El receptor Héctor Flores López nació el 20 de octubre de 1993 en Santa Teresa de Carazo, Nicaragua, en un barrio sencillo llamado La Ceiba, donde el béisbol no es solo deporte, es parte de la vida.
Allá jugó en la poderosa Liga Pomares, la primera división nicaragüense, defendiendo los colores de su provincia.
En el 2020 tomó una decisión que le cambiaría todo: dejar su país para buscar un mejor futuro en Costa Rica.
LEA MÁS: Del mar de Masachapa al de Guanacaste: el chef nicaragüense que conquista todo tipo de paladares
“Me vine para buscar un mejor futuro. Allá uno solo juega y gana dinero; aquí uno trabaja para ganar dinero y juega”, cuenta con sinceridad.
La Carpio: cancha dura, pero llena de vida
Su destino fue La Carpio, una zona ubicada al oeste de San José, que nació en los años 90 como un asentamiento de familias que buscaban dónde vivir y hoy reúne a miles de personas, muchas de ellas nicaragüenses.
Es una zona golpeada por la pobreza, el hacinamiento y la falta de oportunidades, pero también es un lugar donde la gente lucha todos los días por salir adelante.
Ahí, entre calles llenas de historia y esfuerzo, Héctor encontró algo más que un equipo, encontró una familia.
“En el equipo de béisbol La Carpio es como estar en familia. Me han rodeado de buenas personas, buenos amigos”, dice.
Del cemento al diamante
De día trabaja en construcción, levantando edificios junto con su patrón, don Ricardo Juárez, director técnico de ese deporte. De noche, entrena. Su posición es una de las más exigentes: receptor (catcher).
“Ser catcher es lo más duro, uno tiene que ser el cerebro del equipo, llevar las jugadas, tener resistencia física y mental”, explica.
Cuando llegó al país, el béisbol no tenía el nivel actual. Pero eso ha cambiado.
“Al inicio no era tan competitivo, pero ahora hay equipos muy fuertes, jugadores de varios países y el nivel ha subido muchísimo”, asegura.
A ese ritmo de vida no cualquiera se acostumbra. Héctor se levanta temprano para ir a la construcción y muchas veces termina el día con el cuerpo agotado, pero aun así saca fuerzas para entrenar o presentarse a un partido.
“Hay días duros, pero uno tiene claro para qué está aquí. No es solo por uno, es por la familia, por salir adelante. El béisbol es lo que me mantiene enfocado”, cuenta.
En medio de ese trajín, también ha encontrado pequeños espacios para disfrutar: un buen vaso de café, porque se define como “cafetero al 100%”, o un chifrijo, que ya se convirtió en su comida favorita en Costa Rica.
“La comida aquí es muy rica, muy parecida a la de Nicaragua, entonces uno no se siente tan lejos. Pero sí, la comida de mamá… eso no se reemplaza”, reconoce.
Jugar para algo más grande
Pero la historia de Héctor va más allá de los títulos nacionales (ya suma siete campeonatos con La Carpio).
Su verdadera misión está en los niños. “Jugamos para ellos, para que sigan nuestro ejemplo, para que lleguen más largo.
“Siempre les digo que se alejen de las drogas, que hagan deporte, que piensen en grande”, afirma.
En una comunidad donde muchos jóvenes crecen rodeados de riesgos sociales, el béisbol se convierte en refugio, disciplina y esperanza.
Entre dos tierras, con un solo corazón
Aunque extraña el estilo de béisbol nicaragüense, hay algo que le pesa más: su mamá.
“La cuchara que más extraño es la de mi mamá, doña Cristina López”, dice con nostalgia. Aun así, ya siente Costa Rica como su hogar.
“La vida aquí ha sido muy linda. Ya no me veo volviendo, me acostumbré a vivir acá”.
Disfruta cosas que antes no: ir a la playa en Semana Santa, vivir las procesiones en las calles, compartir con una comunidad que lo adoptó.
Una final que puede hacer historia
Hoy, Héctor está enfocado en la gran final de la Liga Nacional Mayor 2026, en la que su equipo, los Tigres de La Carpio, busca la gloria ante Toros del Norte.
La serie, al mejor de siete juegos, ya arrancó con victoria para su novena en el primer juego 5-2. El segundo encuentro se suspendió por lluvia en la cuarta entrada e iba ganando La Carpio 6-2.
Este fin de semana se completará el partido dos y se jugarán el tres y el cuatro.
“Espero ganar mi título ocho”, dice con una sonrisa que mezcla ilusión y hambre de triunfo.
Pero gane o no, su mayor victoria ya está clara: sembrar esperanza donde más se necesita y en quienes más lo necesitan, los niños.




