En La Guácima de Alajuela, una historia de amor del bueno, del que mueve montañas, se vive todos los días entre Lauren Bonilla, de 49 años, y su inseparable perrita Ginger, una chihuahua que llegó a su vida justo cuando más la necesitaba.
Corría el 2016 y Lauren atravesaba uno de los momentos más difíciles de su vida: estaba en pleno tratamiento por cáncer de seno, entre quimios y radioterapias, cuando un tío tuvo una idea que cambiaría todo. Le regaló una cachorrita de apenas dos meses, tan pequeña que cabía en la palma de la mano.
“Yo estaba muy enferma, muy débil… y de pronto aparece ella. Fue amor a primera vista. Tiene una mirada tan bonita, tan amorosa… es que le brillan los ojitos de una forma que no se puede explicar”, comenta Lauren con una sonrisa cargada de emoción.
Amor que la obligó a levantarse
Aunque nunca había tenido perros (solo gatos), la llegada de Ginger significó un giro total en su rutina y en su corazón.
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“Levantarme a darle de comer era todo un reto por mi estado de salud, pero eso me obligaba a ponerme de pie. Yo estaba para que me cuidaran, pero tenía que cuidar a otro ser. Y ahí empezó todo, porque me llenó de motivación”, contó.
Su hija, Génesis, que en ese entonces tenía 19 años, también fue pieza clave. Incluso, al inicio, la pequeña Ginger dormía con ella, ya que se convirtió de inmediato en su hermana humana, especialmente porque Lauren atravesaba problemas de sueño debido a su condición de salud.
Compañera que lo siente todo
Con el paso del tiempo, Ginger dejó de ser solo una mascota para convertirse en una compañera de vida, de día y de noche.
“Cuando yo tenía dolores, ella se me quedaba viendo como diciéndome: ‘¿en qué te ayudo?’. Es impresionante, porque entienden demasiado… nada más les falta hablar”, asegura la mamá humana.
Esa conexión ha sido tan fuerte que separarse de Ginger es prácticamente imposible. “No me gusta dejarla sola, es un drama. Hace hasta que renquea, como si estuviera enferma, solo para que no me vaya. Y no tiene nada, es pura maña”, dijo entre risas.
Pequeña, pero con carácter gigante
Ginger es de esas chihuahuas que no saben lo diminutas que son. Según su dueña, se cree enorme.
“Es superprotectora. Ve un perro grande y le ladra como si le fuera a ganar. Ella cree que mide como diez metros”, contó.
Eso sí, no es muy amiga de los niños. “Cuando ve un chiquito se pone como loca, como diciendo ‘quite de aquí’. Pero para los adultos es una maravilla, porque estos perros son muy cuidadores, siempre están pendientes de uno”, explicó.
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En casa, además, comparte territorio con tres gatos: Maximiliano (12 años de edad), Nilo (3 años) y Ñoqui (4 años). Y aunque suene increíble, la que manda es ella.
Sustos que marcaron
Como toda historia intensa, también ha tenido momentos de angustia. Dos veces Ginger se perdió, y el corazón de Lauren casi no aguanta.
“La primera vez fue un 31 de diciembre, hace 3 años. Llegué a la casa y no estaba… sentí demasiado feo, lloré muchísimo. Por dicha me la devolvieron rápido. La segunda vez fue algo parecido, otro susto terrible”, recordó.
Desde entonces, reforzó todos los espacios para evitar otra fuga.
De nerviosa a más tranquila
Durante la etapa más fuerte de la enfermedad de la mamá humana, Ginger pasaba mucho tiempo dentro de la casa, porque doña Lauren no salía para nada, lo que volvió a la perrita más ansiosa y nerviosa, siempre.
“Ladraba por todo, estaba muy estresada. Pero hace como dos años empecé a sacarla a caminar todos los días y cambió muchísimo, está más tranquila”, reconoció.
Aunque no todo le gusta… como el mar. “La llevé y no quiso ni acercarse. Ni la arena le gustó. No se bajó de encima mío para nada”, dijo entre carcajadas.
Amor que no se negocia
Hoy, como la hija humana de doña Lauren vive aparte, Ginger se ha convertido en su sombra. “Me acompaña 24 horas. Es una compañía muy leal… nadie lo ve a uno con esos ojos de amor como los de un perrito”, confirma.
Y aunque ya es una perrita adulta mayor, porque tiene 10 años de edad, el vínculo sigue creciendo. “Ni quiero pensar que me falte… mejor ni hablo de eso”, confesó con la voz entrecortada.
Cuidar a Ginger también es parte del amor. Lauren ha aprendido, a punta de experiencia, que cuidar a un chihuahua va mucho más allá del cariño. La alimentación, por ejemplo, ha sido clave.
Aunque Ginger come carne molida y pollo, hubo un episodio que le dejó una gran lección.
“Una vez le di chicharrón de cerdo y casi se me muere. Vomitaba hasta sangre… fue terrible. Gracias a Dios el veterinario la sacó adelante, pero nunca más”, recordó con dolor.
Los especialistas suelen recomendar dietas balanceadas, evitar comidas grasosas o muy condimentadas y, sobre todo, no darles alimentos que puedan afectar su sistema digestivo, que es bastante delicado en razas pequeñas.
Además, es fundamental mantener al día sus controles veterinarios, desparasitaciones y baños, especialmente porque son perritos muy caseros que pasan mucho tiempo en espacios cerrados.
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También es importante cuidar su actividad física y su salud emocional. Aunque son pequeños, necesitan ejercicio diario para evitar estrés o conductas agresivas.
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En el caso de Ginger, las caminatas han sido clave para su bienestar y también para el de su mamá humana que hoy día la disfruta con todo su amor maternal.






