
“Vinieron desde isla Venado en ferry, luego en carro hasta San José. Llegaron para recuperarse y después buscarles un hogar”. Ese hogar; sin embargo, terminó siendo el suyo.
Un rescate que nunca terminó
En ese momento vivían con el hombre a quien todos llamaban “el abuelito de los gatos”, don Pedro, papá de Yerling. La idea era que ambos fueran dados en adopción una vez estuvieran fuertes, pero los planes cambiaron.
Tres años después, Angelito ya no es aquel bebé indefenso. Es un gato cariñoso, juguetón y también bastante travieso.
“Yo le puse Angelito por esas manchitas que parecen alitas, pero ahora a veces pienso en la película “Mi pobre angelito”, porque de angelito tiene solo el nombre. Es tremendo. Siempre anda buscando cómo convertirse en el líder de la casa”.
El dueño absoluto de la hamaca
Si hay un lugar donde Angelito es completamente feliz, es una hamaca instalada en el jardín. No importa si llueve o hace sol. Él espera que su hamaca esté siempre lista para recibirlo.
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“Le fascina. Se tira encima, juega, duerme y hasta se pone cariñoso para que uno vaya con él. Si la guardo mucho tiempo porque llovió, se enoja y me hace saber su descontento. Ya aprendí que no puedo dejarlo mucho sin su hamaca”, comenta la mamá del peludito.
También tiene otra debilidad: el jamón de pavo. “Cada uno tiene su platito. Apenas escuchan que estoy preparando el jamón de pavo, salen corriendo como locos. Es uno de sus premios favoritos”.
También aprendió a extrañar
La felicidad de la familia sufrió un golpe muy fuerte cuando falleció don Pedro, el hombre que había insistido en que Angelito y Osito nunca abandonaran aquella casa.
Don Pedro no era un visitante más en la vida de Angelito. Era quien le hablaba, lo consentía y disfrutaba verlo recorrer la casa como todo buen abuelito.
Desde el primer día sintió una conexión especial con los dos hermanitos rescatados y fue él quien se negó rotundamente a que buscaran otra familia para ellos. “Aquí se quedan”, dijo entonces. Con el paso del tiempo, ese cariño fue creciendo hasta convertirlos en compañeros inseparables.
La ausencia también la sintieron ellos. “Se puso muy flaquito y muy triste. No quería ni comer. A uno le cuesta creerlo, pero los animales viven su duelo. Les costó salir adelante, sobre todo a Angelito. Poco a poco, con mucho amor, volvió a ser el mismo”, asegura la mamá humana.
Hoy Angelito comparte su vida con seis hermanos gatunos rescatados y una perrita, todos forman parte de una familia que Yerling construyó por elección.
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Su familia gatuna está formada por: Noche, Pompeya, Vesubio, Nube, Mateo, Osito (el hermano de sangre) y la perrita Violeta.
“Siempre digo que hay personas que deciden tener hijos y otras decidimos que nuestra familia sea peluda. Esa fue mi decisión y soy inmensamente feliz. Ellos son mi familia. Yo doy la vida por cada uno”.
Yerling se levanta para volver a colocar la hamaca en el jardín. Apenas termina de amarrarla, Angelito sale corriendo, da un salto y se adueña del lugar como si hubiera estado esperándola toda la mañana. Ella se ríe porque ya sabe cómo es.
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“Si no se la pongo, me regaña”, dice entre risas. Después de todo lo que vivió ese gato, verlo exigir su hamaca como el dueño de la casa es, quizá, la mejor prueba de que llegó exactamente al hogar donde siempre debió estar.





