Doña Fátima Moreno Zamora tiene 40 años, nació en Mina El Limón, en el municipio Malpasillo del departamento de León, Nicaragua, y desde joven supo que la panadería siempre iba a ser parte de su vida.
Llegó a Costa Rica en el 2008, cuando tenía 21 años, buscando una oportunidad para salir adelante junto con su esposo, José Poveda, quien ya trabajaba como panadero desde muy joven.
“Yo vine a pasear y me quedé, buscando ese sueño americano que uno siempre oye, pero con los años entendí que el verdadero sueño es el que uno construye con sus propias manos, con sacrificio, con fe y con trabajo diario.
“Yo crecí en panaderías, me crié en un ambiente donde el pan era parte de la familia, y siento que Dios nunca ha dejado que me falte el pan”, dice doña Fátima con orgullo.
LEA MÁS: Del mar de Masachapa al de Guanacaste: el chef nicaragüense que conquista todo tipo de paladares
Un salto de fe con ¢200 mil
La historia de esta pulseadora mujer dio un giro cuando, motivada por una amiga y por las mismas redes sociales, decidió empezar a vender productos que hacía para su casa, con ese saborcito nicaragüense que tanto extrañan muchos.
Sin embargo, el camino no fue fácil. Su esposo tenía temor de emprender y había poca platica. Aun así, Fátima tomó una decisión valiente.
“Con ¢200 mil me fui donde don Roberto Navarro (vende equipos para panaderías) con un sueño enorme, sabiendo que ocupaba como seis millones en equipo, pero solo tenía eso. No tenía orden patronal ni papeles, solo mi palabra, mis ganas de trabajar y mi fe. Les pedí que confiaran en mí y, gracias a Dios, lo hicieron.
“Al día siguiente ya me habían mandado todo y cuando mi esposo vio eso, me preguntó cómo íbamos a pagar, y yo le dije: trabajando, como sabemos hacerlo”, cuenta bien llena de coraje positivo.
Contra todo pronóstico en un barrio difícil
El negocio empezó en su casa, en Los Guido, vendiéndoles a los vecinos, pero luego dieron el paso a un local en El Llano de San Miguel de Desamparados, un lugar donde muchos decían que ningún negocio pegaba.
“Agarramos el localito del fondo, el que casi ni se veía, y comenzamos a trabajar duro. Mucha gente decía que nosotros íbamos a ser los primeros en irnos, pero yo soy una mujer de fe y siempre supe que Dios nos iba a bendecir. Hoy tenemos ocho años aquí; todos los otros negocios se fueron y nosotros seguimos firmes”, asegura agradecida con Dios.
Sabor nicaragüense que enamora
La Panadería Gabriel, llamada así en honor a su hijo, se ha ganado el corazón de la comunidad gracias a sus productos 100% artesanales y ese sabor tradicional nicaragüense.
“Nosotros hacemos pastelitos de piña, budines con esa textura y sabor de Nicaragua, empanaditas que recuerdan lo que comíamos allá. La gente nos dice que nos apoyan porque ven que trabajamos de lunes a lunes, y eso nos llena el corazón, porque saben que venimos a luchar”.
El éxito fue tal que en apenas tres meses su esposo pudo dejar su trabajo para dedicarse de lleno al negocio familiar, del cual hoy viven completamente.
¿Una gran gritería?
Gracias al esfuerzo, la familia ha logrado importantes metas, como tener casa propia, y aunque el negocio demanda mucho tiempo, nunca olvidan sus raíces.
“Siempre volvemos a Nicaragua a fin de año, aunque sea poquito tiempo. Yo amo mis tradiciones, me encantan los nacatamales; soy nacatamalera número uno, y uno de mis sueños es hacer una gran gritería aquí en Costa Rica, celebrar la Purísima como se debe, y ya la gente me lo está pidiendo, así que ojalá en el 2026 lo logremos”, dijo ilusionada.
Un mensaje para salir adelante
Para Fátima, no hay secretos en el éxito, solo disciplina, fe y trabajo constante.
“No hay fórmulas mágicas, esto es de trabajar todos los días, de hacer las cosas bien y con amor.
“Nicaragua tiene gente trabajadora, honrada, que viene a este país a luchar. Yo estoy muy agradecida con Costa Rica porque aquí he podido salir adelante; incluso el INA me ha capacitado, y eso ha sido clave para crecer”, aseguró.
Hoy, desde su panadería en Desamparados, Fátima y su familia no solo venden pan, también reparten esperanza y demuestran que con ganas, cualquier sueño se puede hornear.






