Hay personas que sobreviven a una tragedia y deciden seguir adelante. Otros, como Uriel Fernández, encuentran en ese dolor una nueva misión de vida: ayudar a los demás.
Hace cinco años, este vecino de San Ramón estuvo al borde de la muerte tras contagiarse de covid-19. Permaneció conectado a respiradores y las secuelas fueron tan severas que nunca volvió a recuperar por completo la capacidad de sus pulmones.
Uriel tiene 48 años y durante gran parte de su vida trabajó en el negocio de la comida. Antes de la pandemia también preparaba alimentos para vender y repartir, pero el covid-19 cambió todos sus planes.
“Me dio muy fuerte. Estuve con respiradores y todo. Fue fatal. Casi me muero. Desde entonces camino unos 200 metros y ya me quedo sin aire. Los pulmones quedaron con secuelas increíbles”, recordó.
Todo empezó con unas empanadas
Como forma de agradecer haber sobrevivido, comenzó a utilizar una parte de las ganancias de su tienda para comprar algunas empanadas y repartirlas entre personas en situación de calle.
“Lo hacía con una parte de lo que producía la tienda. Compraba unas empanaditas donde un amigo y salía a repartirlas”, contó.
Con el paso de las semanas, empezó a notar que cada vez más personas necesitaban ayuda.
De lunes a sábado, Uriel prepara entre 20 y 30 platos de comida que entrega gratuitamente.
Los beneficiados son personas en condición de calle, adultos mayores que aún trabajan cuidando carros o vendiendo lotería y familias de escasos recursos con niños.
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“Me encanta hacerles cosas diferentes. Algunos de ellos solo tienen una comida al día y quiero que sea bien sabrosa”, dijo con una sonrisa.
Cada mañana cocina en su casa y luego transporta los alimentos en un bolso térmico que le regaló su hermano.
La ayuda llegó cuando menos la esperaba
Durante mucho tiempo sostuvo esta labor prácticamente solo.
Un amigo lo convenció de publicar su trabajo en Facebook, algo que no quería, pero la respuesta fue inmediata.
Vecinos comenzaron a llevarle arroz, frijoles, aceite, verduras, bananos y otros productos.
Incluso una mujer de San José le envía cada mes platos desechables y cubiertos para que pueda continuar con las entregas.
“Con lo que la gente me trae hago magia”, afirmó agradecido.
Uriel contó que algunas personas lo han criticado por ayudar a habitantes de la calle e incluso hubo quienes intentaron detener su labor.
Recordó que tiempo atrás un pastor promovió una recolección de firmas para que dejara de repartir comida, luego de que él comentó que utilizaba parte de las ganancias de su negocio como una especie de diezmo para ayudar a los más necesitados.
También ha escuchado a quienes aseguran que alimentar a personas en condición de calle solo favorece la delincuencia.
“Hay gente que dice que estoy alimentando vagabundos que roban. Eso es mentira. Roban hasta los de cuello blanco. Muchos de los que yo ayudo son adultos mayores o personas que ni siquiera pueden levantarse de la acera”, expresó.
Un mensaje para todos
Más allá de los platos de comida, Uriel cree que cualquier persona puede ayudar.
“Yo no pido dinero, si alguien puede sacar un plato de comida y ayudar a otro, eso marca la diferencia. Si la gente supiera lo lindo que es hacer esto, todo el mundo lo haría”, aseguró.
Para este sancarleño, la enfermedad le quitó parte de su salud, pero le regaló algo mucho más grande: un propósito que, cinco años después, sigue sirviendo caliente todos los días.




