En La Fortuna de San Carlos hay un burrito que no solo trabaja en el campo… también carga con una misión que llena de fe a cientos de personas cada Semana Santa.
Se llama Milo, tiene 17 años y, aunque durante el año ayuda a arrear ganado, a repartir sal y guiar animales en la finca, hay un día en el que todo cambia: el Domingo de Ramos.
Ese día, Milo no es solo un burrito agricultor, “carga a Jesús” en la procesión que celebra la catedral de Ciudad Quesada de donde monseñor José Manuel Garita es el obispo. Una tradición que pasa de generación en generación en la familia Cedeño Quesada.
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El papá humano es don Mauricio Cedeño Quesada. Nos cuenta que compró a Milo en el 2013 a un tío, pero la historia viene de mucho antes. Su familia tiene más de 40 años de encargarse de llevar el burrito a las procesiones de Semana Santa. Milito es como el cuarto burrito que usan.
“Para nosotros es una bendición enorme. Es algo que esperamos todo el año en familia porque entendemos la importancia para nosotros los católicos.”, cuenta con orgullo don Mauricio.
Nos confirma que Milo tiene ya como ocho años de cargar a Jesús el Domingo de Ramos y como lo tratan como un rey durante el año, don Mauricio está convencido que hay Milo para muchos años más.
Un burrito trabajador y muy querido
Milo es lo que se conoce como un macho, o sea, producto de la mezcla entre una yegua y un burro. Para entendernos mejor, no es un burro puro, pero tiene en su sangre casi todo de burro.
En la finca es un trabajador de confianza: ayuda a mover ganado, carga sal y acompaña las jornadas del campo.
“Si usted viera a Milo trabajando, es un amor, supertierno y no se le escapa al trabajo, al contrario, es bueno para el brete.
“Ya desde temprano, todos los días, está listo, eso sí, hay que darle buena comida a sus horas para tenerlo feliz”, explica don Mauricio, quien asegura que lo que más destaca es su carácter.
“Es muy dócil, muy mansito. No tiene problema con la gente. Los chiquillos se le arriman, se le montan y él se deja, tranquilo. Durante la procesión no hace problemas, está acostumbrado a la gente, sobre todo a los niños”. Esa nobleza es justamente lo que lo hace perfecto para la procesión.
El significado que carga sobre su lomo
En la tradición cristiana, el Domingo de Ramos recuerda la entrada de Jesús a Jerusalén montado en un burrito. No eligió un caballo ni algo imponente, sino un animal sencillo, símbolo de humildad, paz y servicio.
Ese gesto marcó un mensaje claro: la grandeza no viene del poder sino del amor. Y, de alguna manera, Milo revive esa escena cada año.
“Ya él sabe lo que tiene que hacer. Se comporta demasiado bien, como si entendiera”, asegura su dueño.
El gran día: fe, preparación y emoción
Antes de la procesión, Milo recibe cuidados especiales.
“Se le pega una buena bañadita, se le da buen alimento, su concentrado. Va bien listo, bien desayunado y él se acomoda perfecto en cada momento, le digo, como que él sabe ya cada paso que debe dar”, cuenta don Mauricio.
Ese día lo lleva sin adornos, porque una persona se encarga de colocarle la manta. No usa herraduras para tener mejor agarre en el camino.
El recorrido es de casi un kilómetro, desde el colegio Diocesano Padre Eladio Sancho hasta la catedral de Ciudad Quesada y Milo lo hace sin problema.
“Para él es algo liviano. El Jesús pesa poquito y él está acostumbrado a trabajar todos los días”, recuerda el sancarleño.
No se puede explicar
Durante la procesión, Mauricio no se separa de él.
“Yo tengo que ir a la par, por cualquier cosa. Pero la verdad es que siempre se ha portado genial”, asegura.
Y aunque es un acto que se repite cada año, la emoción no cambia. “Es algo que no se puede explicar. Se le alegra a uno el corazón.
“Es una mezcla de fe, tradición y agradecimiento. Llevar a Milo es un granito de arena del agradecimiento que tenemos con Dios por todo lo que nos da en el año”, confiesa.
Un susto y muchas bendiciones
En tantos años, solo han vivido un pequeño susto: una vez, hace tres años, Milo se resbaló dentro de la catedral sancarleña por culpa de una manta muy gruesa. El Jesús tuvo que bajarse, pero no pasó a más. “Gracias a Dios, todo quedó en eso”, recuerda.
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Para Mauricio, hay algo claro: la salud y el comportamiento de Milo no son casualidad.
“Es un burrito muy sano. Yo digo que Dios lo protege”, afirma, más que un burrito, un mensaje vivo.
El resto del año, Milo sigue siendo un trabajador del campo. Descansa los domingos y, cuando hace esfuerzos extra, recibe más alimento.
Y en Semana Santa mientras camina entre la gente, rodeado de niños, oraciones y miradas llenas de fe, Milo recuerda algo sencillo, pero poderoso: Que a veces, los mensajes más grandes… llegan sobre las espaldas más humildes.






