Doña Laura Mejía creció viendo a sus tías, Alicia y Delfina Mejía, preparando pan casero y repostería.
En aquellas visitas familiares, mientras ellas amasaban y horneaban, algo comenzó a despertar su curiosidad.
Años después, aunque estudió fisioterapia, descubriría que aquella fascinación de la infancia podía convertirse en un emprendimiento propio: la panadería Valentina Baker.
“Mis tías siempre han hecho pancito. Una de ellas tenía como un lugarcito donde preparaba boyas caseras, pan de elote, arrolladitos de jamón y otras cositas. También hacía queques y mi otra tía le ayudaba. A mí siempre me llamaba mucho la atención verlas cómo lo hacían”, recordó Laura.
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Cuando visitaba a su abuela (doña Alicia Hidalgo), encontraba a sus tías entre harinas, recetas y preparaciones que luego vendían a quienes llegaban a comprar. Esas escenas se quedaron con ella, aunque durante mucho tiempo la panadería no pasó de ser una afición para consentir a su familia.
De la fisioterapia a la panadería
Doña Laura, de 33 años, estudió fisioterapia y mantuvo esa profesión como parte de su vida. Sin embargo, después del nacimiento de su hija Valentina, decidió dedicar buena parte de su tiempo a la crianza de la pequeña. Cuando la niña tenía alrededor de un año, sintió la necesidad de aprender algo nuevo y ahí la harina hizo su magia.
Se matriculó en un curso de repostería en el IPEC (Instituto Profesional de Educación Comunitaria) de Santa Bárbara, donde comenzó a perfeccionar sus conocimientos. Después continuó formándose y aprendió a preparar queques tradicionales, tortas frías, diferentes lustres y otras recetas que ampliaron sus posibilidades en la cocina.
“Cuando yo veía una receta y no estaba estudiando, la hacía para la casa. Tal vez no me quedaba tan bonita o tan rica, pero yo la hacía. Cuando entré al IPEC, fui aprendiendo cosas diferentes y cómo hacerlas mejor. Eso me fue llamando mucho la atención”, contó.
El siguiente paso llegó con un curso de pan de masa madre, una técnica que requiere tiempo, amor y atención durante la fermentación. Laura se entusiasmó tanto que comenzó a experimentar con ingredientes y combinaciones.
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“Empezamos haciendo pancitos, como el pan de molde tradicional, y después fui incorporando otros ingredientes. Me inventé un pancito de masa madre con arándanos y nueces; luego, uno de queso cheddar con jalapeño. He ido poco a poco metiendo diferentes ingredientes a la receta que ya tenía”, explicó.
Un pancito hecho con amor
La producción para la venta comenzó en firme en abril pasado con unos pocos pedidos semanales y fue creciendo gracias a la respuesta de los clientes.
Según explicó su esposo, Andrés Zumbado, actualmente el emprendimiento ofrece panadería, pastelería y repostería, mientras también incursiona en la preparación de pizzas.
El pan de masa madre se ha convertido en uno de sus productos protagonistas. Cada preparación representa para doña Laura la oportunidad de compartir con otras personas algo que disfruta hacer y que ha ido perfeccionando con estudio, práctica y dedicación.
“Me siento como que estoy dándole amor a ese pancito para llevarlo a la mesa de otras personas. Quiero que lo puedan degustar, que les guste, que tenga buen sabor. Me hace sentir feliz saber que a las personas les gusta”, expresó con ilusión.
Don Andrés se encarga de buena parte de la administración, los presupuestos y las redes sociales, además de ser uno de sus principales colaboradores. “Él es como mi apoyo. Siempre está ahí diciéndome: ‘Usted puede, usted siga adelante’”, reconoció doña Laura.
El sueño de una cafetería propia
El nombre Valentina Baker es un homenaje a su hija, quien tiene tres años y ocho meses.
En ella también encuentra una razón especial para seguir construyendo un proyecto familiar que todavía tiene mucho camino por recorrer.
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Entre los planes está abrir una cafetería donde puedan ofrecer sus panes de masa madre, repostería y preparaciones como sándwiches con focaccia y ciabatta, para que las personas no solo compren sus productos, sino que también puedan sentarse a disfrutar un café.
En el Día Mundial del Pan, la historia de doña Laura recuerda que detrás de cada bollito de pan hay tiempo, aprendizaje, amor y dedicación. En su caso, también hay recuerdos de infancia, tradición familiar y una pasión que encontró su momento para crecer.
“Al inicio yo empecé haciendo con un paquetito de harina de dos kilos y medio, pero cada vez eran más los pedidos y ese paquetito no rendía, hasta que decidí comprar un saco de 25 kilos.
“Al comprarlo dije: ‘¿qué voy a hacer con tanta harina?’. Gracias a Dios, todo ha salido bien, los panes son superricos y artesanales, a nuestros clientes les gustan y a la fecha ya hemos comprado tres sacos de harina”, dijo con gran alegría la panadera, quien nos recordó el número para pedidos: 8776-3064.






