Lo que iba a ser un final trágico y triste para dos tortuguitas terminó convirtiéndose en una historia que hoy llena de orgullo a una familia costarricense en Nueva Jersey, Estados Unidos.
Blanca Madrigal, tica de pura cepa, de gallo pinto, olla de carne y gallitos de salchichón, jamás imaginó que una decisión tomada en segundos cambiaría su vida.
Todo comenzó cuando a una amiga suya le regalaron dos tortuguitas muy pequeñitas y tomó la decisión de tirarlas por la taza del servicio sanitario porque creyó que estaban muertas. Blanca estaba justo en ese momento con su amiga y no lo pensó dos veces para evitar que jalara la cadena.
“Eran muy pequeñitas. A mí me dio mucha lástima, las saqué de la taza, las metí en una bolsita y me las llevé para la casa con la idea de, junto con mi hijo, hacerles una tumbita. Enterrarlas. No podía dejar que las tiraran al servicio sanitario así nada más aunque estuvieran muertas”, recordó.
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Pero la historia dio un giro inesperado.
“Cuando las puse al calor se comenzaron a mover, una se movió más rápido que la otra. Fue como si dijera ‘aquí seguimos vivas’.
“A la que se movió más rápido le pusimos Veloz y a la otra Lenta. Lamentablemente, Lenta murió a las semanas, pero Veloz luchó y se quedó con nosotros”, contó.
Tortuguita encontró hogar
Esa pequeña sobreviviente, que fue llamada Veloz por Jacob, el hijo de Blanca, quien en ese momento tenía apenas ocho años.
“Le puso Veloz porque se movía muchísimo, como demostrando que estaba viva. Incluso se cayó de la mesa y los perros la persiguieron, pero no la pudieron agarrar, corrió por su vida”, recordó Blanca.
Hoy, cinco años después, Veloz sigue siendo parte fundamental del hogar. Y no es cualquier mascota: es compañía, es terapia y es familia.
Jacob, ahora de 13 años y dentro del espectro autista, ha encontrado en la tortuguita un vínculo muy especial.
“Para él ha sido como una terapia. Él le habla, la cuida, y ella responde. Cuando la sacamos del tanque quiere correr, pero si Jacob le habla, se queda tranquila. Entre ellos hay una conexión muy especial”, explicó.
Más que una mascota
Aunque muchos dicen que las tortugas no son afectivas, Blanca y su familia tienen otra opinión.
“Dicen que no sienten, pero nosotros creemos que sí. Cuando nos vamos varios días, ella se pone como triste, se esconde. Pero cuando regresamos y nos ve, saca la cabecita. Con desconocidos se oculta, pero con nosotros se siente segura”, afirmó.
Incluso han vivido momentos de angustia por ella.
“Una vez se nos perdió y pensamos que el perro la había matado y se la había llevado. Mi hija Miriam y yo lloramos como una semana.
“Un día, como a la semana y media, el perro empezó a ladrar debajo del sillón de la sala y ahí estaba la bandida. Cuando nos vio, sacó la cabecita y se notaba contenta. Ahí entendimos que sí siente”, dijo.
No hubo adiós
Al inicio, la familia pensó en devolverla a la naturaleza. Incluso la llevaron a la playa.
“La íbamos a dejar en el mar, pero no le gustó para nada, se asustó. Ahí entendimos que no era de agua salada. También intentamos en un río, pero no pudimos. Se deja querer demasiado y no tuvimos el corazón para abandonarla”, confesó.
Desde entonces, decidieron cuidarla como una más de la casa.
Una vida entre lámparas y cariño
Veloz vive en un tanque con cuidados especiales, algo fundamental en climas fríos como el de Nueva Jersey.
“Ella necesita calor, por eso tenemos varias lámparas. Se mete al agua calentita y luego sale a asolearse con la luz. En verano la sacamos para que reciba sol natural. Hemos aprendido poco a poco cómo cuidarla”, explicó la mamá humana de Veloz.
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La alimentación también ha sido parte del aprendizaje.
“Come alimento especial para tortugas, como unos gusanitos, y de vez en cuando le damos hojitas verdes que le encantan.
“Una vez le dimos fruta y le hizo daño en el ojo, entonces ya no”, comentó.
Y aunque su espacio no es muy grande, saben que eso influye en su crecimiento.
“Nos han dicho que si tuviera un tanque más grande podría crecer más. Es algo que tenemos pendiente porque queremos que esté mejor cada día”, añadió.
Consejos que nacen del amor
La experiencia con Veloz les ha enseñado que estas tortuguitas requieren dedicación constante.
Mantener el agua en buenas condiciones, ofrecerles calor adecuado y evitar cambios bruscos en su dieta puede marcar la diferencia en su salud.
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También han aprendido que observar su comportamiento (si se esconde mucho, si deja de comer o si cambia su energía) ayuda a detectar a tiempo cualquier problema.
Además, darles momentos fuera del tanque, en espacios seguros y bajo supervisión, puede estimularlas, siempre respetando su ritmo y su ambiente.
Hoy, Veloz no solo es una sobreviviente. Es símbolo de resiliencia, amor y familia.
“Uno se encariña demasiado. Ya no es una tortuga, es parte de nosotros. Tiene su carácter, sus gustos, sus miedos… y su lugar en esta casa”, concluyó muy alegre doña Blanca.





